futuro

Sábado, 22 de noviembre de 2003

CAFé CIENTíFICO: ROBOTS, ANDROIDES Y VIDA ARTIFICIAL

Ellos

Por Sergio Di Nucci

Qué es y qué deja de ser vida? ¿Cuáles son los límites entre vida natural y vida artificial? ¿Su delimitación importa? Es decir, ¿es relevante dentro del mundo tal cual es? En los últimos años se ha vuelto cada vez más difícil ignorar los desafíos que impuso la ciencia, en particular la biología –que etimológicamente significa ciencia de la vida–. En una tendencia que no hace más que acentuarse, impresionan día a día los intentos por encontrar en la infraestructura genética los motivos últimos o las direcciones de nuestro comportamiento. La polémica está abierta. Si tomáramos al pie de la letra cada una de las pretensiones de la neurobiología, ¿acaso deberíamos dejar de utilizar palabras como libertad, ética o humanidad?
El estudio de la vida artificial es una precondición inescapable de los interrogantes mayores. Nace con el objetivo de reproducir procesos y comportamientos de los seres vivos. Y en otra vertiente combina símbolos (datos) y procesos de símbolos (programas), independientemente de sus soportes físicos. Pero, como se verá en las exposiciones y discusiones que siguen, el concepto de vida es aún esquivo y continúa eludiendo los intentos por fijarle límites definicionales nítidos. Las simulaciones y aun las emulaciones de vida artificial que se proponen en los laboratorios corren el riesgo de caer en modelos reduccionistas, que simplifican, pero no sintetizan, la complejidad del mundo real. A su vez, desde la ciencia ficción se acicateó esta exigencia al sugerir las bodas de ciertos umbrales de complejidad con componentes sobrenaturales. De todo esto, y más, hablaron Gonzalo Zabala (licenciado en Ciencias de la Computación, Universidad de Buenos Aires, y coordinador del equipo del colegio secundario Schönthal que participó en el mundial de fútbol de robots) y Pablo Capanna (profesor de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, escritor, periodista y habitual colaborador de Futuro). Fue en el marco del noveno y último Café Científico del año, organizado por el Planetario Galileo Galilei en la Casona del Teatro, Av. Corrientes 1979.

Yo, robot
Gonzalo Zabala: –Yo quiero comentarles cómo estamos trabajando con robótica en colegios primarios y secundarios o de nivel medio. Quiero hablarles de ciertas experiencias, que en los últimos tres años han sido, en fin, meteóricas. Curiosamente, y de modo inversamente proporcional al estado de la economía nacional, el desarrollo educativo en robótica ha crecido muchísimo. Existe una entidad que nuclea a los colegios que se ocupan de robótica. La hemos llamado Roboliga, cuya dirección en la web es www.roboliga.com.ar. A partir del 2002 comenzamos a participar en encuentros internacionales, en ámbitos universitarios porque no hay competencias a nivel medio, excepto en Corea.
La robótica, a diferencia de la programación, enfatiza el trabajo en grupo. Y en robótica es necesario trabajar en grupo porque hay dos problemas a resolver: la arquitectura del robot y su comportamiento. Cuando hablo de robótica me voy a referir básicamente a robots autónomos, robots que deben resolver problemas sin ningún tipo de comunicación externa. Al trabajar en esto, se da entonces una realimentación constante entre el diseño y la programación, que es muy estimulante desde el punto de vista educativo.
Ahora bien, la llamada robótica física tiene infinidad de variables. Creo que a veces es más desafiante que la robótica simulada, sin entrar adiscutir su grado de complejidad. La robótica física tiene como objetivo la construcción de un robot, un robot que debe solucionar un problema determinado, que en general son los llamados “problemas clásicos”, como salir de un laberinto. Podemos dividir a la robótica física en dos grandes grupos: los robots autónomos y el llamado control automatizado.

Legos
Gonzalo Zabala (continúa): –En los colegios trabajamos con un kit que sacó la firma Lego. Y participan los chicos de diez años en adelante. En general es más fácil y más productivo trabajar con chicos chicos que con los más grandes o con los adultos. Por una sencilla razón: en robótica hay que ser creativo y, sobre todo, no hay que tener vergüenza de equivocarse. En una competencia latinoamericana que el año pasado se organizó en Chile, nos invitaron a participar apenas una semana antes de que comenzara. Era, además, una competencia en la que participaban universidades. No queríamos ir, pensábamos que nos iban a destruir, pero finalmente fuimos. Trabajamos las veinticuatro horas de esos siete días y llegamos con un aparato pegado con cinta scotch. El objetivo de la competencia era detectar minas dentro de un terreno irregular. No contábamos con sensores adecuados, pero a un alumno, en la discusión, se le ocurrió utilizar nada menos que las escobillas del Escalectric. Las colocamos y en Chile se rieron bastante. Sin embargo, lo insólito fue que terminamos saliendo primeros.
La robótica simulada permite experimentar sin las limitaciones de costos de la robótica física. Programando el comportamiento de un robot, nos acercamos a lo que se llama inteligencia artificial, pero esto es un tema que admite todo tipo de discusiones. Definir la inteligencia es una tarea ardua; nosotros apenas queremos construir robots autónomos que resuelvan determinados problemas.

Pasión de multitudes
Gonzalo Zabala (continúa): –Existe un campeonato de fútbol de robots, en el que también participamos, y que sirve para clasificar a los que irán después al campeonato mundial de fútbol de robots. Este año, los dos primeros puestos pertenecieron a colegios secundarios, el Roberto Arlt de Tortuguitas, y el nuestro, el Schönthal de Capital Federal.
Quiero pasar a mostrarles un programa de simulación de fútbol de robots (ver imagen), donde tenemos un problema fundamental que es el de la navegación: es decir, cómo dirigimos un robot de un punto a otro. Un problema adicional es el del llamado comportamiento colaborativo. ¿Cómo hacemos para tirar pases? ¿Cómo hago para que el robot determine dónde ir en los próximos siete segundos? Para los alumnos estos temas son interesantes porque hay mucho de trigonometría. Por eso en robótica trabajamos con profesores de matemáticas y de física.
En síntesis, quiero enfatizar el proceso creativo en los alumnos. Hace tiempo nos invitaron a una charla de arte, con la idea de encontrar puntos en común en relación con los procesos creativos tanto en una obra de arte como en la conformación de un robot. Y a los chicos les preguntaron si un robot les parecía más lindo que otro. Algunos decían que gustaban más de los simétricos; otros de los asimétricos. Hubo quien dijo que son lindos los robots inteligentes. En fin, la robótica va más allá del proceso de construcción. Nosotros, desde los colegios, queremos evitar pensar en la función productiva del robot. Aprendemos de robótica más bien jugando.
Del Golem al robot
Pablo Capanna: –Esto que han escuchado de Gonzalo Zabala es la realidad. Yo en cambio les quiero hablar de la interacción entre ficción y realidad. Porque ustedes saben que la palabra robot y la palabra robótica fueron en un principio ficciones. Y sin embargo ahora vemos esto aplicado a la realidad. A mí me sorprende que en el lapso de una vida humana se haya pasado del robot como criatura de ciencia ficción, y de la robótica como ciencia imaginaria –concebida por Isaac Asimov (1920-1992)–, a que esto sea ahora materia de estudio en las universidades e incluso en los colegios primarios, como menciona Zabala. El tema de esta charla es entonces la vida artificial como fantasía tecnológica, que es muy anterior a todo lo que sucede hoy en día.
Allá por 1930, Sigmund Freud (1856-1939) escribió en El malestar en la cultura que el hombre era un dios de prótesis. Es decir, un ser que tiene grandes poderes, pero que no son los físicos sino los técnicos. Y constataba que el ser humano es bastante impresionante cuando tiene puesta su armadura, pero que, al quitársela, queda muy desvalido. Vivimos todo el tiempo con prótesis, ¿no? Y en algunos casos comienza a hacerse realidad el sueño del híbrido hombre-máquina. Hablamos del cyborg, del hombre nuclear o de Robocop. Pero tenemos un ejemplo más concreto: Stephen Hawking (1942), que es casi un cyborg. Y bueno, es como para poner en su justo medio a la tecnología.
Sin embargo, el sueño propio de la vida artificial tiene un origen que se puede retrotraer a la Antigüedad, pero que adquiere contornos precisos en la Modernidad. Aparece en dos formas: en el androide, cuya vida artificial es de carácter orgánico, y en el robot, cuya vida artificial es de tipo mecánico o informático. Generalmente se dice que ciertos escritores visionarios anticiparon lo que iba a ocurrir cuarenta años después. En realidad, yo pienso que se trató de escritores y científicos que echaron a correr ideas que no se atrevían a formular en ámbitos académicos; esas ideas penetraron en el imaginario colectivo y alguien las llevó a la práctica. Por ejemplo, el androide, es decir, el ser orgánico que emula al hombre, tiene su origen más remoto en el Golem, que hace un rabino de Praga, y que es en definitiva Adam, el hombre hecho de barro al cual se le infunde vida. El robot recibe su nombre en la famosa obra de teatro RUR, sigla de los Robots Universales de Rossum, escrita en 1926 por el checo Karel Capek (1890-1938). El dueño de la fábrica, el inventor, es Rossum, que quiere decir “razón”. Es decir, la inteligencia crea un robot que sería el obrero artificial. Pero en realidad ese robot no es un robot sino un androide porque está diseñado dentro de lo que hoy llamaríamos ingeniería genética.

Miedo a la fantasía
Pablo Capanna (continúa): –Hubo otras fantasías. En una obra de 1930, un filósofo que escribía ciencia ficción llamado Olaf Stapledon (1886-1950) hablaba de una ciencia imaginaria aplicada al futuro que se llamaría “arte vital”. Con ella se podrían generar especies animales y vegetales alternativas. Pero todo termina en catástrofe, porque las cosas se subordinan a cerebros que pasan a dominar la humanidad. De esto se ha hablado mucho, pero en realidad el que ha tenido más historia es el robot. Por eso, llegó a la realidad cuando alguien se propuso hacerlo.
En efecto, el robot y la robótica aparecen en la ficción mucho antes que en la realidad. Aparece en revistas en la década de 1920. Cuando se plantea la idea, el mundo la abraza con entusiasmo. Cuando se comienza a aplicar en la realidad, vienen los temores. Cuando la ciencia ficción nace en Estados Unidos en la década de 1920, lo hace bajo el signo de la tecnocracia. Se llega a imaginar que la humanidad podría llegar a ser controlada por una computadora, y quedar así sujeta a decisiones racionales y eficaces. Fíjenese que aún no había nada parecido a una computadora. Cuando la computadora llega, los miedos se despiertan. Aparecen así fantasías en las que las computadoras enloquecen, o en donde juegan con los ejércitos nacionales y producen guerras mundiales. Luego la computadora desaparece del campo de la fantasía, porque poco a poco se van realizando: se les deja de tener miedo en el momento en que se la tiene en casa. En cambio, cuando el robot aparece en la ciencia ficción, en la década del ‘20 o del ‘30, es visto con temor porque se imagina que puede llegar a descontrolarse. O que seguirá demasiado al pie de la letra las instrucciones y no podrá discernir. Una vez que Asimov le da carta de ciudadanía al robot, y que escribe infinidad de relatos sobre ellos –ustedes saben que Asimov debe ser el escritor que más libros ha publicado, llegó casi a los cuatrocientos–, lo populariza. La gente le pierde miedo al robot. Esto culmina de algún modo con La guerra de las galaxias (1977), que en definitiva es una de cowboys en donde hay dos robots, simpáticos y limitados, en fin, como una suerte de “El gordo y el flaco”.
Esto es un poco la evolución de cómo la sociedad recibió las propuestas de la ciencia ficción y de cómo, en algunos casos, los científicos se hicieron cargo de ello. Hay otro orden de cosas: el que insiste en la especulación desde posiciones científicas aseguradas por la academia. A mi criterio, a veces se excede el límite de la cordura. Por ejemplo en un libro que se llama Física de la resurrección, y que hay que leer con por lo menos tres doctorados –en física, en matemáticas, en computación–, se dice que el universo va a transformarse finalmente en una gran computadora y que todos vamos a tener vidas virtuales, como si fuéramos personajes de un videogame. Como el cuerpo orgánico no tiene razón de ser, dice, deberíamos transferir nuestras memorias a un disco rígido y vivir virtualmente hasta el infinito.

Crecimiento de las protesis
Pablo Capanna (continúa): Quizás quienes alentaron este tipo de cosas fueron los padres de todo esto, los padres de la cibernética, que hoy llamaríamos informática: John Von Neumann (1903-1957) y Norbert Wiener (1894-1964). Von Neumann hizo un trabajo donde imaginó la máquina reproductora, un robot que es capaz de producir otro robot. Con lo cual se pensaba que podríamos colonizar el universo. Allí donde no llega el hombre, sí podrá hacerlo el robot. Wiener dijo en los años ‘50 que puesto que toda nuestra experiencia es información, algún día íbamos a poder transmitirnos por telégrafo, es decir, algo así como la teleportación. Que es algo que tomaron el cine y la televisión.
En relación con las nuevas propuestas, los viejos escritores de ciencia ficción han quedado reducidos en sus aspiraciones. Porque apenas pensaban hacer un robot humanoide.
Personalmente, yo me inclino a pensar en favor del crecimiento de las prótesis, en el sentido de que la capacidad humana se puede multiplicar gracias a ellas. Lo otro es una especie de fantasía en que se quiere recrear el mundo a imagen y semejanza de uno, como Dios. Pero yo creo que las cosas se escapan de lo estrictamente científico y entran en el terreno de la ficción descontrolada. Porque, en general, los escritores han intentado hacer verosímiles sus ficciones.

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robot de rossum's universal robots, 1930.
 
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