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Viernes, 17 de julio de 2009

MONDO FISHION

Moda alta costura vs. moda realidad

 Por Victoria Lescano

Mientras Buenos Aires se perfumó con alcohol en gel, las bocas se camuflaron con bufandas variopintas, abundaron los barbijos símil soutiens retro —la moda pandemia alcanzó su gesto más extravagante no en la señal Fashion TV sino en Crónica TV, pues allí un modelo semidesnudo ataviado con capucha leather intentaba erradicar partículas virales de una oficina de la legislatura porteña en un gesto digno de atavio bizarro y de moda crueldad ideado recientemente por John Galliano—, en París transcurrió otra semana de alta costura con oda al perfume francés. En el gran palais que ofició de locación para Chanel hubo un ambiente aromatizado y ornamentado con esculturas gigantes de Chanel Nº5, el célebre perfume con rosas que Coco Chanel ideó para redimirse del aroma de lavandina de su niñez.

En París se vieron también rescates de corpiños retro pero acompañados de ligueros, junto con prendas de la Línea A, como símbolos del ritual del vestirse previo a una gala que la firma Christian Dior celebró en su maison de la avenue Montaigne rescatando los modos de las antiguas mannequins que frecuentaron sus cabinas.

Pero la colección más destacada por la prensa especializada fue la de Christian Lacroix. El modisto célebre por cierto barroquismo y por su adhesión a la vieja usanza de la alta costura, mostró la que sería su última colección luego de que el grupo inversor autoproclamado Falic Group declaró su cese de actividades. Y en un gesto inédito para los costos, el exhibicionismo y la frivolidad que prima en ese apartado de la moda vinculado con el mercado del lujo, se vieron fabulosas prendas que resultaron de una colección casera y austera. El desfile fue producto de una colecta y donaciones de trabajos y materiales ad honorem cedidos a Christian por el taller que le realizaba los zapatos, el de los sombreros y sus bordadoras. La realizaron apenas doce modistas, la desfilaron supermodelos que accedieron a cobrar cachets simbólicos —cincuenta euros— y el creador mostró que se puede diseñar atuendos sublimes con menos adornos y una paleta más virada al azul y al negro. Su gesto más extravagante, que resumió años de oficio y su marca de fábrica, fue el traje de novia blanco y dorado que emulaba a una virgen barroca en un procesión de moda. El biopic de Lacroix remite a un debut bajo el cobijo económico del grupo LMVH en julio de 1987, hace poco más de veinte años, luego de graduarse en La Sorbonne. El listado de sus prendas fetiche remite a la apropiación de corsés, de volados y medias can can del imaginario de Toulouse Latrec, así como también atuendos de gitanas que reinventaron los trajes de noche de esa época, como contracara de la cultura post disco. En sus citas historicistas recurrió a Cecil Beaton en “My fair Lady”, a las infantas de Velázquez. Siempre tuvo como coequiper a su mujer, Francoise.

Del lado de nuevos nombres asociados a firmas clásicas, en Valentino, tras el retiro del diseñador, en 2008 sus sucesores, Maria Grazia Chiuri y Pier Paolo Piccioli, mostraron alternativas al barroquismo para galas mediante siluetas contemporáneas que admiten vestidos negros y cortos en encaje y con superposiciones de volados, morfología de remeras que hablan de diseños más democráticos y acentuada exhibición de las piernas y de la piel.

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Imagen: Christian Lacroix. Dior
 
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