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Sábado, 8 de noviembre de 2008

POESIA

La experiencia insoportable

Para la venezolana María Auxiliadora Alvarez, la dimensión lírica de la poesía no es nada si no es capaz de documentar su tiempo. Y ella, como cultora del género, ha sabido cruzar sus versos con la experiencia vital de lo que significa ser mujer en este lado del mundo, en este tiempo. Esa es su manera de expresar el dolor de la cultura, sin que éste consiga contaminar por completo el mundo del arte.

 Por Juana Menna

En 1981, María Auxiliadora Alvarez decidió parir su segunda hija en la maternidad pública Concepción Palacios, en Caracas. Sabía que se atendían allí unas 1500 mujeres por mes venidas de todos los rincones del país, pobres y solas en su mayoría. Ella tampoco tenía plata. Y a fin de cuentas el Estado venezolano ya había cumplido su parte al permitirle graduarse en la Escuela de Artes Plásticas. En el mismo momento se internó una mujer de provincias que, con sólo 24 años, estaba a punto de ser madre por novena vez. Si su bebé era varón se llamaría Anselmo y si era nena, Victoria, como ella. “Escuché sus gritos de dolor ante la indiferencia de los médicos. Victoria murió a mi lado. No fue la única durante las tres semanas que estuve internada”, cuenta María Auxiliadora, de paso por Buenos Aires.

Por su obra, es referencia de la poesía venezolana contemporánea y llegó al país para participar del XVI Festival Internacional de Poesía de Rosario. Alvarez nació en Caracas en 1956. Vivió en Brasil, Colombia y Surinam. Hace 14 años se mudó a Estados Unidos. Allí cursó su Maestría y Doctorado en Literatura Hispánica en la Universidad de Illinois. Ahora es profesora de Literatura en la Universidad de Miami (que, por esos arbitrios donde chocan lenguaje y geografía, no queda en Miami sino en Ohio). Por estos días, en Venezuela y Barcelona tres editoriales (El otro @ el mismo, Candaya y Monte Avila Editores) están preparando una antología que reúne su obra completa.

Cuerpo, escrito tras su experiencia en el hospital venezolano y publicado en 1985, es su trabajo más conocido. Se trata de un poemario que destruye la idea de la maternidad como una simpática propaganda de pañales, para poner en foco el cuerpo de las mujeres, escenario que pisotean saberes médicos, deberes morales y presiones sociales. “La mujer embarazada es excluida del espacio público con la excusa a veces muy cierta de que debe guardar reposo. Pero en la reclusión de lo privado también está sola porque no siempre pareja o familia se ocupan de la situación de parto y crianza de los hijos”, opina la autora.

“No es que oí y relaté sino que también viví”, aclara después. María Auxiliadora es madre de tres hijos (dos mujeres y un varón) que nacieron con diferencia de meses. “Escribo poesía desde los 13 años y siempre tuve la fantasía de dedicarme a la pintura y la escritura. Pero cuando me separé y quedé a cargo de los pequeños, me volqué al diseño gráfico que era más redituable”, cuenta. Y agrega: “Hasta los 23, escribía poesía lírica. La experiencia de la maternidad propia cambió ese registro pero, sobre todo, el ver morir a muchas mujeres a punto de parir o la indiferencia con la que el sistema público de mi país trata a ellas y a sus hijos”.

A lo largo de la charla, la poeta recuerda una frase de Heidegger que se le cruzaba cada día en el hospital: “Qué falta hacen los poetas en tiempos de miseria”. Por eso ayudaba a las parturientas cercanas en lo que podía, abiertas de piernas en 400 camastros. Mientras tanto, tomaba notas. Y luego escribió, como modo de denuncia y para exorcizar el dolor de esos cuerpos y del propio. “Cuerpo no es un libro de poemas sino uno casi periodístico”, apunta.

En ese registro, el parto no es sólo levedad espiritual que se esconde tras la blancura recatada de una puerta de hospital. Alvarez también escribe sobre dolores y humores terrenales (la sangre, los pelos, las humedades); sensaciones contradictorias, violentas, humanísimas; e inclusive gestos propios de un animal de cualquier especie que se abre para dar vida.

“Pasean por allí sus conocimientos el doctor, el cardenal o el teniente coronel, con consejos y advertencias. Es entonces cuando el cuerpo femenino es también un cuerpo político –continúa–. El sistema necesita de la mujer embarazada primero con prescripción de reposo y recluida después en la crianza de los hijos. Todo eso la excluye de la participación pública. En cierta manera, entonces, la maternidad fortalece los controles de los hombres sobre las mujeres si tenemos en cuenta que vivimos en sociedad patriarcales.”

Esto no significa, aclara, que las mujeres debamos levantar banderas contra la decisión de ser madres. Pero sí que es necesario trabajar “por sociedades donde las personas tengamos iguales derechos para elegir ser madres y, en ese caso, estar acompañadas por quienes decidamos y en contextos sanitarios saludables, respetuosos de nuestra integridad”.

Si realidad y arte han tenido un vínculo histórico (en general para confrontarse mutuamente), es posible pensar la poesía como un eco de la lucha de las mujeres a favor de sus derechos. Para María Auxiliadora, la irrupción de César Vallejos a principios del siglo XX “transformó la poesía del mundo ideal en la de la sinceridad, con sus cosas buenas y tremendas”. Y si hasta entonces la mujer había sido “el hada del hogar”, según una extendida metáfora española, fue ella misma quien se cortó las alitas de papel de seda para implantar una imagen pública muchos más compleja y desobediente.

“En su expresión máxima, la emancipación estuvo asociada a la imagen de una mujer suicida con poetas como Sylvia Plath o Anne Sexton en Estados Unidos, aquí con Alejandra Pizarnik, en Brasil con Ana Cristina César. Se trata de una mujer que asume su propia voz, con inflexiones novedosas y contradictorias por su novedad misma. Pero a veces esa experiencia es insoportable, a tal punto de que las poetas dejan su obra pero acaban con su vida”, reflexiona.

Aun con los ecos de los poetas alemanes que leyó desde chica –Paul Celan, Rainer Maria Rilke, Friedrich Hölderlin– para María Auxiliadora la dimensión lírica de la poesía no es nada si no es capaz de documentar su tiempo. Por eso trabaja en un nuevo libro, Las regiones del frío, donde indaga la experiencia de la inmigración hispana en Estados Unidos. Y observa: “No creo que la poesía sea un instrumento para denunciar nada, pero tampoco te puedes sustraer de la materia de la vida”.

Entre lo que es y lo que el deseo quiere que sea, María Auxiliadora apunta: “Los poetas quizás no contribuyan a tener vidas más cómodas pero cuando voy a un concierto o cuando escucho poemas de otros me doy cuenta de que la poesía le da más sentido al mundo de las ideas. Participamos de los sistemas y somos vulnerados por ellos, pero el gran desafío es dar batalla para que el dolor de la cultura no afecte todo el organismo del arte”. Así la poesía abre otra posibilidad: transformar la palabra en ejercicio de supervivencia.

El viernes 7 a las 19.30 en el Centro Cultural Parque de España de Rosario, Alvarez participará de la mesa redonda “Amantes antípodas. Función de la poesía y función de la crítica”. Esta actividad se enmarca en el XVI Festival Internacional de Poesía de Rosario, que se realiza en esa ciudad entre el 5 y el 8 de noviembre.

Poema

ella me abre las piernas
desde el piso
trata de ascender
y no la dejo que ahí no hay nada
se cerró la puerta
se acabó la casa
ella quiere devolverse
por las tardes
se me para entre los pies
calva y caliente y no entiende
que la aparto
que esa puerta se acabó
que no se puede
entrar ya ni salir
ni decidirla
que ya basta de quirófano y cabeza
por las tardes amorosas y sangrientas
y ella tiene miedo
y quiere hundirse
en el útero de nuevo
en la noche y la comida
en su cuarto pegajoso
entre mis piernas
y no la dejo que ahí no hay nada
se cerró la tarde para la cabeza
no hay sangre
ni cuchillo que la conduzca
ni boca de perro que la defienda

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