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Viernes, 22 de mayo de 2009

FEMINISMOS

Memorias de una (ex) princesa griega

Cuando conoció a Gianni Vattimo, Teresa Oñate y Zubía conocía a Aristóteles de memoria, pero su encuentro con el filósofo italiano marcó su vida y la radicalización de su pensamiento. Por estos días estuvo en Buenos Aires, donde presentó el libro de su maestro y reivindicó la filosofía de la diferencia y el derecho de las y los jóvenes a soñar y perder el tiempo.

 Por Milagros Belgrano Rawson

“Pensar lo femenino, cambiar el mundo” es uno de los trabajos que guían la obra de la española Teresa Oñate y Zubía, discípula y traductora de Gianni Vattimo. La autora y catedrática de Filosofía de la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid pasó por Buenos Aires para hablar sobre Heidegger y el futuro de la izquierda y presentar el último libro de Vattimo, Ecce comu (Paidós), donde el filósofo italiano llama a la reconversión al comunismo después de la Caída del Muro de Berlín. Desde el 2000, Oñate dirige un seminario de género y ontología que reivindica la filosofía no ética, la tradición filosófica más femenina, aquella “que no termina en los conceptos, sino en la comprensión de sentido y la creación”, explica en una charla con Las12. Para esta feminista es imposible discutir el machismo sin valorizar el arte de la conversación, la amistad y el placer, valores históricamente asociados a lo femenino y que los hombres deberían copiar. “Tienen que aprender a escuchar, a comprender y a persuadir, a no medirlo todo en dinero o tiempo de trabajo, y hacer de este planeta un ‘mundo no inmundo’ como decía Heidegger”, sostiene Oñate. Hace unos meses estuvo en Irán, en un congreso de filosofía de izquierda, donde cubierta de pies a cabeza y con un velo cubriendo su pelo mantuvo largas conversaciones con un grupo de ayatolás. “Un señor se dirigía en términos muy paternalistas a unas feministas encantadoras que había allí y yo le dije que él y todos los demás tenían que feminizarse, que a las mujeres nos gustan más los hombres que exploran su feminidad. No me entendieron, pero algún día lo harán”, dice esta madrileña que se crió en el desierto del Sahara y que recién volvió a la capital española a los 19 años para estudiar filosofía. “Para entonces ya no recordaba nada de Madrid. Fue tanto el fulgor de aquella vida absolutamente libre que tenía en el Africa, que mi vida anterior quedó desdibujada”.

¿Cómo fue que creció en el Sahara?

–Mi padre era militar y cuando yo tenía nueve años nos fuimos a Dahla, una ciudad colonial por entonces aún controlada por España y ubicada en el desierto del Sahara, junto a la frontera con Mauritania. Crecí en un lugar maravilloso, donde hice la escuela y aprendí a ser politeísta ya que con mis compañeros saharauis estudiábamos el Islam y el Cristianismo. Cuando estaba por terminar el COU (último año del secundario) pensaba dedicarme a la literatura. Pero un día vino a nuestra escuela una profesora canaria que habló de Henri Bergson y de la temporalidad. Mientras la escuchaba pensé “Esto es lo que he buscado siempre”. Y ya no pude separarme de la filosofía. Sinceramente no sé cómo se vive sin eso, sin poder hacerse preguntas. Sólo así se pueden abrir diferencias, comprender la coherencia de las situaciones y por lo tanto ser libre para poder saltar a otros juegos.

Su ingreso a la facultad coincidió con la muerte de Franco.

–Volví a Madrid a los 19 para estudiar en la Universidad Complutense, ya se vivía la agonía del franquismo y Franco moriría unos meses más tarde. Empezó la transición democrática y lo que se llamó la movida madrileña: se tomaba la calle, la cultura, el arte y había fiesta por todas partes. Y así entré en contacto con la primera generación de profesores de la era posfranquista. Yo no tuve relación con los últimos ideólogos del franquismo, que para ese entonces ya eran obsoletos, como de cartón, y fueron desapareciendo de a poco. Y los que tomaron el relevo fueron filósofos como Félix Duque, Fernando Savater, que comprendieron que había que volver a la filosofía alemana y francesa. Pero se olvidaron de los movimientos sociales y contraculturales. Y entonces, siguiendo a Gianni Vattimo, intento recuperar la frescura de la academia, no disociada de la calle. Estoy convencida de que los movimientos contraculturales hacen respirar la filosofía.

Gianni Vattimo es su gran maestro.

–Sí, y también Lyotard, con quien estudié en París. Y luego me fui a estudiar con Vattimo, a Italia. Y ahí encontré eso que no encontraba en Lyotard: una alegría y una disposición a renombrar, en el sentido heideggeriano, un regreso a la filosofía de siempre, que había estado reprimida por la metafísica.

Los filósofos que menciona no hablan de la mujer.

–Hablan sobre lo femenino, pero no sobre la mujer. Tampoco Foucault hablaba de la mujer. En Foucault, Gilles Deleuze lo acusa de tener un pensamiento que tiende a lo homogéneo, y de carecer de amor a la diferencia, lo que en último término se debía, según Deleuze, a su homosexualidad. De todos modos, para mí lo más importante es acentuar la alternativa y la diferencia y no la crítica.

Usted escribe con Vattimo y también lo ha traducido. ¿Cómo es trabajar con él?

–Es un hombre maravilloso. Debo decir que en algunos aspectos es mucho más femenino que yo, más frágil y vulnerable. Pero creo que es el pensador más lúcido y por eso trabajo con él. Lyotard también tenía su honestidad brutal, pero era muy melancólico, y yo creo que cuando murió, fue de tristeza. En cambio Vattimo ama la alegría, la amistad. En el mundo vattimiano no hay tanto lugar para la moral, sino para la ética del habitar. Cuando lo conocí, yo era una princesa griega, me la pasaba leyendo a Aristóteles, y él me abrió a la filosofía de Nietzche, Heidegger y Gadamer, así como también a la radicalización del pensamiento. El me enseñó a afirmar afirmando, la no jerarquía, el devolver bien por mal y el perdón, que es como un altruismo pragmático porque sólo él impide la repetición. La venganza es repetitiva mientras que el perdón corta y abre posibilidades en otros lados. Y eso es tener amor al futuro y a la diferencia.

Parece fácil de lograr si todos leyéramos filosofía, pero muy pocos lo hacen.

–Leer filosofía es un esfuerzo, también lo es pensar. Cada sociedad tiene que leer a sus filósofos porque de lo contrario repetirá una historia congelada incapaz de asumir su propia experiencia. Te doy un ejemplo que me da que pensar en estos días: en Ginebra, Ahmadineyad, el presidente iraní, volvió a intentar decir que mientras se siga utilizando el Holocausto como un mito, no podrá haber ninguna crítica del sionismo. La gente se fue, no quiso escuchar. Ya lo malinterpretaron la primera vez, cuando dijo “el Holocausto es un mito”. El no dijo nunca que el Holocausto no hubiera existido, sino que éste está actuando como dogma, lo que provoca que veamos al Israel contemporáneo como blindado, como si aún estuviéramos en la época de la diáspora, de los campos de concentración. Entonces cada vez que intentamos ver lo que pasa en el Israel actual que comete genocidio contra los palestinos, se nos dice “no mires aquí, haz de favor de mirar a los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial”. Entonces vivimos enajenados: usamos imágenes del pasado para pensar el presente. Pero esto no ocurriría si los gobiernos, los estudiantes universitarios, pero no sólo ellos sino cualquier individuo inquieto e inteligente que no tiene por qué ser un especialista, hubiera leído a sus filósofos.

¿Cómo es la relación entre el gobierno español y los intelectuales?

–La prueba fehaciente de que José Luis Rodríguez Zapatero está haciendo caso a los filósofos es que acaba de nombrar a uno ministro de Educación. Se trata de uno de los filósofos más libertarios de las últimas generaciones, Angel Gabilondo, quien fue rector de la Universidad Autónoma de Madrid y del que espero grandes cosas. Imagínate cómo puede transformar la política el pensamiento de la diferencia a través de la filosofía. Claro que hay que ver cómo Gabilondo se desenvolverá en el debate con el tema de Bolonia: las facultades españolas saben que pierden mucho si se unifica el plan de estudios de toda Europa, como quiere la Unión Europea. Nosotros teníamos cinco años para la licenciatura y luego tres años para la tesis de doctorado. Los italianos y los franceses tienen otro sistema educativo, llegan al doctorado mucho más jóvenes, y hacen tesis más breves. Es decir que hay un mercado laboral que quiere captar a esos jóvenes y nosotros decimos que no, que los alumnos necesitan tiempo para leer, viajar, perder el tiempo, investigar, leer a Borges, a Cortázar, soñar... Un estudiante no tiene por qué ponerse a producir inmediatamente. Necesita tiempo de estudio y preparación. Esto es lo que se está discutiendo y quizá Gabilondo pueda llegar a establecer un diálogo entre las partes. Debo decir por otro lado que el de Zapatero es el único gobierno que se plantea una posición de izquierda que es todo lo izquierda que es posible y eso me tiene encantada. En política nacional se ha hecho cargo de que no hay una “España grande y libre” como decía Franco, sino comunidades plurales con cultura, idiosincrasia y lengua propias como el País Vasco, Cataluña, Galicia...

Zapatero tiene varias mujeres en su gabinete

–En su gobierno hay paridad completa porque hay tantas ministras como ministros. La ministra de Ciencia e Innovación es Cristina Garmendia. Elena Salgado ha pasado a Economía, Carmen Chacón en Defensa...

Imagino que en el ambiente de la filosofía no hay paridad. ¿Es así?

–En el ambiente de la filosofía pasa lo mismo que en otras áreas. Piensa que en las universidades españolas hay sólo ocho rectoras de un total de 200 rectores, desde el siglo XIV, cuando se fundó la primera universidad en España. Y fíjate que esas ocho están vivas. En mi especialidad, que es filosofía de la filosofía, hay cinco catedráticas en toda España, mientras que entre los hombres esa cifra se eleva a 80. Y sin embargo, debo decir que en mis 25 años de docencia he comprobado que las mujeres están más dotadas para la filosofía no ética que los hombres, que tienen una facilidad especial para la escucha, el cuidado. Una filosofía de la diferencia, de la alteridad, no es etnocentrista ni colonialista ni machista. Es un pensamiento en el que por primera vez la mujer es un sujeto social igualitario.

¿Cómo pueden las mujeres aplicar la filosofía a la vida cotidiana?

–Para mí la pregunta sería al revés: ¿cómo se puede vivir sin filosofía? Creo que es una carencia innecesaria.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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