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Viernes, 29 de julio de 2016

RESCATES

Rica mujer

Ruth Gordon 1896 - 1985

 Por Marisa Avigliano

“Me siento torpe y fea e inocente y sola” dice Minnie Goetze –la asombrosa Bel Powley– en Diario de una adolescente, la película en la que Aline Kominsky es un dibujito en la historieta de otra y en la que el arte suicida de Harold flota cercano como inspiración y homenaje. Ese Harold no es otro Harold que el de Harold and Maude, la película que Ruth Gordon protagonizó en 1971 y que Marielle Heller, la directora de Diario, nombra cuando le piden bibliografía consultada –en su lista precursora también aparece Hedwig and the angry inch–. La Maude que Ruth supo crear, aquella anciana que se colaba en funerales, manejaba riéndose de las normas de tránsito y enamoraba a un adolescente con música de Cat Stevens, la consagró heroína de la comedia romántica a los setenta y cinco años. Tres años antes había ganado un Oscar atemorizando con un rulero gigante sobre la frente y un pañuelo azul con lunares blancos a quien la mirara por la mirilla y le abriera la puerta en El bebé de Rosemary. Sí, la entrometida Minnie Castevet, la vecina de Mia Farrow y John Cassavetes, es Ruth. Pero detrás de la puerta del Oscar y de la novela rosa de la abuelita excéntrica vivía una singular actriz y escritora acostumbrada al escenario y a los planos laterales que el cine le cedía desde los años veinte.

Nació en Wollaston, Massachusetts, en una cotidianidad pueblerina que no aprobaba sus deseos dramáticos y con un irritable padre marino (la leyenda familiar cuenta que cuando Ruth se fue de casa le dio dinero y su catalejo para que lo empeñara si la pobreza teatral lo exigía y que ella, que empeñó casi todo, nunca le dio ese destino a los ojos largos del navegante). La siempre extra del cine actuaba en giras y escribía guiones con su segundo marido, Garson Kanin (los protagonizaban Katharine Hepburn y Spencer Tracy y eran la ventana abierta a la vida conyugal de Ruth), mientras llegaban los roles perdidos y otros de mejor suerte partenaire con Edward G. Robinson o con la mitológica Garbo. Antes de la fama de boletería de celuloide propio, Ruth había escrito tres libros autobiográficos, uno de ellos (Years Ago) fue adaptado y convertido en superproducción hollywoodense (La actriz, una película de 1953 con Jean Simmons y Spencer Tracy). Ruth era una estrella en la pantalla pero con la cara y el cuerpo de otra. Mientras era una de las protegidas de Alexander Woollcott en sus críticas del New Yorker, formaba parte de la mesa redonda del Algonquin (el hotel de Manhattan donde se reunían generalmente arengados por Dorothy Parker escritores, actores y críticos para hablar mal de lxs otrxs) y recibía cada noche aplausos por su Dolly Levi en The Matchmaker y su Rosie en Una mujer riquísima, el cine seguía sin elegirla. Podía seguir siendo Rosie en el teatro pero en las luces perennes siempre era mejor Rosalin Russel. Algunas de sus participaciones cinematográficas (filmó más de cuarenta) son tan breves que parecen haber sido víctimas de las tijeras hambrientas del editor. Otras, no dejan que el olvido avance. Ser en 1965 la madre de Natalie Wood en Inside Daisy Clover (las intimidades adolescentes parecen transcurrir siempre cerca de Ruth) o sus escenas junto a Clint Eastwood con beso simio incluido son literatura clásica en la desesperación de celo íntimo que estelarizan los actores de reparto. Y entonces, cuando ya no importa, son eternos en segunda posición o intranquilidad diagonal y destruyen cualquier infortunio que acarree la ausencia como si nunca hubieran tenido edad, como Nibs, el personaje de Peter Pan con el que Ruth debutó en Broadway en 1915.

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