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Viernes, 8 de enero de 2016

RESCATES

La exploradora

Gisèle Freund 1908 - 2000

 Por Marisa Avigliano

James Joyce está detrás de unas hortensias mirando la tapa de Transition, la revista literaria (1927-1938) en la que apareció su Finnegans Wake. La mujer detrás de la cámara es Gisèle Freund, la fotógrafa que la historia tardó en mostrar. Gisèle es una celebridad pionera ausente en las primeras antologías y libros de fotografía, una exploradora aguda capaz de encontrar a través de sus ojos, mucho más de lo que habían salido a buscar los ojos de los que omitieron poner su nombre en los índices onomásticos que veneraban a la cámara lúcida. La gnoseóloga de la luz representada, la fotoperiodista glamorosa y combativa nació en Berlín en casa judía rodeada de objetos de arte y diapositivas que coleccionaba su padre de Karl Blossfeldt, el fotógrafo de las hojas de las plantas. Una Leica fue su regalo de graduación cuando tenía quince años y su compañera callejera en la militancia. Gisèle era comunista y judía y, antes de ser asesinada en la Alemania de Hitler -había participado en un complot que fue descubierto, no compartió suerte con Shosanna, la adorable Mélanie Laurent de Bastados sin gloria–, se mudó a París donde terminó de estudiar, encontró marido (del que se divorció después de la guerra) y nacionalidad nueva para la resistencia.

Cuando Victoria Ocampo (que la había conocido en la Ciudad Luz) vio sus fotografías en Life y Paris Match, la invitó a la patria. En la Argentina Gisèle y su cámara fueron parte de la troupe teatral de Louis Jouvet y corresponsal de efigie política, una Buenos Aires para el mundo que incluía retratos para Life –con más tinieblas que arte– de Evita y su guardarropas.

La amiga de Frida, Rivera y Neruda fotografiaba a mineros bolivianos, indios patagónicos, obreros de astilleros ingleses, escritorxs -Colette, Marguerite Yourcenar, Simone de Beauvoir, Virginia Woolf, Beckett, Jean Cocteau y muchos otros más-, a las ilustres editoras Sylvia Beach y Adrienne Monnier y también los flashes de pasarelas sobre el cuerpo esfinge de las modelos de alta costura. “No es mi intención crear obras de arte o inventar nuevas formas, simplemente quiero mostrar lo que está cerca de mi corazón” repetía y escribía (publicó e ilustró varios libros y también su biografía autorizada, una serie de conversaciones con Rauna Jamís que abarca más cronología que la que envuelve una sola vida) la lente lince de la Francia libre y una de las primeras artistas en unirse a Magnum, la agencia internacional de fotografía que en 1947 fundaron junto a otros reporteros de guerra, Robert Capa y Cartier-Bresson.

Gisèle es casillero de salida en el juego de la civilización de la imagen, una precursora en el arte de manipulación del retrato y una de esas voces que siempre trascienden el testimonio de una época. Supo antes de tiempo que la fotografía iba a dejar de pedirle a la certeza que le ponga algo delante de la cámara para que quede plasmado en una imagen. Aquel pasado irrecuperable que aún así “ahí estaba”, como escribió Barthes, y que ahora se inventa, se crea o se imagina como si fuera futuro, nació con maquillaje en la cámara de Gisèle.

Durante la última retrospectiva parisina cientos de teléfonos celulares fotografiaron la lápida de las tres muecas –garabato de aves en vuelo- de su tumba en Montmartre.

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