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Viernes, 6 de noviembre de 2009

ADELANTO

Zonas de riesgo

Procaz, higiénica hasta arrasar con todo rastro de pudor, la novela Zonas húmedas, de Charlotte Riche, se hace cargo de tanto discurso publicitario y médico que ha convertido a la mujer en una fuente de hedores, dolores, incontinencias y estreñimientos. Su aparición en Alemania el año pasado significó un gran escándalo así como un record de ventas, superando el millón y medio de ejemplares. La protagonista es una jovencita de 18 años, que si bien merced a la traducción española “sufre de almorranas” y usa “bragas”, se presenta lo más desnuda posible para ser decodificada. Zonas húmedas, la novela que ya ha sido traducida a 26 idiomas y llega a las librerías esta semana editada por Anagrama, comienza así:

Desde que tengo uso de razón sufro de almorranas. Durante muchos años pensé que no podía decírselo a nadie, ya que las almorranas sólo les salen a los abuelos y siempre me parecieron muy impropias de una chica.

¡Cuántas veces habré ido al proctólogo! Pero el hombre me aconsejaba dejarlas donde estaban mientras no me causaran dolor. Y dolor no me causaban. Sólo me picaban. Para remediarlo, el doctor Fiddel, que es mi proctólogo, me recetaba una pomada de zinc. Contra el picor exterior se pone la cantidad del tamaño de una avellana en el dedo que tenga la uña más corta y se reparte por el anillo anal. El envase viene con uno de esos aplicadores puntiagudos dotados de muchos orificios que se pueden introducir en el ano y permiten la inyección de la pomada en pleno recto. Así es como logro calmar la picazón interior.

Antes de tener ese ungüento me rascaba durante el sueño el ano con tanta fuerza que por la mañana me despertaba con una mancha de color chocolate en las bragas tan gruesa como una chapa de botella. A gran picor, buen dedo rascador. Como ya decía, algo muy impropio de una chica.

Mis almorranas tienen un aspecto muy particular. Con los años han ido prolapsando, y ya tengo todo el anillo anal rodeado de lóbulos cutáneos nubiformes que se parecen a los tentáculos de una anémona de mar. El doctor Fiddel llama a eso coliflor.

Dice que quitarlas sería una intervención puramente estética que él sólo realiza si se convierten en un verdadero problema para alguien. Una buena razón para hacerlo sería, por ejemplo, que a mi amante no le gustaran o que me sintiera avergonzada a la hora del sexo. Pero yo eso jamás lo admitiría.

Si un tío me quiere o está encoñado conmigo, esa coliflor no debería tener ninguna importancia. Además, llevo muchos años, desde los quince hasta los dieciocho que tengo ahora, sin que mi hipertrofiada inflorescencia me haya impedido practicar el sexo anal con gran éxito. Gran éxito significa para mí: correrme a pesar de tener la polla metida solamente en el ano y sin que me toquen nada más. Estoy muy orgullosa de ello.

Por otra parte, es la mejor manera de comprobar si un tío me quiere de verdad. Ya en uno de los primeros encuentros le pido mi postura favorita, la del perrito, o sea, a cuatro patas y con la cara hacia abajo, en la que él viene por detrás y busca con la lengua el chochito mientras su nariz se hunde en mi ano. Eso implica un avance pausado y paciente, ya que el ano está cubierto con mi hortaliza. La posición se llama cópula facial. Nadie se me ha quejado todavía.

Cuando se tiene una cosa así en un órgano importante para el sexo (¿el culo llega a ser un órgano?), hay que ejercitar la relajación. Ejercicio que a su vez ayuda a soltarse y distenderse de cara a la relación anal, por poner sólo un ejemplo.

Dado que en mi caso el ano forma parte explícita del sexo, está sometido al imperativo moderno de la depilación, igual que el chochito, las piernas, los sobacos, la zona supralabial, los dedos gordos de los pies y el empeine. Naturalmente, la zona supralabial está vedada a la hoja de afeitar y queda reservada exclusivamente a la pinza depiladora para prevenir, como todas hemos tenido ocasión de aprender, que el bigote se vuelva cada vez más tupido. Una chica tiene que evitar eso. Antes, yo era muy feliz sin afeitarme, pero luego empecé con esa memez y ya no puedo dejarlo.

Volvamos a la depilación anal. Al contrario que otra gente, conozco perfectamente el aspecto de mi agujero; lo observo todos los días en el cuarto de baño. Es fácil: hay que ponerse con el culo de cara al espejo, separar las nalgas con fuerza hacia los lados, mantener las piernas rectas, agachar el torso con la cabeza hasta casi tocar el suelo y mirar atrás por entre las piernas ligeramente abiertas. En esta misma posición efectúo también el afeitado del ano, con la diferencia de que la operación me obliga a soltar una de las nalgas para poder rasurarme. Coloco la maquinilla sobre la coliflor y empiezo a depilar la zona de dentro a afuera, con ganas y coraje. Se puede deslizar la hoja hasta la mitad del glúteo porque hay pelos que llegan a extraviarse hacia esa zona. Como la depilación es una cosa que en el fondo me revienta, tiendo a ejecutarla con prisa y a lo loco. Y fue justo en una de ésas como me provoqué la fisura anal que ahora me tiene hospitalizada. Todo por culpa de tanto rasurado femenino, tanto “siéntete como Venus” o “sé una diosa”.

Quizá no todo el mundo sepa lo que es una fisura anal. Se trata de una grieta o corte muy fino en la epidermis del anillo que, si se inflama (cosa por desgracia muy probable en esas partes bajas del cuerpo), produce un dolor infernal. Como el que yo siento en estos instantes. Además, el esfínter está siempre en movimiento, cuando hablas, ríes, toses, caminas, duermes o, sobre todo, cuando estás sentado en el váter. Pero eso sólo lo sé desde que empezó a dolerme.

Las almorranas hinchadas aprietan con toda la fuerza contra la herida que me causé en el afeitado; hacen que la fisura se dilate cada vez más y me provocan el dolor más grande que jamás he experimentado. Con creces. Inmediatamente después, en el segundo puesto del ranking de dolores, están los que me produjo mi padre al cerrar con un golpe tremendo la puerta del maletero de nuestro coche raspándome, raaaassss, la columna vertebral de arriba abajo.

Y los terceros en intensidad los sentí cuando me arranqué el piercing del pezón al quitarme el jersey. Desde entonces mi pezón derecho se parece a una lengua bífida, como de víbora.

Estaba hablando de mi ano. Entre unos dolores horrorosos me fui arrastrando del instituto al hospital y enseñé mi corte a todo médico que quisiera verlo. Enseguida me dieron una cama en la unidad de Proctología, ¿o se dice unidad de Medicina Interna? Medicina Interna suena mejor, además no vamos a suscitar la envidia ajena con tanta especialización. De todas formas, lo preguntaré cuando esté libre del dolor. Ahora tengo que procurar no moverme y permanecer tumbada en esta posición embrional: con la falda levantada, las bragas bajadas y el culo mirando a la puerta para que cualquiera que entre sepa al instante cuál es la madre del cordero y de todos los dolores. Parece que la inflamación está al rojo vivo porque todos los que han entrado han exclamado un “vaya” unísono.

Dicen también que tengo pus y una ampolla repleta de líquido colgada del ano. Me imagino que la ampolla debe de tener la forma que adopta el cuello de esos pájaros tropicales cuando se infla de aire en época de celo. Una bolsa tensa de un brillante color rojo y azul. El siguiente proctólogo que entra se limita a decir:

–Buenos días. Soy el doctor Notz.

Y entonces me clava algo en el ano. Siento cómo el dolor me taladra la columna vertebral hasta llegar a la frente. Casi pierdo la conciencia. Después de varios segundos de dolor intensísimo tengo una sensación de humedad, como si algo estuviera reventado, y pego un grito:

–¡Ay! Avise, hombre. ¿Qué ha sido eso?

–Mi pulgar. Disculpe, pero el grosor de la ampolla no me dejaba ver lo que hay detrás.

¡Vaya manera de presentarse una misma!

–¿Y ahora qué ve?

–Tenemos que operarla inmediatamente. ¿Ha comido algo esta mañana?

–¿Cómo voy a haber comido con tanto dolor?

–Bien, entonces le pondremos anestesia general. Con el diagnóstico que presenta es mejor así.

Me alegro. Prefiero no enterarme de esas cosas.

–¿En qué consistirá la operación?

La conversación ya ha llegado a cansarme. Me cuesta

centrarme en algo distinto al dolor.

–Vamos a hacer una incisión cuneiforme para extirparle el tejido inflamado alrededor de la fisura.

–No entiendo lo de cuneiforme. ¿Me lo puede dibujar?

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