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Viernes, 25 de noviembre de 2005

VIOLENCIAS

Parir en el oeste

No es lo mismo parir en la Capital Federal que en cualquier hospital del conurbano bonaerense. Y si ese hospital está en Moreno las cosas empeoran. No sólo porque no se cumple la ley que fija normas mínimas para un parto humanizado –a nivel nacional–, sino porque además el lugar común es que las parturientas compartan camas apenas salen de la sala de partos. Otra forma de violencia de la que resulta difícil ponerse a salvo.

 Por Gimena Fuertes

Mónica está preocupada. Sabe que va a tener que ir a parir al hospital del partido de Moreno, al oeste del conurbano bonaerense, y no quiere. La última vez, con su séptimo hijo en brazos, tuvo que pasar dos días internada junto a otra mujer en su misma cama. Ahora, con el octavo en la panza, se resigna a que se repita su suerte sin nada que hacer para evitarlo. “Siempre me pusieron de a dos”, dice Mónica.

Desde hace años la maternidad del hospital desborda. Reciben a las parturientas a último momento y les dan el alta lo antes posible, pero igual terminan durmiendo de a dos y hasta a veces de a tres. Ellas se quejan, pero aguantan. El hospital zonal general Mariano y Luciano de la Vega es el único para casi medio millón de personas, la mayoría bajo la línea de pobreza.

Es la octava vez que Mónica está vestida con el enterito de jean de embarazada y quiere que sea la última. Después de parir piensa hacerse la ligadura de trompas de Falopio, pero en el hospital de Moreno ya le dijeron que no. “Tengo que juntar plata para irme a la Capital para ver si me hacen la ligadura. Acá en Moreno no me la quieren hacer porque dicen que como tuve todos partos normales, sin cesárea gracias a Dios y sin complicaciones, no te la hacen. Pero yo pienso que en un hospital público deberían hacerla”, opina.

Habla tranquila, pausada, como si no escuchara y no se asombrara de su mismo relato. “Tengo 41 años, estoy viviendo en una casa prestada. Anoche estábamos hablando con mi marido de que alguien se tendría que mover para hacer algo.” Eduardo, su compañero, hace changas de albañilería y junto a él viajaba el 19 de septiembre de 1996 en un remise para llegar hasta el hospital a dar a luz a Daiana. “Gracias a Dios la tuve en el auto y no en el hospital.” Pero para el posparto Mónica volvió a dormir de a dos en esa maternidad.

Esta mujer morocha, alta y sonriente historiza su vida según sus embarazos y los de sus vecinas del barrio Cuatro Vientos, del partido de Moreno. Ella sabe que la situación de desborde en la maternidad fue así “desde siempre. El nene de mi vecina tiene cinco meses y ella prefirió dormir en una silla de ruedas porque te ponían en camas de a dos”.

Eduardo todavía no consiguió la plata para llegar hasta el hospital Alvarez donde Mónica quiere parir para que luego le hagan la ligadura. “Tengo un colectivo hasta la estación de Moreno, después el tren y después camino desde la estación de Floresta”, enumera. “Estoy cuidándome con pastillas y estoy embarazada. Cuando pregunté qué había pasado, me salieron diciendo que mi cuerpo se adapta a las pastillas y que no me hacen efecto. Las doctoras me aconsejan la ligadura pero no me la quieren hacer. Yo a los chicos los tengo, los crío y los cuido, pero voy con temor, le tengo mucho miedo al hospital ese. Imaginate que si tengo una cesárea me van a hacer acostar con otra persona después de la operación.”

La falta de camas es sólo un síntoma, quizás el más visible, pero no es lo único que revela lo que deben soportar las mujeres en el único hospital público en 186 kilómetros cuadrados. “Te higienizás con agua fría en las palanganas. Hay que llevarse todo, el Espadol, el jabón, las sábanas y las almohadas. Cuando salís de tu casa parece que vas a hacer una mudanza”, dice otra parturienta.

El hospital es vistoso pero chico. Inaugurado en 1995 por Carlos Menem cuando era presidente y Eduardo Duhalde, gobernador. La infraestructura edilicia es llamativa, pero por dentro está vacío, le falta equipamiento. Por ejemplo, la guardia no tiene sillas donde sentarse a esperar a los pacientes. Es un solo hospital público para 380.530 personas. Los números no dan y los enfermeros saben y denuncian esta situación a sus superiores, pero no quieren dar su nombre en forma pública porque les pueden hacer un sumario y entonces perder su trabajo.

En el hospital se registran por mes alrededor de 400 partos en estas condiciones, a lo que hay que sumar otras 300 internaciones por causas ginecológicas. “Hay días que son dos o tres pacientes ginecológicas por cada una de las 55 camas existentes”, denuncia uno de los enfermeros.

“Se producen contagios por las hemorragias, cuando estamos ahí corremos peligro. Pero yo no dije nada. Las mismas madres nos hacíamos amigas ahí, y pensábamos que era antihigiénico. Las enfermeras no pueden hacer nada, te dicen que no hay lugar. Tendrían que tener más paciencia con las parturientas. Pero, hay que estar...”, suspira una mujer con su bebé recién parido en brazos.

En las unidades sanitarias de los alrededores, las “panzas grandes”, como las llaman a las embarazadas que están a punto de parir, aparecen sin haberse hecho nunca ningún análisis. Pero en las salas de los barrios sólo pueden hacerse controles de bajo riesgo, los problemas un poco más complicados, como la diabetes o el VIH, tienen que ser tratados en el hospital. Según el Plan Materno Infantil del Ministerio de Salud de la Nación, las embarazadas deben hacerse tres rutinas de análisis de sangre y orina, más tres ecografías. Pero en las salitas sanitarias periféricas no dan abasto, las extracciones son acaparadas por las embarazadas, y dejan a otros pacientes en la espera.

Una pediatra de una de estas unidades de salud sostiene que “haría falta un segundo laboratorio en el hospital porque, de otra forma, no se pueden prevenir enfermedades como la sífilis durante la gestación, lo que termina muchas veces en la pérdida de los embarazos avanzados. Si se detecta una sífilis a tiempo, se puede curar con una inyección de penicilina; en caso contrario, el embarazo se pierde”, se indigna esta profesional.

Las opciones improvisadas de las embarazadas son concurrir a hospitales de otras localidades del oeste bonaerense, como el Posadas o el Carrillo o, las que pueden, a las maternidades porteñas. Pero las mujeres se quejan de que los hospitales de las localidades cercanas de San Martín y San Miguel no las quieren recibir porque ellas “son de Moreno”. Sin embargo no hay ninguna disposición legal que dé lugar a esa discriminación, ya que los hospitales públicos deben recibir a los pacientes sin preguntar de dónde provienen. Las enfermeras y obstetras les informan a las mamás que pueden ser atendidas en cualquier lugar y las envalentonan para que, en caso de no ser recibidas, pregunten el nombre y el apellido de aquel que las echó. Pero las embarazadas están cansadas de deambular, desalentadas por los malos tratos y sin ganas de protestar, por lo que se pegan media vuelta y van a Moreno.

Cuando llegan a parir, si no están con dilatación completa, no les dan cama. Indefensas, sin voz ni voto, piensan que su vida no vale nada, y no pelean. “Se acostumbraron a resolver lo más inmediato, se sienten culpables, sin autoestima. Vienen castigadas por muchos lados, por parejas violentas, embarazos no deseados. No tienen una maternidad digna y un parir humano. No pueden ser protagonistas”, se lamenta la pediatra.

Historias repetidas

En la sala de espera de una de las unidades sanitarias del norte de Moreno conversan Patricia y Mimí. “Hace tres años que tuve a la nena –dice Patricia– y me acuerdo que tuve que compartir la cama con otra mamá. Me tuve que sentar todo el día, no me acostaba con ella, me daba pudor. Esto no viene de ahora sino de hace rato. Ahora estoy embarazada de cuatro meses y mi idea es no tenerlo ahí, prefiero siempre irme a otro hospital aunque sea más lejos.”

Patricia es del barrio Santa Paula, habla fuerte y se enoja todo el tiempo. Pero Mimí es tranquila y, aunque le cuesta imponer su relato entre las quejas de su interlocutora, describe que en la maternidad “hay cuatro camas por habitación, pero hay como ocho mujeres en esos cuartos, que son de cuatro por cuatro. La última vez tuve un parto complicado, me quedó placenta y me tenían que llevar y traer, pero igual después en mi cama pusieron a otra mamá”.

Mimí es bajita, de pelo largo y lacio, y su panza ya está llegando a los nueve meses. Vive en el barrio Villa Nueva III y cobra 200 pesos del Plan Familias. La última vez llegó “al hospital, me dieron un número y tenés que esperar el turno como si estuviéramos en una verdulería haciendo cola. Por eso yo empecé a abrir las piernas para hacer ver que ya venía”. Patricia la interrumpe y dice que “la mujer que tiene a su marido logra un poco más de respeto porque él patalea o rompe las puertas y no se calla. Pero la que ya tuvo el bebé y está sola, ¿qué puede decir?, si está toda dolorida. Lo único que querés es descansar y salir de ese momento”.

Patricia mira para abajo, menea la cabeza. “Todas comentábamos que era una vergüenza, que cómo podíamos estar así, hay quejas, pero la gente tiene miedo de ser peor atendida. Por eso una a veces se la aguanta”, sintetiza con los hombros encogidos.

Uno de los enfermeros señala que no sólo hay un desborde numérico, sino que esa situación está agravada por las condiciones de pobreza en las que viven los habitantes de este lugar del conurbano. “Todas estas condiciones no son tenidas en cuenta y el hospital pretende recibir a estas personas como si vivieran en condiciones óptimas. Ni el personal médico ni los enfermeros estamos preparados para atender este tipo de población, lo que a veces se traduce en maltrato e indiferencia”, explica. “Vienen muchas mujeres con HIV y un porcentaje muy alto tiene anemia, todas viven en condiciones precarias”, se lamenta el enfermero.

En Moreno el desempleo trepa al 22,9 por ciento, casi igual que la subocupación. Según el Instituto Municipal de Desarrollo Económico Local de la Municipalidad, “se observa que el 44,9 por ciento de la población económicamente activa atraviesa importantes dificultades laborales, por problemas de subocupación o desempleo”.

Pero “por suerte” Mariano, el marido de Mariela, “está en changas. Además tenemos el Plan Familias”, agrega Mariela con Azul, de dos meses, en brazos. “El no se queda quieto, es gastronómico, hace reemplazos de mozo, pero no lo dejan estable. Mi tía me había regalado un terreno, vivimos en una casilla, pero estamos empezando a construir”, cuenta feliz. Pero hace dos meses Mariela estaba nerviosa y sin saber qué hacer. “Llegué al hospital y no me querían atender porque supuestamente me faltaba, pero bueno, es mi cuarto bebé y yo me conozco, ya tenía siete de dilatación. Estoy a media hora en colectivo pero me volví a mi casa, fue un viernes de lluvia y de frío. Yo vivo en un barrio lejos y es feo, no entra un remise ni una ambulancia. Llegué a la una a mi casa. A las dos y media salí otra vez. Por suerte llamé un remise, quiso entrar por las calles de tierra pero me salió 10 pesos, es una fortuna. La atención estuvo bien, los médicos son humanos. Pero cuando salí de la sala de partos me morí de frío, les pedía frazadas”, recuerda.

Las mamás que comparten camas se denominan entre ellas “compañeras”. Pero la camaradería es producto de la desesperación y no de un acuerdo previo, porque a ellas no les preguntan si están de acuerdo.

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