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Sábado, 8 de noviembre de 2008

INUTILISIMO

Secretos de la correspondencia amorosa

Hora es de escribir cartas como la gente si se trata de expresar sentimientos tanto relativos a la declaración de amor, como al gesto de aceptación o de rechazo. Grato sería sin duda volver a esa comunicación personalizada, quizás en esquelas con monograma, desde luego aplicando el perfume favorito si es una dama la abajo firmante. El nuevo secretario de los amantes, o el arte de enamorar y ser correspondido en amores, de autor anónimo (Casa Editorial Garnier Hermanos, 6, Rue des Saint-Pères, París, 1910), está dedicado a las personas apasionadas, a las tímidas y a todas aquellas que no se sientan en condiciones de escribir con suficiente vocabulario la misiva apropiada según cada circunstancia. Con este fin, ofrece modelos básicos epistolares para redactar este tipo de correspondencia, que cada cual adaptará a sus conveniencias. Queda claro que cuando El nuevo secretario... emplea la palabra “amante”, de ningún modo está remitiendo a personas que mantienen relaciones íntimas, sólo aceptables dentro del matrimonio consagrado, sino simplemente a quienes aman.

He aquí, para comenzar, la primera declaración de amor “a una señorita muy joven”: “Todavía ignoro si he de llamar felicidad al primer momento en que vi a Usted, porque desde entonces tengo el corazón oprimido con agitaciones suaves y dolorosas a la vez. Con todo, a pesar de mis tormentos, siento un placer secreto en saborearlas”. Al cierre, este tipo de enamorado puede escribir: “El único favor que le pido antes de obtener su mano es ser conocido más particularmente de Usted por la entrada que se me concediera en su respetable familia”. A lo que la joven de marras, si opta por la negativa —aunque sin querer destruir por completo las esperanzas del devoto candidato—, puede responder así: “Caballero, estoy admirada porque Usted se ha tomado la libertad de dirigirse directamente a mí en una materia tan delicada, en la que mis padres debieron ser consultados previamente (...). No exponga Usted, pues, de aquí en más sus cartas a una repulsa poco atenta, y piense que uno debe ser siempre esclavo de sus miramientos cuando se dice prendado de una pasión respetuosa”.

A continuación, dos borradores de declaraciones, siempre a señoritas dignas de toda consideración. El primero: “Ignoro si mis miradas y acciones han manifestado a Usted el secreto de mi corazón que mis labios no se han atrevido a decir. Pero ante todo, le ruego crea que mis sanas intenciones son tales que la virtud más acendrada no podría ofenderse. Si amo a usted es con la intención que todo hombre honrado debe tener al dirigirse a una joven tan virtuosa”. La segunda opción dice así: “Desde que una feliz casualidad me hizo participar con Usted de los placeres del baile, sus atractivos, gracias y talentos vienen a mi pensamiento sin cesar, y mi corazón se siente afectado por los más tiernos movimientos. Ah, si yo pudiera lisonjearme de no desagradar a Usted, me atrevería a esperar, señorita, poder presentarme a sus respetables padres y dirigirles la oferta pura de los sentimientos que deseo consagrar a usted toda mi vida”.

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