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Viernes, 27 de abril de 2007

TEATRO

El látigo y la piel

En otra prueba de arrojo como actriz, Carolina Fal se pasa al off para hacer nada menos que “La Venus de las pieles”, el clásico sobre el masoquismo adaptado y puesto en escena por Claudio Quinteros. Los cuadros de Velázquez, Giorgione y el Tiziano, sustanciales en la novela, son bellamente reproducidos en escena

 Por Moira Soto

Lo que más me importó de la novela fue la forma en que Masoch le pone texto al amor, y cómo ese texto puede resonar en la gente: hay algo del masoquismo que nos toca a todos en algún lugar”, declara Claudio Quinteros antes de ir a actuar por última vez en la Espía a una mujer que se mata, autor de la dramaturgia y la puesta de La Venus de las pieles, sobre la novela de Leopold von Sacher-Masoch, que se ofrece, con Carolina Fal, Horacio Acosta, Sebastián Duarte, Gabriela Marín y Federico Luján, escenografía de Julieta Potenze y vestuario de Mirta Liñeiro. “Tenía pensado hacer algo donde me metiera a fondo con el amor, a partir de inquietudes personales. Y cuando leí La Venus de las pieles encontré en ese discurso amoroso mucho más de lo que podía imaginar. Por otra parte, me interesó mucho el libro de Gilles Deleuze, Lo frío y lo cruel, cuando separa a Sade y a Masoch en varios niveles.”

Hablás de masoquismo pero no de sadismo, aunque en La Venus..., Wanda descubre el placer de flagelar a Severino.

–Asesorado por psicoanalistas, me di cuenta de que era fundamental dividir el término sadomasoquista, que encierra algo tranquilizador para la gente. Incluso se ha frivolizado bastante este concepto para alimentar fantasías light. Masoch tiene algo más burgués, trabaja más cerca de la gente, es autobiográfico, mientras que Sade rompe con todo, él está directamente contra Dios, es el superyó soberbio arrollador, la pornografía cuantitativa, la destrucción de las instituciones. Masoch se somete él, en primera persona del singular, pero acata valores burgueses. Pero más allá del contexto enfermo, perverso, siempre hay una tensión amorosa. Krafft Ebing fue el primero que nombró al masoquismo en vida del propio Masoch, que se enojó muchísimo.

Lo que era una novela dentro de la novela en el libro ¿lo convertiste en teatro dentro del teatro en la adaptación?

–Lo hice usando una confesión de Masoch: la novela abre con Leopoldo soñando con la Venus cuando lo despierta un criado y lo lleva a la casa de Severino. Eliminé esa situación y puse directamente el trauma que figura en una carta de Masoch sobre esa tía que inspiró La Venus de las pieles. Construir desde allí una perversión sin fisuras hablando del amor me parece tremendo, él quiebra un tabú.

La Venus de las pieles de Tiziano

Digamos que Masoch no inventa nada, encontrar placer en el dolor no es algo que empiece en el siglo XIX...

–No, no, pero él lo verbalizó, le puso un texto y lo relacionó con el amor. La diferencia que hay que marcar, por ejemplo, respecto de las torturas a prisioneros, es que aquí la víctima pide ser víctima de la persona amada. Sé que fui juzgado en el Instituto de Teatro, que hubo quienes en el jurado dudaron sobre si la pieza podía fomentar o exaltar la tortura. No tiene absolutamente nada que ver. Esta es una historia de amor donde alguien, un hombre marcado por un episodio infantil, dice “Pegame que me gusta”, y desde ese deseo desarrolla un discurso que parecería que le concierne, en mayor o menor grado, a mucha gente. De todos modos, Masoch dice que se curó. Según Deleuze, cuando eso ocurrió, se volvió un sádico, eso es bastante irónico. Deleuze opina que cuando entra el Griego, La Venus... deja de ser un relato donde hay un masoquizante y un masoquista, pareja bien diferente de un sádico y un masoquista. Porque en el momento en que el Griego golpea a Severino, comienza el sadismo. Esto de desexualizar el amor y sexualizar la historia para mí fue una frase muy reveladora de Deleuze: sacarle el sexo al amor y empezar a sexualizar la historia con una perversión de sometimiento, con la firma de un contrato: Severino corrompe a Wanda y no la deja escapar. El cristianismo sexualiza la historia, hasta Cristo está en una situación masoquista de esperar el dolor. Con la negación del sexo, el cristianismo sexualiza muchas cosas.

¿Empezando por las historias de santos y santas autoflagelantes?

–Bueno, el mártir gozando con el dolor es uno de los referentes de Masoch, cuya obra tiene un gran suspenso estético que me pareció importante respetar. No es una mesa de operaciones con luz blanca donde se tortura a una víctima que se resiste. Todas las obras de Masoch remiten a un cierto refinamiento y al fetichismo: claroscuros, mujeres con pieles, la pintura y el arte en general, las texturas, toda esa terminología: supersensual, voluptuosidad.

En la obra, Wanda, a instancias de Severino, se corre al lugar de dominadora, desmintiendo la presunta pasividad femenina. Por otro lado, Masoch pone en boca del mismo Severino esa notable –para la fecha– frase al final sobre los requisitos para que la mujer alcance la igualdad...

–Es un visionario Masoch, en Sade no existe esa idea, es más misógino. Mi opinión personal es que las mujeres conocen el amor más profundamente, que los hombres tienen que aprender de ellas. Y creo que Masoch eleva a las mujeres, es capaz de decir cosas tan lúcidas como esa frase que mencionás: que si se le da a la mujer el lugar que le corresponde, los mismos derechos, educación, va a ser la compañera del hombre, no va a existir esta opción de ser yunque o martillo. Además, en la novela, Wanda es una mujer bastante libre, una pagana..

Cuando escribías ¿tenías ya la puesta en la cabeza?

–Sí, porque el premio del Instituto tenía una cláusula que pedía presentar un espacio junto con la entrega de la carpeta. A partir de la lectura de Deleuze, definí esta puesta pictórica. Respecto de la iluminación, hablamos con Le Roux del imprescindible claroscuro. Salvo en la composición de los cuadros de las tres Venus –la del Tiziano, la de Velázquez y la de Giorgione– que evocan las fuentes de luz de los cuadros, respetando esas imágenes tan bellas. Estéticamente, David Lynch fue uno de mis mayores inspiradores, quería algo muy artificial.

¿Cuándo pensaste en Carolina Fal como protagonista?

–Primero trabajé con alumnos míos, pero tuve que aceptar que los personajes eran inmensos, excesivos, y opté por parar y buscar a un actor y una actriz a la altura, que metieran el cuerpo, que dijeran bien, que entendieran profundamente el texto. Un día, Caro fue a ver Espía... y nos saludamos. Se me había cruzado la idea de que fuera ella, pero daba por seguro que no iba a agarrar. Me preguntó en qué andaba, me dijo que estaba por trabajar con Horacio Acosta. Admiro mucho a ambos. Les di el texto, se recoparon. Cerró ahí.

La Venus durmiente de Giorgione

Actriz aventurada

A la salida de un ensayo de La persistencia, la obra de Griselda Gambaro que se estrena el 13 de junio, Carolina Fal dice que ahora está llevando a la práctica algo que empezó a desear hace algún tiempo: “Elegir con quién realmente quiero trabajar”.

Obviamente, el comentario generalizado es de asombro: ¿Carolina Fal en El Portón de Sánchez?

–Totalmente, sí. Yo necesitaba eso: El Portón, al costado del camino, de lo grande, lo importante, lo oficial. Tal como lo intuí antes incluso de ver el material que iba a llevar a escena, trabajé muy bien con Claudio. No había visto nada de él como director pero lo conozco bien como actor, me gusta cómo piensa. Confié plenamente, eso me pasó. Y cuando leí el material, triple confianza. Porque este texto está al borde, y así hay que actuarlo. Siento que lo que hago es de una exposición muy grande, eso era lo que estaba buscando.

¿Nunca tuviste el reflejo de replegarte un poco, alejarte de ese borde?

–Para nada, y te mentiría si te dijese que la primera vez que lo leí lo entendí cabalmente. Aún hoy se me sigue expandiendo: habla de cosas muy densas como el amor, el sexo, el dolor. Creo que recién ahora estoy entrando en la médula. Trabajamos con mucho respeto, con muchas ganas. Querría decir con mucha pasión si no estuviese tan bastardeada esa palabra. Eramos siete personas a las 4 de la mañana, pensando algo sobre un personaje, jugando en la madrugada. Nunca nadie se quiso ir o ensayar menos, cosa que suele ocurrir. Estábamos muy encendidos, entramos con el grupo en la única manera para mí de hacer teatro, un viaje sin interferencias. Me resultó muy estimulante trabajar con alguien de mi edad, que fue mi compañero en el teatro, en este tipo de historia.

Más allá del contenido del texto, tenés que asumir físicamente tu personaje, ese atuendo fetichista, los desnudos, recrear personajes de cuadros...

–Absolutamente, hay que subirse a las botas en más de un sentido. Pero a la vez es un trabajo que al prepararlo no me generó ninguna inseguridad, ningún miedo. Fue muy bueno ensayar en el estudio de Claudio, un espacio chico. En el día dos, ya me desnudé, porque pensé que era algo que tenía que pasar pronto, si no iba a ser peor. En la segunda semana, desnudarme ya no era nada para mí. No es que yo piense que desnudarse sea algo muy trascendente, pero en teatro es una forma no tan habitual de poner el cuerpo, no conocía a algunos de los actores. También se trataba de poder desnudarme de lo más importante en esta obra.

¿Cómo fue la primera vez que agarraste la fusta?

–Sucedió un día que dijimos: bueno, vamos a probar latigazos, y todos nos pusimos a jugar un poco. Pero sé que a la fusta la voy a agarrar todavía más fuerte, porque cada vez entiendo más lo que estoy haciendo. También me voy a parar mejor sobre las botas. Todavía puedo ir un poco más allá. Siempre hay caminos: alguien puede elegir copiar a uno que pega, conocer la técnica del golpe. Pero para mí las cosas no pasan por ahí. Que yo sepa pegar no quiere decir que lo haga en la vida. Conozco la violencia en mí, aunque no la practique. Prefiero dar eso, no una copia. Y tampoco me voy a hacer la pelotuda y decir que desconozco la violencia. Porque hay mucha moralina, mucha hipocresía y muy poco compromiso. Estoy muy satisfecha con esta obra, entusiasmada con lo que todavía me falta hacer. A veces siento que no me alcanza la boca para decir las palabras jugosas, gordas, que me tocan. Esto es lo contrario de lo que está de moda: es cargado, excesivo, pide otro tipo de participación del público. Cuando yo vivía en Mercedes y era chica, estaba cerca de mi mamá, que era actriz vocacional; en los ensayos, me dormía en una butaca. Sabía que esa gente no estaba haciendo eso por plata. Hacer esta pieza me despierta ecos de eso que yo intuía de niña, siempre supe que quería vivir en esa zona donde lo único que importa es que el trabajo salga bien. Con el equipo de La Venus de las pieles, nunca hablamos del puntaje, hasta el día del estreno en que había que entregar los papeles al Instituto.

La Venus del espejo de Velazquez.

El hecho de que haya una representación dentro de la representación, te exige que hagas simultáneamente dos personajes.

–Es buenísimo, hay otro lugarcito más para actuar. En cierto, todo el tiempo, desde que empieza la representación en casa de Severino tengo dos personajes, eso es lo inagotable. Soy una actriz, que no es Carolina, que hace a Wanda. Una actriz de la que no se sabe nada y a quien le invento un mundito.

La radicalidad de esta experiencia no puede ser mayor: no solo te vas al off con un director más conocido como actor, sino que hacés una obra sobre masoquismo puro y duro.

–Es verdad, y veo que alguna gente se inquieta ¿por qué les resulta tan perturbador que yo vaya al Portón? Creo en ser actriz: en el Konex, en el San Martín. Y nada me gustaría más que hacer una obra en el living de una casa donde haya diez personas. Quiero hacer teatro de todas las maneras posibles. Ahora, que en junio voy a estrenar la nueva pieza de Griselda Gambaro, La persistencia, voy a salir del San Martín para ir al Portón a hacer La Venus, tengo la fantasía de que sería bueno tener una tercera obra, bien diversa, paralelamente.

¿La pieza de Griselda guarda alguna afinidad con la versión de Masoch?

–No, es totalmente diferente, lo cual es genial. Se inspira en la matanza de la escuela de Chechenia. Estoy con Horacio Acosta, Gabo Correa, Sandro Nunziata, bajo la dirección de Cristina Banegas, primera profesora mía. Algo salió bien, pensé cuando me llamó. Mi personaje es Zaida, madre de un niño que han matado. No sabés las cosas que digo, ya me aprendí todo el texto, tengo monólogos de una página. Es muy difícil el material, Griselda es lo más, por calidad humana, coherencia, talento. Escuchá lo que dice en un momento mi personaje, cuando habla de los niños de la aldea: “Ya no me engaño. Por eso pude. Que no me mientan más con el candor de los niños con sus sonrisas encantadoras, sus dientes de leche, sus balbuceos conmovedores. Ni siquiera amo a los nuestros, pero lo disimulo. Los acepto, los soporto. Para los otros solo guardo aversión. Son nuestros enemigos, así pequeños...”. Y más adelante agrega: “Serán nuestros enemigos con tanta seguridad como el advenimiento del día y de la noche. Ya lo son. Merecen morir: que lloren hambrientos, que al nacer no encuentren el pecho de su madre, que el hilo umbilical los estrangule. Que sientan la mordedura del dolor como ovejas con las patas quebradas y giman y giman y balen. ¡Que revienten!”.

La Venus de las pieles, los viernes a las 23, en El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034, 4863-2848, a $ 22 y $ 12

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