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Viernes, 19 de junio de 2009

ENTREVISTA

La campaña del miedo

¿Desde cuándo el discurso sobre la inseguridad –asociada a un modo específico del delito– se volvió omnipresente en los discursos políticos? ¿Qué otros intereses logran eclipsar el miedo al delito, aun cuando desde los medios las noticias diarias se convierten en un largo recuento de robos y disparos? ¿Cómo fue que la ciudadanía se convirtió en un conjunto de víctimas que claman cuando hay micrófono “que alguien nos cuide”? Shila Vilker, licenciada en Ciencias de la Comunicación, analiza de qué materia están hechos estos miedos públicos en tiempos de campaña electoral.

 Por Veronica Gago

Las publicidades electorales disparan en estos días imágenes directas, sin matices: vecinos que hablan tras las rejas de sus propias casas o bebés que dormitan tranquilos en las plazas porque son custodiados por cámaras de seguridad. Los patrulleros testimoniales como elementos que tranquilizarían la vida urbana y los botones antipánico en las plazas son algunas medidas que se barajan últimamente en la ciudad de Buenos Aires con un irrefrenable aire electoral. Pero también en los municipios del conurbano, varios intendentes promueven circuitos de cámaras, como una suerte de nuevos tendidos digitales de vigilancia visual. ¿Es la (in)seguridad el eje que se afirma como decisivo en los días finales de campaña? ¿Cuál es el papel de los medios a la hora de instalarlo como percepción social? ¿Qué tipo de interpelación política se produce desde la amenaza de que todos estamos “expuestos” en la ciudad? Shila Vilker, licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA), docente, investigadora y autora de Truculencia. La prensa policial popular entre el terrorismo de Estado y la inseguridad (Prometeo), conversó con Las/12 para pensar, justamente, de qué están hechos estos miedos públicos.

¿Cómo el tema de la inseguridad deviene una cuestión central de las campañas electorales?

–Hagamos un poco de historia. En las elecciones de 1995 el problema del delito estaba, casi, fuera de agenda. El concepto de inseguridad todavía no había aparecido en los medios y el aumento de la delincuencia era socialmente percibido como el sexto problema en importancia. Estábamos en los albores del gran cambio cualitativo que se dará en el procesamiento discursivo e imaginario de la violencia y el crimen. De hecho, la delincuencia, en estos años, seguía estando restringida, mayormente, a las páginas de policiales; esto significaba que todavía no se había producido ese fenómeno metastásico que hace que la inseguridad prolifere en todas y cada una de las secciones de los diarios. Cuatro años después, en 1999, el delito ya era uno de los principales ejes de campaña y los candidatos más importantes (De La Rúa, Duhalde y Cavallo) no dudaron en coincidir con el jefe de la Policía Federal en que hacía falta “un presupuesto de guerra” para bajar el delito. A partir de este momento, los discursos sobre la inseguridad tendieron a usar cada vez más metáforas del campo bélico. Su efecto fue una rápida polarización social. Las elecciones de 2003 fueron muy diferentes. El problema del delito no desapareció pero se eclipsó bajo los efectos de la mayor crisis política y económica que nos había tocado vivir hasta el momento. Curiosamente, eso no era un tópico central de la campaña; en su lugar, el mercado había hecho suyas las metáforas bélicas.

¿Cuál sería la particularidad de la campaña actual?

–En las elecciones actuales, todo hacía suponer –en particular los estudios de percepción de época y las primeras manifestaciones de campaña–- que los principales debates girarían en torno del problema de la seguridad. Esto, sin embargo, no ha sucedido. Las campañas en la vía pública, en las últimas semanas, no hablan del tema; la folletería de mano de los candidatos, tampoco. No obstante, reconocemos que en los días previos al principio de la campaña, spots de Scioli y De Narváez insistían sobre el tema de la inseguridad. Ante este panorama inicial, todo hacía suponer que De Narváez se apropiaría del tema con una batería de propuestas, y que desde el gobierno nacional y de los locales se sucedería una serie de acciones en función de la seguridad; pero las medidas tomadas, en caso de haberlas, se desdibujan en los griteríos de campaña. Si los ejes de la seguridad están presentes en los discursos, es sobre todo porque los proponen los periodistas. Los candidatos hoy, en el tirano tiempo de los medios, tienen otras cosas que decir. Se trata de las cosas que indican cercanía o lejanía con Kirchner.

Medidas como los patrulleros testimoniales y los botones antipánico en las plazas, ¿qué tipo de efecto buscan en tiempo electoral?

–En tiempo electoral casi todas las acciones de gobierno están motivadas por un fin electoral, y las que no lo están, son percibidas por la población como si lo estuvieran. Eso ha sido siempre así; en este sentido, son momentos de aceleración discursiva y operativa. Lo que habría que discutir y meditar por fuera del tiempo electoral es el efecto de las medidas sobre la vida de las personas. Muchas veces, medidas que a priori parecerían solucionar en lo inmediato el problema, tienen un efecto no deseado a largo plazo. En el caso de los patrulleros testimoniales y el botón antipánico del macrismo, estamos ante un fenómeno de ostensibilidad del dispositivo de seguridad. Es probable que la visibilidad de este dispositivo técnico, en el corto plazo, disuada y baje la ocurrencia delictiva en “esa zona”. Pero no podemos desconocer, en el corto plazo, que por un lado el delito se desplaza, se mueve a zonas menos vigiladas y más vulnerables; y por otro que, a largo plazo, la presencia masiva de estos dispositivos pueden volver la vida opresiva e insegura. En este sentido, es el mismo dispositivo el que provocaría mayor sensación de inseguridad.

¿Se puede decir que el tema es transversal y su tratamiento es homogéneo desde las propuestas electorales? ¿O hay diferencias en cómo y desde dónde abordarlo?

–Hay una diferencia sustancial entre los candidatos: estar o no gobernando; formar parte de los grupos en el poder o no. Esto limita o amplía el campo de intervención y de responsabilidad y marca una diferencia. Es la que se da entre la propuesta de un proyecto alternativo de seguridad o la toma de medidas concretas, pequeñas o grandes, como pueden ser la adquisición de nuevas tecnologías de protección, incorporación de más efectivos policiales, ostensibilidad del dispositivo de seguridad, etc. Creo que al principio de la campaña los candidatos probaron con la inseguridad como discurso proselitista. Tal vez no fue redituable en términos electorales. En su lugar, ahora se explota una nueva cantidad de miedos focalizados en los oponentes; y éste es el modo en que se sale del miedo generalizado. Las nuevas focalizaciones, en definitiva, variarán según quién hable: para unos se tratará del miedo al fraude, aludiendo al kirchnerismo; quien a su vez explotará el miedo al caos y a la oposición y, en la figura de De Narváez, agitará el miedo a la droga y sus mafias; la Coalición, finalmente, actualizará una nueva versión del viejo miedo al peronismo.

¿Cómo se construye socialmente la percepción de inseguridad?

–La inseguridad es un mecanismo complejo que supone mediaciones, resonancia, confirmación material y transformaciones en el ejercicio y la regulación de la violencia y del delito. En este sentido, el problema de la inseguridad no es exactamente el del delito. El delito puede bajar y la sensación de inseguridad permanecer estable o crecer, como sucedió en el 2004, cuando la voz de Blumberg vino a dar carnadura a los temores ciudadanos. En primer lugar, hay que considerar el papel de la mediación, pues es la que hace de un hecho delictivo puntual una amenaza general; la que hace la operación de interpelación que va de la víctima de un hecho criminal a la víctima virtual que somos todos. Aquí los medios juegan un rol central. No se puede decir que son la causa pero sí una condición de la inseguridad en tanto sensación. En segundo lugar, se debe analizar el fenómeno de la resonancia discursiva. Hay una amplificación discursiva e imaginaria, una circulación de ciertos tópicos y preocupaciones de época en la que los discursos masivos van dando forma a la vida cotidiana. En tercer lugar, téngase en cuenta que la percepción de la inseguridad es posible porque, efectivamente, en la vida cotidiana la gente tiende a confirmar esta percepción. No hace falta que se confirme por haber sido víctima de un delito; se puede confirmar también por vivir en un ámbito plagado de rejas o con botones de pánico a la mano. Finalmente, no debemos desconocer que en los últimos años efectivamente se ha dado un proceso de cambio en las formas que asume y en que se regula la violencia urbana y el delito.

¿A qué idea/prototipo de “ciudadano” y/o “consumidor” están dirigidas las propuestas de seguridad?

–Es interesante la pregunta porque se supone que hablamos del cruce de dos fenómenos: las elecciones y la seguridad. En principio se supone que las elecciones le hablarían a un sujeto político, un ciudadano. Sin embargo, el discurso predominante no es ése. Tampoco, sin embargo, predomina un discurso orientado al consumidor. El discurso hoy interpela a una víctima; una víctima virtual, potencial. Así, por ejemplo, lo hacen el mapa de la inseguridad, así los patrulleros testimoniales. La víctima virtual (no la que ha padecido el delito sino el ciudadano atemorizado) está a mitad de camino entre el consumidor y el ciudadano, y es la pieza central de la inseguridad. Como figura, es compleja pues la víctima hace estallar el derecho, supone la crisis de todo derecho. La ciudadanía se constituye como ejercicio de derechos y obligaciones. Es esta doble cara, el reverso y el anverso, el espíritu que anima la vida ciudadana. Con la crisis de la seguridad muere la trama doble que sostenía el orden del derecho positivo: la víctima es puro derecho, libre de obligaciones. La víctima sólo tiene derechos. La víctima no tiene obligaciones.

Entonces, ¿la víctima sería la figura predominante a la hora de la interpelación política actual?

–En un mundo cruzado por el miedo, es lógico que asomen nuevos perfiles sociales: la víctima ocupa ese lugar y es el síntoma de época por excelencia. Nuestro mundo es el de las víctimas. Y no hay víctimas sin victimarios. Pero tampoco sin victimólogos: todos aquellos que se asumen como representantes de la víctima son los grandes voceros del temor; amplifican el pánico, le brinda carnadura. La víctima en tanto tipo social emergente obedece a la nueva gramática social, domada más por la fusta de la exclusión que por las mieles de la inclusión. La nueva gramática de la exclusión social, pues, no supone tanto el fin del pacto social, cuanto la emergencia de uno nuevo. Con esto, entramos de lleno al campo de la política.

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SHILA VILKER
Imagen: Ana Dangelo
 
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