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Viernes, 18 de agosto de 2006

MUSICA

Coplas insumisas

Con su voz diáfana, sus emociones a flor de piel y su amor apasionado por la copla, Mariana Carrizo es hoy una de las mejores intérpretes del folklore más genuino. Ella le canta, acompañándose del retumbe de su caja, al paisaje, a las penas y alegrías del amor, y no se priva de hacer versos francamente antimachistas.

 Por Moira Soto

Hay algo de certidumbre moral en la forma en que Mariana Carrizo defiende la pureza de las coplas, bagualas, vidalitas del noroeste argentino. Hay algo religioso en el fervor con que abrazó desde muy joven esta causa, desoyendo las tentaciones de los mercaderes y cantando a veces en el desierto, como cumpliendo una misión. Pero no hay nada de beatería en esta chica salteña –“ojos de garza morena, corazón de terciopelo”–, de espíritu naturalmente feminista, que tituló Libre y dueña su último disco, donde, para que no queden dudas, entre coplas, tonadas y cuecas, intercala los versos de Sor Juana: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón...” Muy libre y muy dueña de realizar sus deseos hubo de ser Mariana Carrizo para llegar al lugar de reconocimiento que ocupa hoy sin traicionar sus convicciones, para elegir con exacto rigor su repertorio, para cantar y decir esas coplas picantes y mordaces en las que cuestiona el machismo, o aquellas otras insinuantes, eróticas, atrevidas (“Quisiera ser verdolaga/ que en el campo verde nace./Quisiera ser caramelo/ que en tu boca se deshace”, “Cuando se pone a pecar/ con el mejor sentimiento,/ después del primer pecado,/ se peca a cada momento”; “La mujer que quiere a dos/ no es tonta sino advertida./ Si una vela se le apaga,/ le queda la otra prendida”).

“Vengo de San Carlos, de la parte de los Valles Calchaquíes, ahí mamé yo la parte más fuerte de todo esto porque desde que empecé a caminar, iba a pastorear con mi abuelita”, cuenta Mariana con tono pausado, con esa sencillez que la fama no ha cambiado. “Cuando se sale arriba, a los cerros, para acompañar esa soledad siempre se canta algo. Al mediodía, a la hora que da hambre, a veces la gente se junta para comer algo y capaz que canta alguito propio nomás. Ahí fui creciendo yo en medio de todo eso, y ya de más grande me agarró como una pasión por esa música, por querer cantar. A los 8 años estuve en el primer festival grande, había unas 3 mil personas. En el escenario se me pasa la timidez, me siendo cómoda. Después de esa actuación, empecé a estar en otros lugares. El público era la gente de mi pueblo, de la que yo había aprendido a cantar. Se me dio por tratar de hacer coplas graciosas al observar las características de algunas personas y así gastarles alguna broma. Luego me fui yendo para el lado de las coplas de amor, hice coplas para las mujeres, para los hombres. Tenía 13, 14 cuando estuve en las Serenatas a Cafayate. Me mandaban a cantar para abrir, a esa hora había poca gente, pero así yo fui sumando, consiguiendo mi espacio. Algunas veces me escapaba de la vigilancia de mis padres e iba un poco más lejos. Por suerte nunca me pasó nada malo, salvo algunos azotes que recibía después. Pero como yo ya sabía, venía y ponía el lomo, total ya me había sacado el gusto...”

¿Siempre tuviste esa autonomía en tu oficio de cantora?

–Siempre me manejé sola, principalmente porque nadie me dijo: “Bueno, te voy a ayudar porque confío en vos como artista”. Recién en 2003 estuve con una gente en Córdoba, unos muchachos músicos que me acompañan por ahí de vez en cuando. Pero en general, siempre sola con mi caja. Eso está bueno, por la gran libertad que me da, aunque un poco de respaldo no viene mal. Ahora estoy con mi compañero que me acompaña a todos lados, por ahora estamos trabajando bien, tener un poco de representación se hace necesario para organizarse. Lo que no quiero es comprometerme con compañías que tengan un criterio diferente del mío, que quieran imponerme cosas porque son comerciales. De modo que mientras pueda, voy a seguir así, tranquilita nomás, aunque me digan que estoy fuera de onda.

¿Esa decisión de no transigir te cerró muchas puertas?

–Los organizadores de festivales, de espectáculos me han dejado de lado; también algunos cantores me han dicho: “con eso no vas a llegar a ningún lado”. Pero yo ya tenía claro desde temprano que quería cantar mis coplas, fui perseverando mucho. Aliento por parte del público siempre tuve. Antes del premio Consagración en Cosquín, yo iba a las peñas y siempre se producía el mismo silencio, la misma comunión con el público. Pero el jurado que va a cada una de esas peñas para ver qué artista se destaca mejor siempre me ignoró totalmente. Lo que pasó en la plaza de Cosquín en 2004 fue una experiencia semejante a la de las peñas, con la diferencia de que se trataba de un lugar mucho más grande, con más público.

¿Cómo llegaste a ese escenario?

–Yo mandé la propuesta con un amigo que iba para Coscorrón y se ofreció a llevar mi carpeta, el disco. Yo no estaba muy convencida pero le doy los materiales más bien por una cuestión de respeto a él, que tuvo tan buena predisposición. Y entonces me llaman de allá y me preguntan si me da lo mismo que sea o no el horario televisivo. Les dije que si no podía salir por televisión, que dejen nomás. Porque había ido unos años antes y me pusieron a las 5 de la mañana, creo que apenas había un sonidista que dejó el piloto automático. Y si una hace todo el esfuerzo y los preparativos para llegar a Cosquín, me parece un maltrato tener que actuar en esas condiciones. Esa vez me amargué mucho, estaba enojada con ese festival, por eso puse mis condiciones. Finalmente, me respondieron que sí. Al llegar, la gente de Sadaic quería saber los nombres de los autores de las coplas populares, después los técnicos querían enchufar la caja, me preguntaban dónde estaba la banda, los músicos...

¿Cómo fue la salida al escenario?

–Impresionante. Pero casi no salgo, porque primero me dieron 15 minutos, y después me fueron bajando el tiempo hasta llegar a los 5. Era cruel, una gran desilusión. Así que por un momento pensé en volver atrás. Miré por un agujerito del telón el escenario grande como un campo, para mí sola. Y bueno, salí a matar o morir.

¿Con qué copla arrancaste la actuación?

–“Con su permiso, señores, cuatro coplas cantaré, y aunque soy medio morocha, tal vez no los mancharé...”. Estuvo buenísimo. Y luego, “Soy de Salta y hago falta”. Enseguida: “Esta cajita que toco, tiene boca y sabe hablar. Sólo le faltan los ojos pa’ acompañarme a llorar”. Ya se me estaban completando los 5 minutos. Le conté brevemente a la gente de dónde venía, qué hacía, canté una coplita más y me despedí, les dije que no me daban más tiempo. Y ahí se levantó el pueblo y no me dejaron marcharme, estuve 25 minutos, volví dos veces al escenario. El logro fue doble: pude pasar el desafío y dar a conocer a mucha gente este canto mío. Cuando la gente me abrazó en ese gran aplauso, pensé en las personas mayores que vienen de los pueblos y me dicen “mi mamita cantaba coplas, ella le cantaba a su viejito mientras hacía bollos o cosechaba el maíz”. En los Carnavales en Jujuy por suerte todavía se preserva mucho esta cultura, es un acontecimiento muy importante para las creencias de los pueblos y también para el alma de las personas que todo el año están preparando sus cajas, sus coplas, y algunas cosas que les han pasado durante el año las cantan en esas fechas. En cambio, en la parte de los valles, en Salta, hay pocos lugares que acepten a la gente que quiere cantar coplas. Antes se bailaba y cantaba en las casas, los almacenes grandes, con los musiqueros ahí nomás. Ahora te dicen “vamos a armar una carpa”, que es como un boliche donde te ponen cumbia villera todo el tiempo, ¿cómo va a escucharse una copla con eso taladrándote la cabeza? No hay sitio para esa profundidad de sentimientos, así se pisotea parte de nuestra cultura. En todas esas cosas pensaba cuando la gente no me dejaba ir del escenario. La gente respondió espontáneamente porque se emocionó. Eso no estaba preparado. Yo no fui a Cosquín a buscar un premio: fui a cantar y chau. Me alegró mucho que el público llamara a las radios para pedir que me dieran el premio, pero no por mis méritos: sentí que era para el canto que yo amaba, para toda la gente que hace coplas.

Sí, soy de torear un poquito a los varones y de ponerme de parte de las mujeres, que es lo que corresponde

También, por qué no, un premio a tu lucha, a tu fidelidad al género, a tu calidad como intérprete, a haber llegado solita a ese escenario con tu caja que no se enchufa...

–Sí, es verdad que las cosas no salieron de la nada. Lo que quiero decir es que no hubo ningún cálculo. Si mi amigo no se ofrece a llevar la carpeta, capaz que no iba por aquel enojo que te conté.

¿Cuándo empezás con esas coplas que ponen en evidencia a los hombres machistas?

–¿Viste que siempre hay uno que anda zonceando un poquito más? Entonces, yo, desde chica, a ese que tenía el copete tan alto, algo le tenía que encontrar para bajárselo. Mi mamá me decía siempre que no hiciera esas cosas... Y después, en la mayoría de los festivales, como era yo sola con mi caja, me ponían de relleno, tenía que cantar, mucho o poco, hasta que se armara el grupo siguiente. Y ahí me desquitaba un poco, los gastaba a los que se estaban preparando.

¿Cómo les cayó en Salta, con esa fama de conservadora y formal, que una chica se largara a hacer esas coplas provocativas, insumisas?

–Creo que el hacerlas juguetonamente las hace pasar más fácilmente, Sí, soy de torear un poquito a los varones y de ponerme de parte de las mujeres, que es lo que corresponde. Sobre todo en Salta, los hombres a veces me dicen “Marianita, no nos pegues más”, y las mujeres: “Dales más, dales más”. La única vez que hubo una silbatina fue en Catamarca, después de que les recité: “Si la mar fuera de tinta, y el cielo de papel doble, no se pudiera escribir lo falsos que son los hombres”. Había más de 8 mil personas en el estadio. Los organizadores vinieron a ver qué estaba pasando, por qué tanta silbatina. Y nada, era yo que estaba haciendo coplas. Al rato, pasaron como diez minutos, empecé a hablarles, los hice reír. Y seguí cantando coplas en ese tono, no me iba a achicar. Pero ya no me silbaron más. Estuvo lindo, muy lindo.

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