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Viernes, 8 de enero de 2016

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Muerte en la frontera

Páginal12, Lunes 4.1.16

Yésica Emilia Uscamayta Curi, de 28 años, la sexta de siete hermanos, murió el 1° de enero, ahogada en la pileta de una casa quinta de La Plata, en una fiesta difundida por las redes sociales con el nombre “La frontera. El límite lo ponés vos”.

Una joven de origen boliviano que cruzó la frontera, es una brutal confirmación de la metáfora... Descontrol y control son dos caras del mismo billete. Hay un descontrol programado, que refuerza la omnipotencia de los que tienen dinero, poder, influencias, los privilegios del consumo desenfrenado de bienes y de cuerpos (de mujeres), y la seguridad de la impunidad ante cualquier desborde. Y el control, la otra cara de la moneda, es para lxs pobres, las mujeres, los y las vulnerables de siempre en estas tierras.

Las noticias comienzan a llover, embarrando territorios inundados previamente por las tormentas despiadadas de la comunicación hegemónica. Transformar cada muerte horrorosa en un problema de “seguridad”, parece ser el modo elegido por algunos medios de malformación de la opinión pública, que actúan como compulsivos creadores de “malos humores”, que se resolverían incrementando la presencia policial, agregando cámaras de videos que controlen cada minuto de nuestras vidas, poniéndonos chips subcutáneos con GPS que permitan localizarnos e identificarnos, y la ejecución de diversos modos de disciplinamiento del deseo y de los cuerpos.

Como toda esta lógica cultural tiene su costado “civilizador”, se agregarían en el combo algunos cursitos de “educación en buenos modales” para las legiones de “fachomachos” patovicas que custodian el orden patriarcal y racista. (Algo así como “se retira, por favor, que los dueños del local se han reservado el derecho de decidir qué caras les gustan y cuáles no dentro de su reinecito privado”).

Transformar el espanto ante la muerte absurda en un reclamo de más orden, menos fiesta, más presencia policial, desvía la atención de los jugosos negocios de los hombres del poder, de sus prácticas perversas enfiestadas de machismo y violencia, y fortalece sus posibilidades de actuación, reforzando una subjetividad nostálgica de las prácticas represivas.

Seguramente Emi, como la llamaban sus compañerxs, no hubiera aceptado que su muerte fuera manipulada en las maniobras mediáticas de quienes enfrentó desde su comprometida militancia. Porque Emi era parte de la agrupación Masetti, del Movimiento Estudiantil de Liberación. Escribieron sus compas que “era noble y alegre, fuerte y tierna, astuta y generosa, como un grano de maíz que en cualquier parte de nuestra tierra americana brota, da vida y alimenta a todos a su alrededor. Su canción de piel hacia la Pachamama, y sus poemas de experiencias en la Bolivia de Evo, serán la fuente indeleble de su recuerdo”. Su hermano Cristian también la recordó como “una militante social de toda la vida” y la pintó “desde los 17 años, militando en el centro de estudiantes de su colegio y después en la facultad. Era una chica muy comprometida, con mucha conciencia social, que peleó mucho por los derechos de las mujeres y de los pueblos originarios”.

Estudiante de Periodismo en la Universidad de La Plata, Emi soñaba hacer un periodismo que -como lo hizo Jorge Masetti, el fundador de la agencia de prensa cubana Prensa Latina, cuyo nombre es reivindicado por la agrupación en la que participaba- uniera la denuncia del poder hegemónico, con la búsqueda de abrir caminos nuevos de acción y de revolución, poniendo el cuerpo en esa búsqueda. Ella estaba dispuesta a poner el cuerpo, pero no así. Sus sueños fueron ahogados en la mañana del primer día del año.

Muchos datos dan cuenta de la inescrupulosidad de los empresarios de la noche: la ausencia de guardavidas, donde se junta demasiada gente embriagada de alcohol, y donde la droga circula tan intensamente como las coimas. Dijo el padre de Emilia, Juan Uscamayta, que los patovicas habrían golpeado a un chico que intentó reanimarla. Otros asistentes le señalaron que su hija estaba con vida cuando la sacaron a la calle y la dejaron ahí tirada. Una joven, testigo de lo sucedido, relató que los organizadores de la fiesta primero dijeron que la chica se estaba haciendo la desvanecida, y la golpearon en la espalda. Entre los cuatro imputados por este crimen, se encuentran los “barones de la noche”, uno de los cuales, Gastón Haramboure, había sido condenado en 2009 a once años de prisión por el crimen de un joven, Juan Maldonado, en Berisso, a la salida del boliche Alcatraz. No cumplió todavía su pena cuando es partícipe este nuevo crimen.

Me pregunto, Emi, qué hubieras escrito como periodista. ¿Será casual que el cuerpo que se ofrenda en las fiestas del poder, sea el de una mujer joven, con identidad de pueblo originario? ¿No podríamos nombrar como femicidio a este brutal crimen de los machos de la noche? ¿No hay un imaginario de fiestas patriarcales que terminó por desaparecerte? ¿No se construye desde los grandes medios un mensaje que pone el acento por un lado en fortalecer la represión, y por el otro en multiplicar el miedo de las mujeres a la posibilidad de la fiesta y de la alegría? ¿No nos están invitando a poner la frontera en la negación del deseo? ¿No te remite esta historia a otras cercanas y a otras que se sucedían cuando estabas naciendo, como la de María Soledad Morales en Catamarca?

Es necesaria la investigación concreta, para que no se extiendan las penumbras de la impunidad. Pero también es necesario investigar los muchos modos de volvernos vulnerables e incluso de matarnos. Porque hay uno que toca lo estructural, lo colonial, lo ancestral, lo arcaico, que resulta invisible.

El patriarcado, el colonialismo, el capitalismo tienen sus dioses y altares, que operan con sincretismo consumiendo nuestros cuerpos. Esto también dijimos, cuando exigimos en las calles “Ni Una Menos”.

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