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Viernes, 5 de junio de 2009

CRóNICAS

Una grieta en el tiempo

Hace 22 años que Graciela tiene un videoclub. Es enfermera, pero cuando nació su única hija decidió cambiar los hospitales por los pasillitos estrechos que dejan las más de ocho mil películas que ha ido acumulando. El negocio ha sufrido un vuelco importante en los últimos, pongamos por caso, cuatro años. “Yo hice las cosas mal –se lamenta–. Porque al principio, compraba las VHS y los devedés, hasta que me di cuenta de que la gente no alquilaba más cintas, sólo los disquitos. Así que ahora vendo algunos VHS a diez pesos. Y a los otros los alquila gente mayor, que no se puede comprar un devedé porque la jubilación no alcanza y porque la tecnología no le gusta, así que tiran con la videocasetera”.

Hubo épocas doradas para el videoclub. Cuando no había Internet ni vendedores que Graciela tilda de “trrruchooos”, enfatizando hasta la exageración el calificativo para dejar bien en claro que en su negocio, nada, pero nada es trucho y cada copia original fue comprada a no menos de 100 pesos que cuesta amortizar si se la alquila a no más de 5, pero no se puede subir el precio, la crisis llegó para todo el mundo. Graciela suspira. Hubo un tiempo en que la gente no le pedía las mismas películas que en ese momento estaban dando en el cine. Los mismos días en que ella tenía empleados y hasta diez copias de, por ejemplo, Los Caza- fantasmas.

Pero bueno, Graciela dice que se ha sabido acomodar a las circunstancias. Y que, del mismo modo que en el barrio hay malandras robatodo que le han entrado al negocio por el techo, también hay gente “con cultura” y por eso ella tiene mucho cine de autor que ni loca miraría, pero que a otros/as les gusta: al gerente de un frigorífico que vive al lado, a la actriz de mirada lánguida de dos cuadras para allá, e inclusive a los estudiantes de la escuela de cine del pasaje cercano. También, al presentador de Crónica TV que acaba de morir, pobre, tan joven, a los 45 años. Graciela mira incrédula su foto borrosa en el diario que anuncia la mala noticia.

Y luego vuelve a la parte trasera del mostrador, para anotar que una niñita se lleva Tinkerbell, la nena tan rubia como el hada veladamente sensual de la Disney. Graciela también es rubia, a diferencia de la hija que baila danzas árabes y estudia para contadora “y tiene cara de turca, como el padre”. Graciela tiene 54 años. Lleva el pelo lacio hasta los hombros, las cejas pintadas con prolijo delineador, cadenita con dije que dice “G”, aros de bisutería, dorados con perlas. Arreglada, siempre. Como Tommy, su pequinés hecho pompón de veterinaria.

Saluda a la nena con un beso ya que la conoce desde que era beba. El Tommy sale de atrás del mostrador y le lanza unos ladridos nada gentiles a la extraña humanita. Es celoso el bicho. Si fuera por él, tendrían que venir Los Cazafantasmas a pulverizar a las niñitas que se acercan a pedirle mimos a su dueña. Y si de soñar se trata, a El Tommy le gustaría que Graciela sólo tuviera tiempo para él, los dos acomodados en un almohadón de su cucha, mirando juntos una película romántica, infinita.

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