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Viernes, 27 de abril de 2007

NOTA DE TAPA

Las manos en la tierra, los pies en el barro

El ochenta por ciento de la verdura que se consume en Buenos Aires se produce en el norte del conurbano bonaerense, gracias a la producción intensiva que allí realiza una comunidad boliviana en la que las mujeres son quienes mantienen el contacto más estrecho con la tierra, además de cumplir las tareas domésticas y comunitarias. Así, son ellas también las que reciben los golpes –reales y simbólicos– de la xenofobia, en sus barrios y en las instituciones a las que necesariamente acuden.

 Por Veronica Gago

En Escobar, las quintas de pocas hectáreas se suceden como parches verdes y geométricos detrás de un barrio de casas sin terminar y calles sin asfalto: como un pequeño valle en el norte del conurbano. Las mujeres quinteras sobresalen en esa tarea manual, paciente y agotadora del trabajo en la tierra: la proximidad de las quintas con sus propias casas extiende las horas de trabajo a casi la totalidad del día. Además, son ellas quienes una o dos veces a la semana se convierten en vendedoras ambulantes de verduras para lograr un ingreso extra que permita comprar “yogur y carne” para los hijos. Y sobre todo, ellas se hacen notar en la movilización del barrio contra el racismo, en la organización de las protestas hacia la intendencia y en iniciativas concretas para conquistar una seguridad que no las discrimine a la vez que combaten la violencia doméstica e institucional. Muchas de ellas hablan más quechua que castellano y sus hijas y sobrinas jóvenes –también quinteras o colaboradoras en la economía familiar– las acompañan de un lado a otro. Entre las distintas generaciones comparten además un espacio de mujeres que ya lleva más de cuatro años en el barrio, con reuniones todos los lunes, y que funciona en un pequeño local a metros del gran mercado República de Bolivia. Están hartas de que las acusen de que vienen al país a robar el trabajo “argentino”, pero tienen una respuesta tan contundente que logran enmudecer a las “señoras y señores” que las increpan: “Yo les digo: ni usted ni su marido van a agacharse culo para arriba catorce horas por día para trabajar la tierra. Nosotros venimos a trabajar en lo que nadie ha trabajado ni quiere trabajar. Nadie sabe cuánto valdría la verdura sin nuestro trabajo”, dispara Nelly Serrudo, una de las líderes de la organización Ayudarnos entre todos.

El hospital y la escuela: el racismo institucional

“Quién se ha fijado cuánto tiempo tienen que invertir ellas y cuál es su calidad de vida”, se pregunta Nelly mientras se ven las casas aisladas y precarias al lado de los cultivos. Ella misma trabajó en las quintas un tiempo y abandonó: “No lo aguanté más. Yo antes era muy ingenua, no era como ahora”, dice. “Caminé mucho y fui aprendiendo porque la impotencia de no tener respuesta te da rabia. Y pensás, si trabajamos, pagamos impuestos y, encima, estamos aquí sin parientes que nos den una mano, ¿cómo puede ser que vivamos así? De a poco me fui dando cuenta de que no podía ser callada.”

Se siente cuando conversan –en ese territorio común que es la lengua quechua– que las mujeres del barrio respetan esa decisión de Nelly. Y Nelly convierte ese respeto en la base de un diálogo cotidiano entre pares. “Estas mujeres están en el barro todo el día y sus hijos tienen la escuela a varios kilómetros. Imaginate lo que significa para una mujer migrante boliviana llegar a un hospital embarrada: ¡la miran como si fuera una extraterrestre! Y en la comisaría igual: cuando van a hacer una denuncia las dejan ahí hasta que se aburran.” Enseguida se sucede un hilo de anécdotas que se repiten en la historia de cada una: en el hospital las quieren atar para tener a sus hijos porque les dicen que parir en cuclillas, como ellas lo hacen, “es de sucias” y de “animales”. Han encontrado formas de resistencia silenciosa: muchas van a parir a los baños. Dicen, además, que los médicos no quieren tocarlas, que las ignoran en las filas de espera, que les prometen turnos para operaciones que nunca se cumplen. Una estudiante de Letras, que vive en el centro de Escobar y colabora con los jóvenes de la comunidad, cuenta que cuando acompaña a alguna mujer boliviana al hospital los médicos sólo le dirigen la palabra a ella: “Quien va conmigo les habla en castellano, pero ellos hacen como que no pueden escuchar o simplemente que no las entienden. Y me piden a mí que les traduzca porque soy blanca. Yo siempre les digo que si yo puedo entender lo que esa mujer les está contando, ellos también”.

“Cuando vas a la comisaría –a mí me pasó muchas veces– estás esperando horas y cuando te toca que te atiendan hacen pasar a otro, y ni siquiera te miran, como si fueras invisible. Muchos de mis compatriotas se callan. Yo no, les digo ‘discúlpeme, yo estoy primero’. Lo mismo pasa cuando vamos al hospital: ¿si no por qué muchas compatriotas tuvieron que tener sus hijos en los pasillos? La mayoría optamos por ir a atendernos a Capital, porque en esta zona es terrible, nos tratan como animales”, continúa Nelly. “Todo esto te margina: tenés un peso extra como mujer migrante, además están los hijos y van a la escuela y les dicen ‘bolita’ y ves con dolor a tus hijos crecer marginados, con muy baja autoestima.”

Fotos: Juana Ghersa

La triple jornada

“Por las necesidades del barrio, decidimos organizarnos entre mujeres, y ahora estamos intentando abrir otras sedes en Escobar e incluso tenemos la idea de extendernos a Capital. También trabajamos con jóvenes”, comenta Nelly. Esa red expansiva –que ejercita el hecho de “donar tiempo y que te lo donen otras a vos”– logra que todos los lunes lleguen al local más y más mujeres. “Nos capacitamos entre nosotras mismas. Nos enseñamos lo que sabemos. En principio nos convocamos para alfabetizarnos y hacer artesanías, pero las charlas siempre derivan a otras cosas. A la nostalgia de muchas y a los problemas cotidianos de cada cual.” Cuentan que estuvieron varios encuentros preguntándose e investigando entre ellas por qué iban sin falta cada lunes. Una mujer lo cuenta con imágenes claras: “Dio mucho resultado reunirnos y charlar. Yo acá me saco todo de encima y si me quedo en mi casa no puedo parar de pensar en los chicos, en la escuela, en todo. Después de la reunión vuelvo a mi casa como nueva”.

Están de acuerdo en que son ellas las que absorben “la respuesta negativa en todos los ámbitos: te vas de cada lugar con una carga fuerte sin poder quejarte a nadie, el mundo se te cierra y empezás a preguntarte ‘¿para qué los traje a mis hijos aquí?’. Y te angustias mucho sin poder saber cuál será su futuro”, dice Nelly. Son ellas las que lidian con las maestras y directivos de las escuelas cuando tienen que reclamar por la discriminación a sus hijos y también las que reciben los desplantes en los hospitales y en las comisarías. “Es que los maridos están trabajando o simplemente no van a esos lugares. En ese sentido yo digo que la mujer tiene un doble rol porque trabaja el doble del marido: además de tener que cumplir en la casa y con los chicos también está la quinta, que no es tan rentable y por eso muchas se organizan para salir a la calle a vender su producto. La venta callejera es la que permite completar la heladera con carne y yogur para los chicos”, detalla Nelly. Y sigue: “A veces la situación con los maridos tampoco es fácil: ellos están siempre cansados, hay mucha frustración y eso genera violencia contra las mujeres. No tenemos un equipo profesional que nos ayude pero son cosas que charlamos mucho entre nosotras”.

El cotidiano de estas mujeres acumula capas de trabajo remunerado y no remunerado. Una triple jornada que se repite cada día: la primera dedicada a la casa y las tareas de cuidado, una segunda apenas reconocida económicamente: el cultivo y la venta ambulante, y una tercera que asume el trabajo social del barrio y que implica armarse como colectivo pensante y actuante sobre los problemas más graves del lugar: seguridad, vivienda, salud alternativa y una verdadera red extensa de cuidados y contactos.

Con los pies en el barro

Nelly abre el camino a las quintas: su voz en quechua despeja la desconfianza y permite conversar en una fila india que bordea los surcos en medio de las nubes de mosquitos. “Es difícil salir de las quintas a hacer otra cosa”, dice Cayetana Márquez, que se vino a los dieciséis años desde Potosí, que ya lleva diecisiete trabajando en Escobar y que se ríe cuando algunas compañeras le festejan que no se ha casado. “Si no pudiste estudiar, ya es difícil salir a buscar trabajo porque te preguntan qué experiencia tienes o qué sabes hacer y lo que sabes sólo es trabajar la tierra.” María Márquez, su tía, después de treinta y cinco años como agricultora se quiere retirar: “Ya no sacamos ni un sueldo mínimo. Me pregunto cuál es el pecado: ¿ser agricultor?”.

En el último tiempo las quintas han dejado de rendir como antes: además de los costos del alquiler de la tierra, los gastos de semillas y otros insumos se han dolarizado, por lo que el margen de ganancia es menor. Por esta razón la tendencia –explica Nelly– es que cada vez haya menos quintas: “El otro día me llamó Guillermo Moreno (secretario de Comercio Interior), quien me dijo que supuestamente habló con el embajador, diciendo que la lechuga subió un montón y que van a intervenir las quintas. Yo le dije que nos intervengan o nos metan presos a ver quién les va a dar de comer. Si importan la lechuga, no tienen idea de lo que va a costar, va a llegar a ochenta pesos el cajón. Me habló muy mal: supuestamente tenía una autorización del Presidente para intervenir las quintas. Me decía que los precios actuales no pueden ser porque la semilla está barata. Yo le dije: ¿cómo sabe que la semilla está barata si está a precio dólar? Ahora nos vienen a presionar y a decir que nos compran la lechuga a cincuenta centavos, pero mucha gente prefiere dejarla en la tierra como abono antes que venderla a ese precio”.

Se preguntan: ¿por qué presionan, a la hora de controlar los precios, sobre el eslabón más débil? Entre varias discuten la necesidad de subsidios o ayudas para la compra de insumos: “¿Por qué esa política de subsidios sí existe para el otro campo, aquel que siembra soja, y no para nosotras?”, pregunta otra de las mujeres agricultoras. El riesgo afrontado en la producción en las quintas es permanente: como insiste Nicolasa Camacho, de 49 años, los imprevistos climáticos y los cambios en las ofertas y demandas del mercado hace que “muchas veces trabajamos para nada. Por ejemplo, con esta lluvia se arruina mucha verdura. Otras veces, como todas las quintas siembran frutillas y hay una buena cosecha, luego no valen nada”. “Creo que el Estado no ha valorado hasta ahora a las quintas y a los quinteros. Esta comunidad boliviana es como si no existiera para Argentina, y sin embargo en Buenos Aires un ochenta por ciento de la fruta y la verdura que se consume la cultiva esta misma comunidad boliviana. ¿De dónde creen que sale lo que venden las verdulerías de Capital?”, agrega Nelly.

Inseguridad y xenofobia

La comunidad boliviana de la zona ha conseguido tener sus propios mercados de venta directa, a los que llega gente de todo el país y especialmente agricultores bolivianos asentados en Río Negro, Mendoza y La Rioja, después de que varios de ellos –en el 2000– fueron apresados y torturados por bandas mafiosas del Mercado Central cuando aún vendían allí sus productos. Por entonces, “los intermediarios del Mercado Central nos robaban y decían que vendían los cajones a mitad de precio de lo que realmente lo hacían”. Los predios propios, sin embargo, no les evitan un nivel de hostigamiento y racismo en el barrio, que aumentó notablemente en los últimos meses y que convierte el rótulo de migrantes en un eufemismo para nombrar un fascismo social difundido manzana a manzana. Hoy siguen siendo el blanco de los robos en el barrio: “A las mujeres nos pegan, con tal de sacarnos dos pesos, y por temor la gente no dice nada”, describe Nicolasa. Otra, con más pudor, cuenta que quienes las asaltan saben que guardan el dinero en su ropa interior, de modo que el robo va casi siempre acompañado del manoseo.

Estas mujeres han logrado –por medio del Ministerio de Seguridad bonaerense– una policía especial, llamada Grupo Enlace, que tiene la particularidad de tener a bolivianos o hijos de bolivianos entre sus miembros. Se formó en 2000 y funcionó bien un tiempo. Tuvieron que volver a pedirla este año cuando el barrio se conmocionó por el secuestro de Luis Gerez y el posterior asesinato en Bella Vista de una pareja de bolivianos, Ernesto Yanaje y Norberta Quispe, que vivían a media cuadra de la casa donde estaba Gerez en la noche del secuestro.

“Este lugar volvió a ser tierra de nadie. Por eso insistí en el Grupo de Enlace como prevención. Yo había ido a hablar con el comisario de la zona porque se había llevado las patrullas del barrio y le dije que ya había estado reunida con el ministro Arslanian para hacer el pedido. Me enteré de que el comisario dijo: ‘Esta boliviana se cree que fue a hablar con el ministro y la debe haber atendido cualquier perejil y cree que es el ministro’. Pero después de hablar con el ministro su respuesta fue inmediata y volvió el Grupo Enlace al barrio”, relata Nelly.

¿Qué es lo que hace efectivo al Grupo Enlace?

Se intentaron varias cosas para frenar la inseguridad contra nosotros, pero no funcionaban. Por ejemplo: primero se puso un grupo de caballería de la policía, pero en las quintas la gente habla su dialecto todavía y por las noches son las ancianas con los niños quienes se quedan allí mientras los padres van a vender. Y esas ancianas se cohibían de hablarle a la policía: primero porque tienen la piel blanca y porque ya se tiene la experiencia de que no te escuchan y te maltratan en las comisarías, y luego porque muchas no entienden el castellano. Tal vez no sean todos los policías iguales, pero los que nos tocan a nosotros sí lo son. En el Grupo Enlace había por lo menos uno o dos policías que eran bolivianos o descendientes de bolivianos y eso dio resultado. Iban a las quintas y hablaban en quechua: se ganaron nuestra confianza. Y eran policías que ya no pedían un monto de dinero para cuidar las quintas de los robos. Porque antes, si te negabas a dar dinero, era seguro que te robaban. Entendemos que ellos no siempre pueden llevar a quienes roban a la comisaría, pero por lo menos hay una conversación. Y muchas veces se quedan varias horas cuidando el lugar. Los otros policías decían: “Ay, ¡qué vamos a ir a hacer ahí con esos bolivianos!”.

¿Cómo reaccionó la policía del barrio ante este nuevo grupo?

La reacción de la policía no fue buena: decían “¿quiénes se creen que son estos bolivianos para tener su propia policía?”. Pero yo pienso que la seguridad es para todos.

Las ceremonias propias

Esta vez les han hecho una ceremonia especial a los miembros del Grupo Enlace: “Las mujeres del barrio decían que tal vez antes se fueron porque no los habíamos ch’allado”, dice Nelly riéndose a carcajadas mientras cuenta que se trata de un ritual en el que les pusieron serpentina e incienso a la policía y “hasta les hicimos masticar coca para que los bendiga la Pacha Mama. Y les dijimos: ‘¡Ahora, cuando vean a un boliviano con su bolsita masticando coca, sepan bien que no es droga!’”. “¡Lo tenemos todo filmado!”, agrega, con cara seria, otra mujer en medio de la risa generalizada.

Sin embargo, en la actual conformación del Grupo Enlace hay un único miembro de la comunidad boliviana. “Los bolivianos que eran del Grupo Enlace anterior ahora están en otro puesto: en la brigada de investigaciones (DDI), y nos decían en el ministerio que era bueno que permanezcan allí, como una ampliación del enlace a otras instancias policiales tan claves como la investigación. En el ministerio nos dijeron que están esperando que nosotras mandemos a nuestros hijos para que se formen como policías, ya que en tres meses se capacitan.” Silencio. No parece ser una decisión fácil para ninguna de las madres allí presentes.

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De arriba a abajo: Nicolasa, Cayetana Marquez, nelly serrudo y Maria Marquez
 
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