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Viernes, 17 de junio de 2016

CINE

El temblor

Una de terror, pochoclera pero profunda, rastrea las raíces del patriarcado en la infancia de un suburbio inglés, con brujas y demonios alrededor.

Cuando tenía 11 años, Janet Hogdson empezó a experimentar, según ella, extraños temblores en la cama que la tiraban al piso y una serie de fenómenos que afectaron a todo el mobiliario y objetos de la casa donde vivía con sus tres hermanos y su madre. Era 1977 en Inglaterra y Peggy, su mamá, se las arreglaba como podía para mantener a cuatro chicos desde que el papá los había abandonado. Lo que le estaba pasando a Janet llamó la atención de los medios y pronto hubo en la casa varios investigadores de lo paranormal entre los que se encontraban Ed y Lorraine Warren, a los que James Wan hizo protagonistas de su saga “basada en casos reales” El conjuro. Lo que algunos de esos investigadores reportaron era que los ataques de lo que parecía una fuerza demoníaca, y hacía hablar a Janet con la voz de un tipo que decía llamarse Bill, empeoraron en el momento en que a la chica le vino su primera menstruación.

El dato, que probablemente se percibiría como misógino, está completamente borrado en El conjuro 2, la nueva película de Wan que se basa en ese caso conocido como el poltergeist de Enfield. Pero, como en tantas otras películas de posesión demoníaca donde las víctimas son niñxs, hay algo del orden de la sexualidad, más complejo y difuso que traducir el síndrome premenstrual y sus cambios de humor a casos de posesión del cuerpo por una fuerza maligna, que sobrevuela la historia. En la ficción de Wan, los Hogdson son una familia particularmente vulnerable porque falta el padre y están a cargo de una madre sola, nerviosa y compungida, que no sabe cómo hacer para seguir manteniendo a sus hijos. Quizás el mayor acierto del director -en una película que por otra parte repite punto por punto todos los clichés de la posesión- sea crear esa desprotección en una casa de un barrio obrero de Londres que daría ganas de llorar incluso si no estuviera invadida por algo satánico.

Paredes agrietadas y con el revoque caído en algunas partes, muebles ajados, cuartos agrisados por el tiempo, la pobreza y el descuido, son la prolongación física de esos cuatro nenes con los dientes medio podridos por la mala alimentación, que sienten un poco de alivio cuando Ed Warren viene con sus herramientas a reparar la canilla de la cocina, el lavarropas, en fin, a hacer esas cositas imprescindibles que una madre sola no puede hacer. Mientras tanto la experiencia de Janet, como la de los chicos abusados, es que el cuerpo no le pertenece: por las noches algo se le mete en la cama y le hace cosas aunque ella no quiera. Y lo peor no es ni siquiera eso sino que los adultos a su alrededor no se lo crean, que la dejen sola.

Las películas de Wan, igual que tanto del terror contemporáneo, se alimentan de lo femenino vuelto pesadilla y enfocado por una mirada masculina, junto con los niños, como esa zona más vulnerable de la existencia que está más expuesta a la invasión de lo maligno. No es misoginia, es lo natural del patriarcado: en Insidious (2010), su primera película, un demonio que era una vieja con vestido negro, sombrero y velo (pero parecía más bien un pedófilo disfrazado de mujer) acosaba a un hombre desde la infancia; en El conjuro (2013) un matrimonio con cinco hijas se mudaba a una casa construida sobre el lugar en el que antaño una bruja había hecho un pacto con el Diablo, ofreciéndole a su propio hijo, y la madre de esta familia enloquecía al punto de tratar de matar a sus hijas. En esta secuela de El conjuro, una monja vieja que es igual a Marilyn Manson y de nuevo parece, sugestivamente, un hombre disfrazado de mujer, quiere poseer a una nena. Si a esos chicos no les creen es mortal, porque al menos en estas películas se puede exorcizar a los demonios y llegar a una especie de final feliz. En este mundo nuestro en cambio, en el que el mal no viene de otro plano sino de adentro mismo de los hombres y mujeres formados en una cultura machista, es un poco más difícil.

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