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Viernes, 4 de agosto de 2006

REINAS

Mezcla rara de Marikena y Mariquita

Sin complejos y sin remilgos, desde el escenario del Faena, Marikena Monti –o Mariquita Montes, ni ella misma lo sabe con seguridad– traza con ternura y humor un Retrato en blanco y negro de los años ‘60, de ella misma en esa década de tanta movida cultural y política.

 Por Moira Soto

Eran los tiempos de la Manzana Loca –Florida, Maipú, Charcas y Paraguay— con su Galería del Este, del unisex, del shock de frescura y limón de Susana Giménez en un aviso de la tele. En el Instituto Di Tella, la joven Marikena Monti, que ya había debutado en La Botica del Angel, hacía en 1969 Canciones en informalidad, con Jorge de la Vega, Jorge Schussheim y Camaleón Rodríguez. “Se cortaba el tránsito en Florida”, memora sonriente la cantante desde el escenario del Faena Hotel en el show Retrato en blanco y negro que –con dramaturgia de Patricia Zangaro, puesta de Alejandro Ullúa y arreglos de Luis María Serra– se ofrece los domingos a las 19.

Después de incontables recitales, de haberle dado pista a la actriz (en Secreto a cuatro voces, 2004), de cantar poemas de Alfonsina Storni y boleros clásicos, de coquetear con el jazz y de haber permanecido fiel a un ecléctico cancionero que la identifica (Edith Piaf, Jacques Brel, María Elena Walsh, Barbara, ciertos tangos, Vinicius, Chico Buarque, por supuesto De la Vega y Schussheim), Marikena realiza ahora este “unipersonal musical autobiográfico sobre los ‘60”, donde ya no viste aquellas túnicas de la genial Fridl Loos pero sí está de negro, la boca bien roja. Entre comentarios alusivos a su propia historia y a la Historia (“1968, arde París... Barricadas en el Barrio del Clínicas... Arde Córdoba...”), va de las emociones intensas (Eluard, Piaf, Brel) a la melancolía (El viejo varieté, de Walsh) y los ritmos brasileños (Vinicius, Chico Buarque) al humor afilado de Ernesto Schóo, Schussheim, De la Vega (“Ming o moka de mikado,/ copa Melba de diamantes,/ safari planificado,/ elefantes de turquesa,/ madreperlas al limón (...)/ Y al volver donaremos/ monseñores y maestros,/ sabios, artistas,/ y algún pulmotor”, canta la ricachona snob de Diamantes en almíbar).

Plaf. Se deja caer Marikena Monti después del tema Achidente (otra gema de De la Vega). Se despatarra un poco y dice “Ay, este sillón es como un útero”, frase fuera de libreto que se le ocurrió una tarde y quedó incorporada a este show tan desprovisto de solemnidad que habría encantado a aquel pintor y poeta que un año antes de morir, a los 41, le escribió esa canción –que también figura en Retrato...– que dice en la segunda parte: “Je suis Mariquita Montes,/ moi, je chante comme personne/ y no me parece feo/ cantar tangos reos/ como diversionne”. Bajo la atenta mirada de su gata blanquinegra callejera Lucy, “una madre excelente”, MM conversa con Las/12.

¿Te propusiste expresamente que Retrato en blanco y negro no fuera nostálgico?

–No fue algo premeditado pero te puedo decir que yo no soy nostálgica. Lo que me sucede es que advierto que el tiempo es recurrente, ciertos episodios se reiteran cíclicamente, cosa que me produce bastante angustia. Mi impresión es que el mundo avanza y retrocede, como si los progresos nunca pudieran afirmarse, no se produjeran cambios profundos y sustanciales. Entonces, no cabe la nostalgia: fijate que en un momento dado, yo hablo del bastón largo de Onganía, o de la insurgencia pacifista de Martin Luther King en la misma década. Y en realidad, se trata de cosas que siguen pasando: en el caso de las dictaduras militares, se endurecieron sus métodos como pudimos sufrirlo, mientras que los movimientos pacifistas no han perdido vigencia. Termino de cantar la Plegaria para un niño dormido, que hizo Luis Alberto Spinetta a los 21, 22, y la verdad es que parece escrita hoy. Aunque las cosas empeoraron: si hace tres décadas había niños de la calle, hoy es aterrador. Entonces, en el espectáculo estoy hablando de un pasado que remite al presente. Por otra parte, yo no siento esa nostalgia por supuestos tiempos mejores, aunque siga viva mi ternura por personas que influyeron en mi vida, muchas de las cuales ya no están. Por autores que me acompañan hace tantos años, como Jacques Brel o Jorge de la Vega.

En el caso específico de De la Vega, es notable comó se adelantó a su tiempo en el tratamiento de ciertos temas, en el tipo de humor.

–Totalmente un visionario, sí, claro. Creo que su pintura estaba anticipando el Proceso, las guerras, la fragmentación del ser humano. Por eso, te reitero que Retrato... remite a la hora actual. En todo caso, lo que sí había diferente en los ‘60 era la esperanza de cambiar, de mejorar el mundo. La creencia de que el arte podía ayudar a que esto sucediera. Y esa ilusión se ha perdido un poco, aunque no el sentimiento de la utopía, porque hay muchas personas que mantienen un empeño personal en modificar aunque más no sea la parte que les toca. Hay gente en todo el mundo que abraza causas que considera justas, muchos artistas conocidos. Pero también hay conservadurismo, temor al cambio, a lo nuevo.

Aunque no exista actualmente un equivalente al Di Tella, hay una gran vitalidad en el teatro, mucha experimentación, mucha mística.

–Es cierto que se abrió un potencial muy grande en el circuito alternativo. Y también se ha ido produciendo un cambio muy grande en las mujeres, cambio que arrancó en los ‘60 precisamente, con el feminismo incipiente, la influencia de Simone de Beauvoir, de Betty Friedman... Pero ya ves, si bien hubo avances importantes en lo legal, y las mujeres salieron a trabajar, a estudiar en masa, sigue existiendo toda una problemática femenina sin resolverse. Todavía en nuestro país hay que hacer reclamos por la igualdad de salarios, para que se solucione la cuestión tan tremenda de la violencia familiar.

Mi impresión es que el mundo avanza y retrocede, como si los progresos nunca pudieran afirmarse, no se produjeran cambios profundos y sustanciales. Entonces, no cabe la nostalgia.

En Retrato..., vos aparecés como una de las protagonistas de esa década del flower-power, que salió al ruedo y cantó letras que abrieron cabezas, pero no te tomás a vos misma muy en serio.

–La verdad es que me tomo bastante el pelo, ése es otro recurso que aleja el tono nostálgico. Después de la canción Mariquita Montes que me escribió Jorge de la Vega, nunca sabré con certeza cuán Mariquita soy por encima de Marikena... Este show nació un poco a raíz de un documental sobre Fellini, Soy un gran mentiroso. Empecé a trabajar la idea con Patricia Zangaro, una dramaturga muy valiosa, que trabaja mucho sobre las imágenes. Ella me dijo: “Sí, vas a estar sentada, pero sobre un sillón blanco, vos vestida toda de negro”. Luego coincidimos en trabajar sobre los ‘60, una década tan fuerte, con tanta movida cultural, y que hoy despierta tanto interés en los jóvenes.

Justo en esa década, como recordás en el show, te tocó vivir tres años en París.

–Un regalo de la vida, algo fantástico. A mí me cambió la cabeza, volví con la decisión de cantar como oficio. Por supuesto que en privado yo cantaba todo el día, como el bardo de Asterix, había que amordazarme para que parara. También había estudiado música, me recibí de profesora de piano. Eso se lo debo a mi mamá, una persona que nunca pensó que las mujeres fuesen menos que los hombres, en ningún terreno. Ella no concebía que yo no siguiera una carrera universitaria. Esa actitud de ella para mí fue siempre muy estimulante aunque no estuviera de acuerdo en que dejara la facultad por el canto. Para ella era impensable que una mujer no se cultivara, no tuviera ideas propias, su independencia.

¿De dónde sacaba esas ideas ella, considerando la generación a la que pertenecía?

–Mi abuelo paterno fue un juez singular en los ‘30, iba a las cárceles una vez por mes a ver cómo trataban a los presos, en Tucumán. Creo que en su casa, junto a muchos hermanos, mi mamá recibió nociones claras sobre la justicia. Ella hizo la escuela normal del Estado, fue abanderada, aprendió inglés, pero cuando quiso seguir estudiando, ahí pudo más la mentalidad de la época y mi abuelo no la dejó. Se ve que a ella le quedó esa frustración. Por otra parte, mi papá apreciaba mucho a las mujeres inteligentes, cultas, lectoras, de modo que a mí siempre me pareció natural esa valoración del mundo femenino. Mi padres me decían: “A nosotros no nos importa si te casás o no, si tenés hijos o no. Podés hacer lo que quieras de tu vida, pero para ser libre y abastecerte, tenés que estudiar”. Mi determinación de cantar cayó como una bomba porque ellos temían la precariedad de una carrera artística, cosa en la que no estaban tan equivocados. Pero yo me sentía muy fuertemente llamada a esto. Como digo en el Faena, buscaba algo que me permitiera comunicarme directamente con la gente.

¿Qué era lo que necesitabas comunicar a través del canto?

–Siempre con la idea de cambiar un poquito el mundo, me ha obsesionado la problemática social, la gran desigualdad, el prejuicio, el sectarismo... Me impresiona mucho la indiferencia de los políticos frente al sufrimiento de la gente. Ahí es cuando me pregunto qué aporte podrían hacer las mujeres políticas si no copiaran conductas y enfoques masculinos, porque me parece que son pocas las que se ocupan de asuntos de sus congéneres, sobre todo de las más pobres, que no tienen la posibilidad de ser libres, es decir, de tomar sus propias decisiones.

Vos podrías representar las dos máscaras del teatro: la tragedia y la comedia.

–Tengo los dos extremos, sí: puedo ser muy dramática y muy payasa. En verdad, arriba del escenario, el término medio es lo que más me cuesta. Ni bien lo piso, para mí desaparece el sentido del ridículo, los prejuicios, los miedos. Es un territorio donde pienso que todo vale desde lo estético y lo ético. Creo que hay que mantener esa conciencia, esa exigencia. Lo ético para poder ser sincera, no macanear. Creo que cuando alguien miente en algún punto al actuar, al cantar, está en problemas.

¿Es cierto que el humor es más difícil que el drama?

–Sí, por inesperado. Te puede salir bien si tenés suerte y confiás en tu intuición. El otro día se rompió el micrófono y mientras cerraban el telón para reemplazarlo, le digo a la gente “¿Vieron? Café-concert puro ¿eh?...”

¿Desde el vamos te permitiste ese ejercicio del humor en escena?

–No tanto, llegar a tener cierta libertad sobre el escenario lleva su tiempo. Pero sí, el humor es un permiso que te tomás. Estar con los dos Jorges, De la Vega y Schussheim, me puso en ese camino. Una noche dijo Jorge de la Vega: “Marikena no tiene complejo de Edipo sino de Edithpiaf”, después puso esa frase en Mariquita Montes. Me tomaban el pelo todo el tiempo, con mucha velocidad. Fue una gran escuela para mí. Aprendí a salir del paso: una vez estaba haciendo un show con Elena Mignaquy, y me había metido un pañuelito en el escote. Mientras entonaba una línea, este pañuelito hizo un recorrido hacia abajo, por adentro, y cayó al piso. Terminé el tema, me aplaudieron y sin ningún disimulo, con gran gesto, pateé el pañuelo para el costado.

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Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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