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Viernes, 7 de agosto de 2009

MUESTRAS

Las artistas bajo la carpa

El fascinante mundo del circo es recuperado en una muestra de fotos, videos, afiches y objetos, organizada por Diana Rutkus, orgullosa descendiente de dos familias con larga tradición en un género donde las mujeres siempre han desplegado una actuación intensa y a menudo descollante.

 Por Moira Soto

Diana Rutkus huele todavía el perfume de la jaula de los leones, escucha las músicas que marcaban el turno de los distintos números y si afina el oído, percibe el leve rugido de los animales que la arrullaba antes de dormirse... Esos recuerdos de su primera infancia se le soltaron en el taller de Hebe Uhart, al empezar a escribir sobre sus tempranas experiencias en el circo. Advirtiendo seguramente la riqueza de ese filón narrativo, la gran escritora la alentó a seguir explorando en ese mundo paralelo habitado por una estirpe familiar que había practicado largamente esos oficios destinados al entretenimiento popular. Casi siempre girando de pueblo en pueblo, montando la carpa y los camarines, dando espectáculos, desmontando todo para volver al camino, hacia otro lugar a ilusionar a un nuevo público con las promesas de un show arriesgado y divertido, que reverdecía su fascinación en cada escala, con sus incitantes afiches, los coloridos carromatos, las musiquitas irresistiblemente evocadoras de una magia específica asociada a domadores, trapecistas, écuyères, equilibristas, payasos, animales exóticos...

El espectáculo más grande del mundo: así se anunciaba hace más de medio siglo un film de Cecil B. De Mille con reparto estelar y todos los chiches cirqueros. Y la verdad es que esta superproducción hollywoodense podría haberse llamado el show más antiguo del mundo. Porque el circo –en sus rasgos básicos– viene de muy lejos. Circus (del latín, círculo, órbita descripta por un astro, lugar de espectáculos) deriva del griego kirkos, es decir, proviene del territorio donde se construyeron los primeros hipódromos, estadios en los que se realizaban carreras de carros y de caballos, y que se reprodujeron en Roma a través de los etruscos, sumando combates de esclavos gladiadores, cuadrigas a toda marcha como sucedía en Ben-Hur (en las dos versiones fílmicas, de 1925 y de 1959). En la Antigua Grecia, el hipódromo era un edificio cuadrado con uno de los lados semicircular, formato que se mantuvo hasta tomar la redondez del anfiteatro. Si bien este tipo de espectáculo siguió sumando componentes –trovadores, títeres, acróbatas, ilusionistas– a lo largo de los siglos, tanto en representaciones callejeras como en salas teatrales, se considera que el circo moderno arranca recién hacia fines del siglo XVIII, en Inglaterra, por obra y gracia de Philip Astley, avispado entrepreneur que creó en 1768 un llamativo show que combinaba pruebas ecuestres, acróbatas, funámbulos, monos y perros amaestrados. A partir de esas fechas, se adoptó la denominación de circo (circus, cirque, etcétera) para designar a ese complejo habitualmente ambulante que reúne a artistas cultivadores de diversas destrezas físicas y actorales, entre el riesgo máximo y la desopilante comicidad. Nombres como Sarrasani, Orfei, Barnum (sucesivamente Barnum & Bailey, Ringlin Bros & Barnum & Bailey), resuenan todavía en la memoria popular.

Sebastián Suárez, tatarabuelo de Diana Rutkus, fue en 1860 un auténtico pionero en esto de armar (con bolsas de arpillera, en primera instancia), coser y levantar en Buenos Aires una carpa de circo, el Flor de América, bajo la cual actuaron artistas argentinos. A esta ciudad ya habían llegado compañías de otros países y descollado varias mujeres cirqueras, según lo reseña prolijamente Beatriz Seibel (Todo es Historia, Nº 304, 1992). La mulata Ana Josefa Echevarría, esclava todavía en 1805, se hacía oír como tonadillera en el Coliseo. Ya libre, tres años después, siguió trabajando en diferentes espectáculos. Por su lado, la acróbata Juana Manzanares realizaba funciones a beneficio de los ejércitos revolucionarios, en 1810. En décadas siguientes, fueron llegando a la Argentina importantes compañías de circo, por caso, la de los Chiarini, con Madama Angelita, acróbata, malabarista, mima. En 1836, un grupo de artistas criollos con mujeres incorporadas en diversos rubros, el Circo Olímpico, se presenta en el Jardín del Retiro.

Nacida en 1869, Rosalía Robbe pasa de niñita vendedora de flores en la puerta de un circo, a aprendiza de disciplinas circense en la Compañía Ecuestre Cottrelly, cuyo empresario se la lleva a Europa, previo pago de 1000 pesos al padre de la criatura. Rosalía entrena en acrobacia, trapecio, cuerda floja, equitación y la rebautizan Rosita del Plata. A los 18, es una estrella admirada en el Covent Garden y al poco tiempo acepta un contrato que le propone Frank Brown, el adorado “rey de los payasos”, y se vuelve a trabajar en Buenos Aires. Las compañías de los Podestá y de Brown se unen, Rosita se casa con Antonio Podestá y esta pareja es convocada por Barnum & Bailey para una gira por los Estados Unidos y Europa. Años después, Rosita deja a Antonio y se va con Frank para siempre.

Sebastián Suárez y Dolores Tisera se casaron y tuvieron 9 hijos, entre ellos Etelvina, quien a su hora se comprometió en matrimonio con Alejandro Rivero y a fines del XIX continuó la tradición en el circo Unión, luego en el de los Hermanos Rivero. Otra de las hijas de Sebastián y Dolores, Mercedes, contrajo matrimonio con Rubino Galli y se alejó de la carpa para criar a su hijo Ricardo y a su hija Olinda (abuela de Diana R.). A los 22, la chica visitó a sus tíos Etelvina y Alejandro en Santa Fe y hete aquí que fue flechada por el artista lituano Pablo Rutkus, a quien conoció en el circo Lulú Palacio: se casaron en 1929. Pablo había actuado en calles y plazas de Hamburgo en sus años mozos, y con un primo de Letonia, León Mazeika, decidieron tomar un buque en dirección a América. Bajaron en Colombia, se asociaron con otras familias circenses y se lanzaron hacia el sur en plan itinerante, hasta arribar a la Argentina. Uno de los tres hijos de Pablo R. y Olinda G. es Carlos, padre de Diana R. (los otros, Pablito, y Nelson). Pablo levantó su casa, su pied à terre, en Berazategui y en 1937 armó la carpa de un circo al que primero le puso Kaunas y posteriormente Shangri-La, con el que recorrió durante muchos años el interior, hasta 1964.

Los abuelos maternos de Diana Rutkus, Freddy Riego y Rossie Dickinson, tuvieron 3 hijos, Tito, Francisca y Elisa (o La Nena), madre precisamente de la organizadora de la muestra Familias de Circo, inaugurada el mes pasado en Puerta Roja, con bombos, trompetas y clarinetes de la banda de Roberto Palma, más una serie de números circenses que culminaron con la impactante actuación de la contorsionista Anahí Cristabel Pavez, de apenas 8 añitos.

Elisa Riego trabajó en el Sarrasani, con los Rivero y al cabo se asoció a su futuro consuegro, del Kaunas-Shangri-La. Y se casó, entonces, con Carlos Rutkus. Ella, especialista en trapecio, equilibrio en alambre, en cuerda indiana, asimismo supo lucir la camiseta boquense en los partidos de fútbol femenino que se brindaban como parte del show en el circo de los Rivero; él, domador de leones, entrenador de ponies y palomas, baterista. Las aventuras cirqueras del padre y la madre de Diana Rutkus cesaron en 1969, cuando ella era una niña de 5 y su hermano Juan contaba 7 años.

“Otro recuerdo vivo que tengo es el de estar sentadita viendo trabajar a mi mamá”, dice D.R., feliz por la repercusión de esta muestra que parece conmover a todos los públicos a través de fotografías, videos, objetos, carteles entrañablemente ligados al universo circense. “Ella nos mandaba a mi hermano y a mí al palco, durante la función, para no perdernos de vista. Pero cuando mamá ensayaba, andábamos por ahí, el cuidado de los chicos era muy compartido, realmente como una gran familia.”

¿Un mundo cerrado y circular?

–Sí, por eso la postal de presentación tiene esa forma, y el texto también tiene que ver con lo circular, con ese recorrido que se hace para volver al mismo punto. Es un mundo que te marca mucho: cuando mis viejos se fueron a vivir a Plátanos, Berazategui, después de mucho tiempo descubrí que las casas de ellos, de mis abuelos, tenían la misma disposición que las casillas rodantes del circo. Es que no existía otra forma de vida para los que estaban dentro del circo...

Las mujeres que actuaban, ¿cumplían doble jornada como amas de casa –o de casilla– haciendo tareas domésticas, criando hijos?

–Sí, por más que ejercieran un oficio, se cumplía la tradición. Vez pasada, visité la escuela de circo de Jorge Videla y él me decía: habría que organizar un homenaje especial a la mujer de circo porque era impresionante el volumen de trabajo que realizaban. Era levantarse, atender a los chicos si los tenían, hacer las compras, limpiar, cocinar, ir a ensayar, actuar, volver a la casilla a preparar la cena... Si estaban embarazadas, actuaban casi hasta último momento. Es verdad que, aunque las mujeres siempre colaboraban en todo, a ellos les tocaba la parte más dura de ciertos trabajos físicos al armar la carpa, casi siempre muy artesanal. Pero si mi abuelo, en sus comienzos, tenía la batea para fundir el hierro y hacer los palomastros que sostienen la carpa, mi abuela cosía la uniones del lienzo. Las mujeres, además, fabricaban todo el vestuario del show.

Aparte de ganarse el sustento ¿el circo exigía una mística, una vocación firme?

–Claro que sí. Había algo muy fuerte en esa vida comunitaria, con sus celebraciones multitudinarias. En la disciplina de los ensayos, en el placer de actuar para el público. Sin duda, se daban situaciones difíciles en esa vida itinerante, pero nunca escuché a mis padres quejarse, expresar el deseo de cambiar de trabajo. Al contrario, ambos sufrieron mucho cuando tuvieron que dejar el circo. Mi mamá hacía muchas cosas, pero lo que prefería era los vuelos en trapecio, y le encantaba la parte del glamour. Una vez, se resbaló del alambre y a medida que caía, se iba lastimando el cuerpo. Pero apenas se empezó a curar, de vuelta a la pista. Ella no dramatiza al contarlo. A mi viejo lo agarró una vez la leona. Para él, una simple anécdota. Después de dejar el circo, mi vieja se juntó con otra gente del palo, estuvo en el circo de Marrone, en la tele. En otro momento, ella y una chica se vestían de Chaplin y hacían la imitación en fiestas. Después empezó a animar celebraciones infantiles, de payasa. Ahora tiene 76, y el año pasado resulta que cumplía años una vecinita, hija de gente muy humilde, y mi mamá le dijo: yo te hago la animación. Y la hizo, divina.¤

“Familias de circo”, hasta fines de agosto en Puerta Roja, Lavalle 3636, viernes a domingos, de 19 a 22 horas. (www.familiasdecirco.blogspot.com)

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