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Viernes, 29 de julio de 2016

INTERNACIONALES

Sin patria ni derechos

La directora política de la Coalición Inmigrante de Nueva York es hija de argentinos pero también de las históricas protestas antiglob. Jackie Vimo traza un mapa de ruta sobre las nuevas intersecciones entre género, migración y trabajo en tiempos de xenofobia global, y sobre el retroceso del aborto en el paraíso del capitalismo cool.

 Por María Mansilla

desde Nueva York

Lo primero en que se fija es en el horario de la misa; así organiza Jackie Vimo su viaje mensual hacia algún pueblo agrícola del estado de Nueva York. Porque su trabajo como directora política de la Coalición Inmigrante de NYC no sólo consiste en dar charlas y reunirse con gente influyente. Así como está siempre -ambo negro (chupín) y el pelo rapado, jopo- se aventura con tanta fe como resignación. Al entrar a cada templo no se fija en el altar ni contempla los vitraux: lo único que quieren sus ojos verdes es dar con el camino al sótano. “En este país toda la organización que ocurre, ocurre en los sótanos de las iglesias. Es el único espacio que tenemos”, explica. Ahí se reúne, con la venia del cura, con obreros agrícolas latinos, empleados bajo condiciones de explotación en los campos de la zona; los invita a sumarse a la coalición, les cuenta que tienen un comité de liderazgo de indocumentadxs que participan de las decisiones que toma la organización.

Jackie habla un español entre neutro y rosarino. Es hija de médicos argentinos, creció en Boston. También es hija de Seattle y de aquellas poderosas movidas antiglob, vive en Nueva York. Estudió Ciencia Política en Columbia; antes trabajó con la Ong Se hace camino al andar, una de las más representativas en cuanto al trabajo de base con migrantes latinxs. Antes Vimo pasó un tiempo en la Argentina: cuándo si no en pleno 2001, dónde si no integrada a un MTD (Movimientos de Trabajadores Desocupados) del conurbano.

¿Cómo es ser militante social en Manhattan?

–Hace 10 años Starbucks era el enemigo, ¡fuera Starbucks! Ahora nos reunimos allí sin problema. Por entonces teníamos los foros sociales, la conversación era entre activistas europexs, asiáticxs, neoyorkinxs, latinoamericanxs… Esas protestas ya no existen, se hicieron ilegales, y la represión fue tremenda.

¿En qué consiste el otro movimiento de lxs jóvenes, el de lxs dreamers?

–Están en todos lados: en el Senado, en la casa del gobernador… Aplican un modelo basado en el movimiento gay lésbico de salir del closet. El proyecto busca el acceso de lxs indocumentadxs a la facultad. Desde los noventa, la ley les otorga acceso a primaria y secundaria. El año pasado, después de años de alianzas y compromisos de distintos sectores estuvimos a punto de lograrlo, pero los republicanos obstaculizaron la votación y quedó en la nada. Después de eso hubo casos de chicxs que se suicidaron porque, a muchos, los padres no les cuentan su estatus. Entonces, unx de ellxs está aplicando a Harvard y cuando dice ‘mamá, me das el número de seguro social’, ahí la madre le dice ‘hijo, tengo que decirte algo’. Esto también generó abandono de estudios porque dicen para qué voy a terminar la secundaria si no podré ir a la universidad y seré mesero toda mi vida. El american dream ya no lo tienen ni lxs migrantes ni lxs yankees.

¿Y el aborto?

–Hay avances en temas como los crímenes de odio. Pero los relacionados con las mujeres han ido para atrás, volvimos a los sesenta. En Alabama hay mujeres acusadas de asesinato por abortar. Las campañas, hechas por las organizaciones religiosas, han usado la raza como un arma. En el centro de Manhattan pusieron la foto de una niñita afroamericana y decía “Si lo apoyás, apoyás al asesinato de las niñas negras y latinas”. Era una forma de decir “Hay que mantenerlo ilegal porque lxs blancxs con privilegios que apoyan esto participan del genocidio”. En este país también tenemos una historia de esterilización forzada de mujeres de color en las cárceles. Por otra parte, cruzando la frontera, en Pensilvania, hicieron ilegal que una persona travesti use los baños que no corresponden con su cuerpo según la definición del Estado: ése ha sido el último gran tema. Por eso estamos creando nuevas coaliciones, para hablar de intersecciones entre género, estatus migratorio y temas laborales. Todo acá se maneja por la política de la identidad. No hay identidad de clase ni un discurso de los derechos humanos. Apenas está el discurso del afroamericano, el de la mujer, el gay lésbico.

¿El aborto aparece en los discursos de campaña?

–Es fascinante: no ha surgido ni una vez. Tanto Trump como Hillary en otros tiempos lo han apoyado. El silencio es total porque si lo mencionan pierden el apoyo de un enorme sector, evangelistas y conservadores. Por otro lado, es la primera vez en la historia que tenemos dos candidatos de Nueva York, y el resto del país odia NYC. Nos ven arrogantes, burgueses que se visten de negro, locxs por el dinero, con mujeres con sexualidad abierta.

¿La población migrante puede influir en los resultados?

–Cuando hice un estudio de las últimas votaciones, recorrí las zonas donde el 80 por ciento era inmigrante. Todxs votaban a Obama, salvo lxs rusxs conservadores. Ahora está más complicado. La gran pregunta es si lxs jóvenes votarán a Bernie o a Hillary.

¿Cómo cala el discurso racista de Trump en la subjetividad de la gente indocumentada?

–Trump amenaza con deportar a 11 millones, y eso sería posible políticamente pero no lo va a hacer porque no le conviene. No es posible a nivel económico funcionar sin esta mano de obra. En Estados Unidos nos habíamos alejado de ese discurso del 11 de septiembre. No es que se habían olvidado, nunca se van a olvidar, pero habían cambiado la perspectiva. Entonces nos tocó París, Niza. Y esto hace que se brinde apoyo a lxs refugiadxs y se rechace a lxs migrantes económicos. Siempre tuvimos la imagen del inmigrante como el latino de México, y hoy tenemos al latino de México, al terrorista árabe, gente de Tailandia, de Africa. También tenemos un nuevo conflicto: un estudio de Harvard demuestra que a muchxs afroamericanxs les volvió el acento después de tres generaciones, y es para distinguirse de lxs afrodescendientxs.

Territorialmente, ¿cómo se dibuja este nuevo mapa?

–Ya sabemos qué pasa en la frontera sur, donde el 80 por ciento de las mujeres que logran cruzar son violadas. En Nueva York hay gente indocumentada que llegó como turista. Otra gran categoría es la de los que trabajan las granjas: el 25 por ciento de nuestro Estado se dedica a la agricultura. Me pasé días recorriendo lecherías, y la situación es tremenda. Tenés gente aislada en zonas rurales, sin derechos sobre sus jornadas ni a formar sindicatos. Para obreros agrícolas y trabajadoras domésticas no aplican las leyes laborales.

El papa Francisco se metió a los militantes de base latinoamericanos en el bolsillo. ¿Cuánto influye en Estados Unidos?

–Cuando se habló de construir el muro con México, Francisco dijo que Trump no era católico. Eso para nosotros fue un cambio. Pero en cuanto al poder del Vaticano, así como podemos decir que en la Argentina el catolicismo es un monopolio, acá, en cambio, hay un mercado de almas que genera más competencia a nivel política religiosa.

Como activistas, ¿tienen algún protocolo para el uso de las redes sociales, considerando la relación Google-Casa Blanca que denunció Julian Assange?

–Desde los sesenta, las formas de intervenir en los movimientos izquierdistas además de espiar es metiendo a alguien que genere conflicto en el grupo y lo disuelva, y la represión policial. Me acuerdo de que en el 2000 la pasábamos hablando de passwords y seguridad informática, y cuando nos reuníamos poníamos las baterías de los celulares sobre la mesa.

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