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Viernes, 17 de junio de 2016

VISTO Y LEIDO

Minga de amor

Preguntas sin límite y signo sobre los vínculos familiares hilvanan la primera novela de Luciana De Mello, Mandinga de amor.

En Mandinga de amor van a encontrar una plaza con un reloj que tiene dos caras, de un lado dice las 11:30 y del otro las 12:30. Lo maravilloso no es eso, sino que las dos caras tienen la hora correcta. Es una hora legal en el sentido portugués y también en castellano. Hay un milico que es cobarde porque se niega a torturar en el 73 durante la dictadura en Uruguay. Pero es valiente porque es bueno para perseguir, cantar y marcar tupamaros vestido de civil. Un padre que fue milico uruguayo y ahora es un empleado de seguridad privada en Buenos Aires es liberador, porque te da disciplina y te entrena duro para fallar. En esta novela una niña engorda de tanto escuchar a su madre, la madre alimenta aunque no haga la comida puntualmente, tiene vitaminas típicas de madre: es una repartidora mezquina de perdones. Pero lo más perturbador son las preguntas. La novela hace preguntas y las contesta. Sólo que no estamos habituadxs a este tipo de respuestas que terminan obligando a más preguntas. Ninguna pregunta en este libro tiene signo de interrogación. Van a encontrarse leyendo como preguntas, preguntas que no tienen signo. Por lo tanto los que pregunten serán ustedes. Los signos han perdido su función de muletas gramaticales. ¿Por qué semejante osadía? Por capricho seguro que no. No hay espacio para caprichos en esta historia que nos enfrenta con lecciones que hemos aprendido, que ya sabemos que aprendimos mal y sin embargo no hacemos mucho.

Por ejemplo, fuimos educadxs con una idea muy acotada y hasta melodramática de la frontera. La frontera es una marcha patriótica, está llena de soldados, son los limites que en la escuela marcaban el hogar nacional, lo que nos deslinda de lxs otrxs, por algo dibujábamos bien altos los andes y desdibujábamos la triple frontera, aprendimos de memoria tratados limítrofes para el sur que siempre está en peligro. La frontera se defiende, no se vive, y resulta sospechoso ese interés de los gobiernos militares por la línea divisoria. Prácticamente no se habla de las fronteras simbólicas en literatura ni en un mundo esperanzado o escandalizado por la globalización. Mandinga de amor construye de cero ese espacio que vivimos desechando por vacío, impenetrable, peligroso, deshabitado y desierto. El espacio afirma esta novela, también es memoria y repite a Todorov: “las palabras son y solo son, imagen de las cosas”.

“Cuando mi padre no dormía, mi madre se acostaba del lado de él.” En esta novela los límites se juegan en la cama, en los lazos familiares, en todas partes.

Vamos a caer trampeados en las fronteras del lenguaje de frontera. La chica narra un viaje desde Buenos Aires hasta un ciudad límite entre Brasil y Uruguay, la historia de una familia nacida y criada en el límite. Van a encontrarse con párrafos en otro idioma. Pero eso no es lo maravilloso. Lo maravilloso es que los van a entender.

Si hasta aquí mi enumeración las ha llevado a asociar con Alicia en el país de las maravillas, disculpas, pero no. Solo conserven de Alicia el extrañamiento ante una lógica de otros, la inteligencia para transmitir realidad sin realismo entendido como tal, la precisión de matemática para elegir las palabras que provoquen sentimientos… y la niña que se cae en un pozo. Mandinga de amor no tiene acento inglés, tiene acento de frontera entre Uruguay y Brasil y Argentina, propone un idioma que no es nonsense sino todo lo contrario. Hay una narradora que a fuerza del no entender se ha vuelto una policía, una enfermera, una amante y una busca del sentido. Una ocupa.

“Mi madre decía que él no volvía porque tenía una mujer afuera, la ubicaba dividiendo el mundo en dos.” La madre no tiene desperdicio, y la narradora no le perdona una, pero tiene que citarla a cada rato para que en la repetición de esa voz, como señaló Silvia Delfino en la presentación de este liro, la vieja para que se arme el relato. La madre es la voz, la hija la portavoz. La señora dice por ejemplo: “Enseguida él no le plancha las camisas ya no es el milico que era en el 73. La narradora es como los cambistas de La línea entre Uruguay y brasil donde transcurre esta historia, te dan billetes falsos para que vuelvas a reclamar y te dicen las rutas secretas para que busques lo que viniste a buscar.

En el fondo del pozo hay una luz. Está Emilio el vivo y el avivado, el hombre luminoso, un tío extraordinario y salvador, igualito a la nena cuando crezca, los dos van a trabajar de mozos… Perdón si en el afán de asociar tal vez exagero, pero ¿acaso no es el mozo un oficio de frontera, entre la cocina y los clientes, entre el servicio y la servidumbre.¿Quien es Emilio? Emilio es el único de esta familia que nunca se equivoca el talle de la nena y que se da cuenta como nadie, cuando ella necesita una campera para abrigarse o un camisón. Qué sutil es Luciana de mello en su mirada del amor romántico que se construye en la infancia. Que sepan de memoria cual es tu talle, que conozcan tu silueta aun cuando va cambiando año tras año, ¿acaso no es una definición del amor? Pero la pregunta a la que induce esta novela es …¿del amor de quien conoce el talle o de la que tiene el cuerpo? ?¿Cómo no se iba a enamorar la nena de Emilio, el tío, el hermano de la madre, cómo no iba a dejar que le hiciera todo, de todo, como no iba a querer que se lo siguiera haciendo? Adentro de esta novela, la protagonista cayó en un pozo, y ustedes van a caerse atrás. Y todo esto, pienso yo, ya es una razón más que suficiente para que salgan desesperados a comprar o a robar este libro.

Una voz femenina, en el sentido hidalgo de esa palabra que consigue meter en una ficción atrapante una serie de temas de la agenda feminista, de la agenda migratoria, de la agenda de los derechos humanos, de la memoria de la dictadura y de la infancia, todo eso sin molestarnos con buenas intenciones. En Mandinga de amor se van a encontrar con la opresión entre pobres, la transmisión madres a hijas del sometimiento femenino, el abuso sexual en contexto familiar, una posible genealogía de la trata de personas, la problemática de los okupas, los efectos de la dictadura en el cuerpo de los hijos de los hijos, la población migrante, la importancia de las creencias y el culto en la vida cotidiana, todo eso absolutamente liberado de cualquier vestigio de cultura ONG. Mandinga de amor vuelve a la literatura un espacio de consulta.

Si estuviéramos en confianza simplificaría con, léela porque te atrapa. Mandinga de amor, escanciada en capítulos breves también se presenta como una novela por entregas, con maestría para el suspenso propio de las novelas románticas. El segundo capítulo empieza con una cita encubierta de El Paz Martínez. “Escucho su voz del otro lado del teléfono. Su voz apurada pronunciando mi nombre. Y por qué me llamaste a mí. Porque sabés que te quiero. Yo también te quiero, Emilio. Vas a venir. Juras que es por eso.”

El amor en esta novela no es un amor imposible, es otra cosa. Y la heroína no es una heroína romántica, todo lo contrario. Sin embargo cuando la novela termina parece que termina un bolero. Mandinga de amor exige una lectura ligera, ligera en el más enloquecedor de los sentidos, que involucra el trabajo de la torpeza y el error como modos de habitar el mundo. Cuando me dieron el libro, miré la tapa rápido y leí “Minga de amor”, y cuando terminé de leerlo sigo pensando que también se llama así.

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