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Sábado, 8 de noviembre de 2008

ENTREVISTA

Cuando las víctimas no son pasivas

La violencia contra sí mismas y, por extensión, contra sus hijos; las perversiones como vías posibles de escape de algo que –aunque no pueda verbalizarse– se pone en acto como violencia, inclusive sexual. Estas son algunas de las ideas que hace veinte años dieron vida a Madre, virgen, puta, el libro de la argentina (radicada en Gran Bretaña) Estela Welldon que da vuelta las teorías sobre las perversiones femeninas y ahora, en su vigésimo aniversario, por primera vez se publica en Argentina.

 Por Soledad Vallejos

Estela Welldon se radicó en Inglaterra hace ya el tiempo suficiente como para haber escrito, 20 años atrás y en inglés, un libro que desestabilizó y redefinió la mirada psicoanalítica sobre las mujeres y las perversiones. Importa lo del tiempo porque, precisamente para escribir esos textos, se había basado en la experiencia de cerca de 20 años de trabajo en consultorio con una población tan variada (en cuanto a educación, en cuanto a clase) y compleja como para haber derivado, precisamente, en el terreno de las perversiones femeninas, su exploración y –aún más exigente– su tratamiento. Fue esa experiencia y la audacia de señalar inconsistencias en Freud, oponerse a lo que se consideraba palabra santa de Echegoyen y recordar las bases de su formación con Pichon Rivière –previa a su posgrado en Norteamérica– , lo que volcó en Madre, virgen, puta. Las perversiones femeninas (“la idealización y la denigración de la maternidad” era el subtítulo original), el libro que ahora, en su edición definitiva, con textos corregidos y otros nuevos, se publica por primera vez en Argentina (en el sello Temas de Hoy, de ed. Planeta). Welldon es, cómo no decirlo, una celebridad en el mundo psi de los últimos años, y escribe, vive, trabaja (y hasta ha sido madre), en inglés, por lo que disfruta todavía más el haber subido a un taxi, días atrás, y haber escuchado al taxista decirle “yo me doy cuenta de que no sos de acá... ¿de qué provincia sos?”, porque eso quiere decir que conserva el acento de su Mendoza natal.

–Es importante para mí el acento... y en Inglaterra el hablar inglés con cierto acento yo lo he usado a favor mío. Yo trabajé siempre en el servicio público, adonde llegaba gente de todas las clases sociales, con todos los acentos... Allá, a través del acento se reconce la clase social, eso te marca todo, a la gente se la clasifica enseguida... Algunos pacientes discriminan a otros pacientes, que tienen acento aristocrático, pobre, ¡las perversiones no tienen respeto por las clases sociales! Entonces en los servicios públicos a veces había pacientes que se sentían incómodos, hasta que me escuchaban hablar, me ven como en igualdad de condiciones. Pero si tienes acento extranjero, lo primero que se les ocurre es que debo ser vienesa... ¡por Freud! Entonces se les ocurre que también tengo mis problemas por migrante y todo se facilita.

Además de como inmigrante, Welldon había llegado a las clínicas Tavistock-Portman del servicio público de salud londinense como médica psiquiatra, “ansiosa de tener la mayor cantidad posible de pacientes difíciles” (como explica en “Bailar con la muerte”, un texto delicioso que precede al epílogo de Madre... y que originalmente fue una conferencia). Tan deseosa de sumergirse en nuevos mundo estaba que no medía esfuerzos, y si era necesario entraba en los sex shops a investigar de qué material era un elemento que mencionaba con recurrencia uno de sus pacientes. Esa misma curiosidad sin fondo la llevó a re-pensar las ideas en torno del castigo (“no estoy en contra del castigo en general, pero sí de que a veces se castigue sin notar que la persona necesita un apoyo terapéutico”), y a acercarse para ver con atención ciertos casos, que cuando aparecen entre las noticias policiales generan el juicio rápido de quien las lee con cierta fruición “y enseguida dice con un rictus ‘yo no hago esas cosas’...”. Y es que, en la perspectiva de Welldon, lo que se discute es la capacidad de las mujeres para crear y ejercer, desde lugares que el psicoanálisis que sigue ciegamente a Freud no vislumbra, las perversiones. Se trata, fundamentalmente, del ejercicio femenino de violencias sexuales, contra sí mismas o contra terceros, inclusive contra sus propios hijos. (Fue gracias al libro, justamente por eso, al campo que Madre... abrió para pensar desde lo forense, que los tribunales de familia británicos comenzaron a establecer una jurisprudencia distinta.)

–Para muchas mujeres es muy difícil hablar cuando tienen sentimientos atroces acerca de sus hijos, que son difíciles de explicar inclusive para ellas mismas. Yo trabajaba con grupos que operan solamente en casos ambulatorios de perversiones, criminalidad y delincuencia, en una palabra todos actos antisociales... en esos grupos había pacientes que habían matado, y cuando las mujeres en un grupo decían “yo me siento muy mal con respecto a mis chicos”, la respuesta de sus compañeros de grupo enseguida era: “¡ah, cómo!”. Por ejemplo, el incesto materno ocasiona muchísima vergüenza y la gente no puede hablarlo.

Es una asociación de maternidad y violencia tan fuerte que no se piensa, no se llega a conceptualizar.

–Por ejemplo, ¿por qué se lo culpa a Edipo y no a Yocasta? Pero a la vez hay una premisa innegable, digamos: si tradicionalmente la mujer está a cargo del poder doméstico y el hombre del poder público, eso claramente significa que los actos que pueden hacer las mujeres casi siempre pueden ser encubiertos. El hombre descarga su agresión con la persona más débil, que es la mujer. Entonces si la mujer no contesta el hombre da una bofetada, desaparece, se va al trabajo. La mujer no puede, se queda. ¿Quiénes son los seres más débiles que ella? Los chicos. Entonces es casi una cadena que está pasando. Ver a una madre que está atravesando esta problemática es ver por lo menos tres generaciones anteriores: es ver qué pasó a la madre con la abuela, y a la abuela con la bisabuela. Es una cosa transgeneracional, y esa persona está obedeciendo a esto. Es como un ciclo de repetición.

Además de esa particularidad en el origen de la violencia, en la manera de ejercerla, ¿qué diferencias hay entre las mujeres perversas y los varones perversos?

–Yo creo que las mujeres que abusan son mucho más conscientes que los hombres, y por eso tienen un pronóstico mucho mejor, porque están más conscientes del daño que están cometiendo y tienen mucho sentimiento de arrepentimiento después. Lo he visto en el consultorio, es muy usual en mujeres que han golpeado a sus chicos, que han hecho cosas en contra de sus hijos, decir “si solamente pudiera detener el reloj, volver el tiempo atrás”. Es una cosa que se escucha mucho, muy interesante, porque además tenemos el tema del reloj biológico, la temporalidad...

¿A qué atribuiría esa mayor conciencia del daño?

–Lo que pasa es que en el hombre las perversiones siempre están llevadas afuera. El deseo de humillar, castigar, muchas veces es de tipo sexual. Una de las perversiones masculinas más frecuentes es la del exhibicionista, el tipo que necesita exhibir sus genitales a mujeres que son extrañas. Y les hace falta obtener una respuesta de indignación, de humillación, de parte de las mujeres. En cambio, en las mujeres la perversión va hacia ella misma. Ahí está el cuerpo: el cuerpo siempre tiene que estar enganchado. El primero que hizo una ecuación sobre las mujeres y las perversiones fue Freud, cuando dijo que las niñas resuelven el problema de Edipo cuando pueden pensar, soñar o tener la fantasía de tener al padre. La ecuación del niño es el pene. Entonces los niños pueden tener pene, pero las niñas pueden tener niños. Las perversiones se llevan a cabo a partir de los órganos reproductivos: en los hombres es a partir del falo. ¿Y cómo podría hablarse de la mujer como de un chico sin pene, cuando la mujer tiene atributos propios? Es absurdo. Debe ser el asunto de la cosa reproductiva. Freud habla de la sexualidad femenina y dice que es el continente más oscuro... ¡pero cuando la mujer tiene sexo y queda embarazada es bastante obvio que ha tenido sexo, que esa es la consecuencia!

Como si una embarazada necesariamente invocara la imagen de la madre, no de una mujer sexuada.

–Al hombre, con el asunto del pene, se lo ve como sexuado, pero sin que se relacione con la cosa reproductiva. En cambio lo que fue pasando es que la mujer siempre es un cuerpo para la pornografía. Siendo mujer me da bastante tristeza reconocer que las perversiones, tanto femeninas como masculinas, son un ataque de mucha envidia contra un cuerpo femenino: el cuerpo de la madre. En la perversión masculina, los primeros indicios son en la adolescencia, cuando el varón la ejerce hacia afuera, hacia lo extraño. La mujer, en cambio, va en contra de su cuerpo, porque su cuerpo también se asemeja al cuerpo materno. Entonces comienzan las cosas que son mucho más frecuentes en las mujeres que en los hombres: autolesionarse, cortarse, quemarse, todos los desórdenes de alimentación como la bulimia, la anorexia... la severidad de la anorexia, de hecho, se mide con la desaparición o reaparición del ciclo menstrual, es decir que está relacionado con la maternidad. A veces estas autolesiones desaparecen, pero porque esa mujer está con un hombre y establece una relación sadomasoquista con él. Es una situación muy compleja, que en los ‘60 y a inicios de los ‘70 se interpretaba como “esta pobre mujer no puede vivir con este bruto”, querían sacar al hombre de la escena y meter a las mujeres en un asilo. Y después resultaba que las mujeres querían salir del asilo para volver al hombre. Pero luego se fue viendo que en una forma muy compleja, muy inconsciente, la mujer estaba usando al hombre para que la atacara a ella en la forma que ella se atacaba antes. Por otra parte, aparece el tema de la promiscuidad también en algunas chicas jóvenes, y eso suele ser un asunto de alguien que tiene un problema de relación con la madre, que es un problema mutuo y muy traumático. A la larga, cuando se convierten en madres y en madres perversas, depositan en forma simbólica en el bebé ese vínculo con la madre. O sea que van de uno a otro: del hombre al bebé.

Usted también señala como posible perversión un modo de la prostitución.

–Es que las prostituciones son muchas y muy distintas. Desde el nacimiento hay mujeres mal queridas, no bienvenidas para nada, de allí puede haber problemas de depresión, un sentido de minusvalía, porque ante todo lo que existe en las perversiones es un fondo de depresión. No una depresión clínica como la entendemos, pero sí una en un sentido que se sienten muy cercanas a la muerte y quieren evitar eso. Entonces el acto perverso se usa como algo que despierta una especie de excitación, como que reafirma que entonces estás vivo. Y eso existe. En la prostitución femenina, cuando es una perversión, pasa eso. Pero, a la vez, se trata de algo que da una satisfacción efímera.

¿Y cuál es la relación entre los embarazos y las perversiones?

–A veces hay mujeres que se embarazan por muchas razones. ¡Me pasa escuchar de colegas cosas como “mi paciente está mucho mejor, está embarazada”, como si eso fuera una garantía de salud mental! Y en realidad a veces hay otras motivaciones inconscientes... Hay mujeres que no saben si sus órganos internos están intactos o no, que tienen todo tipo de fantasía sobre eso. Y es que una cosa es estar embarazada y otra es tener un hijo. Están relacionadas, por supuesto, pero son situaciones que sirven distintas funciones. A veces el embarazo es porque la mujer tiene todo tipo de fantasía, otras no pueden tener algo que salga perfecto, les da bronca tener un chico perfecto, no pueden tolerar la idea de que sus cuerpos hayan dado eso.

Hay una especie de deshumanización.

–Pero de todas formas, volviendo al punto en que empezamos: siempre hay algo en contra de sí mismas o en contra de lo que consideran extensiones de su propio cuerpo. El niño es parte de una. La función materna (o paterna) es facilitar un proceso de crecimiento emocional y permitir el individual, el independizarse. Pero esas madres no permiten eso. O han dejado descuidados a esos niños, o los han maltratado físicamente, o los mantienen como fetiches, no los dejan ir a ninguna parte.

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