futuro

Sábado, 29 de junio de 2002

FINAL DE JUEGO

Final del juego

Donde se habla del vacío y se propone un enigma de palabras

 Por Leonardo Moledo

–Rígidas o no, las varillas tampoco fueron un obstáculo para nuestros lectores, que masivamente resolvieron el acertijo –dijo el Comisario Inspector–, pero quiero decir una palabritas sobre Alejandro Satz: ¡Compara a Parménides con George Bush! El solo hecho de incluir a ambos en una misma frase es un insulto al lenguaje y a la especie humana.
–En realidad –dijo Kuhn–, si se lo piensa un poco, que la misma especie pueda producir a Parménides y a George Bush es una verdadera sorpresa.
–Sí –dijo el Comisario Inspector–, es la misma pregunta que suelo hacerme cuando prendo el televisor, en especial durante los programas de la tarde, aunque por supuesto, no son tan letales. Por lo visto, la evolución fue capaz de producir un abanico sorprendentemente grande.
–Parménides no lo creería –dijo Kuhn–.
–De paso, entre nuestros lectores hay una abrumadora mayoría en favor de la existencia del vacío, lo cual “para quienes piensan que los resultados científicos son verdaderos o no por consenso”, zanjaría la cuestión.
–Esas comillas están de más –protestó Kuhn–, todo el mundo entiende de quién se está hablando. Y además, yo hablo de consenso entre comunidades científicas y en momentos de cambio de paradigmas.
–Parménides y los filósofos griegos en general identificaban al vacío con la Nada, y aceptaban el razonamiento parmenídeo según el cual la nada no puede existir, esto es, no puede haber un “trozo de nada”. Lo cierto es que la discusión sobre la existencia del vacío no fue de poca importancia. Incluso se usó como argumento contra el uso del cero: una cifra que indica la nada es un sinsentido.
–Bueno, dijo Kuhn, lo que pasa es que tomaban la palabra “vacío” con diferentes significados. La pregunta es vacío de qué.
–Exactamente, mi querido Kuhn –dijo el Comisario Inspector–. La pregunta por el vacío, tal como la podría plantear, digamos Demócrito, es por el vacío de materia. Para los atomistas griegos (Demócrito, Leucipo), había átomos que se movían en el espacio vacío, es decir, entre los átomos no había nada. Ahí se ve que la identificación del vacío con la nada está muy lejos de ser un disparate. El vacío griego es espacio puro, en el cual no hay nada. ¿Pero qué significa que algo sea “espacio puro”? ¿Tiene sentido hablar de espacio puro, espacio geométrico puro sin nada? Desde ya, no para Parménides, ni para ninguno de su escuela.
–Ni para Aristóteles.
–Ni para Aristóteles –dijo el Comisario Inspector–. Es interesante, porque además, Aristóteles utiliza otro argumento, un argumento mecánico para sostener que el vacío –y el atomismo– es imposible. Para la física de Aristóteles, la velocidad a la que se mueve un cuerpo es mayor cuanto menor es la resistencia del medio en el que se mueve. Cuanto menos resistencia, más velocidad. Si hubiera vacío, que no ofrece ninguna resistencia, un móvil se movería con velocidad infinita, cosa que a Aristóteles le parece un disparate.
–Y razonaba bien –dijo Kuhn–. De hecho, la conclusión de Aristóteles, en su contexto, es decir, en un contexto en el que no se podía tener ninguna evidencia de los átomos, era más razonable que la de los atomistas.
–De ninguna manera –dijo el Comisario Inspector–, pero no discutamos precisamente eso. Lo cierto es que por la misma razón, llenó el espacio supralunar de éter, la quintaesencia. Aristóteles postuló que “la naturaleza le tiene horror al vacío”, y que se apresura a llenarlo, y eso tuvo importantes derivaciones hasta en la biología. Aun en el siglo XVII, el mismísimo Descartes considerará que el espacio puro, sin nada de materia, esto es, sin nada, no puede existir; para Descartes son idénticos la materia y la extensión. Y por lo tanto inventó algo que llamó “materia sutil”, una especie de éter que llenaba todos los intersticios del espacio, que giraba en torbellinos y que era, a su vez, la génesis de los movimientos planetarios. ¿Estamos?
–Estar, estamos –dijo Kuhn, sorprendido– lo que no veo...
–Sin embargo, en el siglo XVII el vacío –entendido como vacío de materia– triunfó irresistiblemente, mal que le pese a Alejandro Satz, con los trabajos de Robert Boyle y Torricelli. Torricelli invirtió un tubo de mercurio sobre una cubeta, y la columna bajó, dejando sólo vacío en el extremo del tubo. Allí no quedaba nada. Podía existir, efectivamente una región del espacio sin materia, y el horror al vacío fue a parar al desván.
–Temí que fuera a parar “al basurero de la historia”, desafortunada frase de Trotsky refiriéndose a Martov en 1917 –dijo Kuhn–, y ahora vamos al enigma.
–Sí –dijo el Comisario Inspector–, pero antes aclaremos que todo lo anterior está referido al vacío de materia, lo cual es solamente el primer capítulo del asunto del vacío.
–¿Y el enigma?
–¿Qué tal un enigma con palabras esta vez? Leí uno que me encantó, y es así: en la palabra “aristocráticos”, cada letra aparece exactamente dos veces. ¿Habrá otras palabras con esa propiedad?
–Allá –dijo Kuhn.
–Se entiende que cuanto más largas, mejor.

¿Qué piensan nuestros lectores? ¿Habrá? ¿Y el vacío?

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El experimento de Torricelli. (Ilustración de Gaspar Schott, 1664).
 
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