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Viernes, 4 de agosto de 2006

VIDA DE PERRAS

La mejor defensa

 Por Soledad Vallejos

Probablemente éste no sea ni el momento ni el lugar, pero alguna vez hay que decirlo: detesto a Karina Mazzocco. A decir verdad, no es con ella la cosa, sino con los cráneos creativos detrás de esa tremenda, abrumadora, nefasta idea de invadir el mundo real –hace ya como un año, ¿no?– con una frase lapidaria y pegadiza que Mazzocco grita –imperativa– con cantito en una publicidad: ¡no te arrugues! Más de un año, decíamos, desde la idea original, esa que empezaba –palabra más, palabra menos–: “si ya pasaste los 30, y empezás a tener vergüenza de mostrarte...”. Como se ve que tamaña estrategia algún fruto debe haber rendido, en los últimos días la bocona –ya sé, ya sé, ella sólo dice un texto que alguien más concibió– agregó bocadillo a cuento de producto nuevo: ahora tampoco puede una descuidar sus manos, a ver si se arrugan y se nota que no se tienen 15, 20, 25 añitos (hasta ahí llega nuestro concepto de juventud, ni un año más, preferiblemente unos cuantos menos). Y a una, ingenua consumidora de publicidades que a veces se hace la sensible, la cantilena le va perforando el cerebro. Se le adhiere, la orden, tanto a la mirada que un buen día descubre –horrorizada– qué es lo que le resulta antinatural en una foto que alguien le muestra: las arrugas, las desprolijidades, algunas marquitas de piel viva. Que le falte Photoshop, bah. Una se acostumbró tanto al mundo según las revistas que ve una foto sin retocar y se espanta. No es poco, y además es lógico: el retoque alisa, atersa, plastifica, desarruga.

No sé si a alguien más le pasa, pero a mí la frasecita de Karina M. ya me tiene un poco cansada, me resulta un poco molesta, por no decir insultante. A sabiendas de estas manías (no es que una crea que los medios todo lo pueden, pero tanto te dicen las cosas, tanto va el cántaro a la fuente, que al final le creés), me dice una amiga con ganas de darme ánimo: el Consejo Nacional de la Mujer tiene potestad en este tema de las publicidades, algo puede hacer. Y allá fui, al sitio de Internet, donde encontré bellos ejemplos de cómo el Consejo lucha por la equidad. Uno fue una recomendación a Dady Brieva cuando el recordado episodio de la niña y su bombacha. Díjole la titular a D. B. que eso que había hecho estaba muy mal, y agregó: “Le pido que personalmente se ubique en la situación de padre de una hija a la que se le hace esta solicitud”. Ahí fue cuando desistí de elevar pedido alguno al Consejo.

Lo lamento por ustedes, pero llegó la hora de la autobiografía. Y sí, una mide el mundo (alrededor) a partir de su baldosa, porque a fin de cuentas la medida de ese universo que se extiende allá, lejos, no deja de ser la propia burbuja tal como una es capaz de amoblarla, respirarla, habitarla. Esta burbuja, decía, viene más o menos averiada, en la medida esperable para una muchachita, jovenzuela, pebeta, mozalbeta de 31: canas (unas cuantas), arrugas (ídem), kilos (los necesarios y consecuentes), etc. (muchos). Desde la burbuja, entonces, cuando logro sacudirme el tic del Photoshop, no puedo evitar admirarme cada vez que encuentro a Viviana Saccone en la pantalla: ella, su personaje en “Montecristo”, pero fundamentalmente ella, tiene arrugas. La de Viviana Saccone es la representación de una mujer que cuando sonríe tiene una expresión (quiero decir, más allá del movimiento de labios), que parece no absorber la luz ambiente a fuerza de kilos de maquillaje, que aparece comiendo en cámara (no, no se compara a la Chiqui) y nunca –por lo menos hasta ahora– dijo una sola palabra sobre comidas y restricciones. ¿Y saben qué? Eso, en prime time, en uno de los programas más vistos de la tele, es una disrupción, hace ruido y se agradece. Si me dan a elegir, yo quiero arrugarme como ella. Quiero arrugarme de cara, de mano, de “piel del cuerpo”, de donde sea, pero arrugarme en paz, qué tanto.

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