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Viernes, 6 de noviembre de 2009

MiLeetancias

 Por Victoria Lescano

“Cada tanto me gusta hacer una excursión al sótano de la casa de mi mamá. Ahí, ella guarda los tesoros de otras épocas. Lo gracioso es que la baulera de mi mamá está ambientada, tiene alfombra y hasta hace unos meses y durante casi treinta años tuvo armada su biblioteca. Durante mi adolescencia me gustaba pasar ratos ahí, mirar libros y probarme ropa vieja que para mí siempre era nueva. Un día encontré un jean Lee de los ’70 y me pregunté ¿será el mismo? Subí a la superficie y busqué la foto para corroborar su procedencia. Sí, ahí estaba mi papá, en medio del camino de tierra, en dirección al sur, apoyado en el Renault 4, como un cowboy se apoya en el lomo caliente de su caballo, mirando por debajo del ala de su sombrero con cierto orgullo, La barba crecida, los jeans sucios y las botas gastadas, ahora esa foto parece presagiar el western sangriento argentino que vivirían él y sus compañeros durante los ’70”. La fotógrafa Guadalupe Gaona, autora de Pozo de Aire el libro de primorosa edición del sello Vox, que combina imágenes y sus poesías, se refiere así a una toma del comienzo del libro en el que reconstruye su historia familiar y recuerdos de la infancia en base al álbum de su familia a la que califica de “aristócrata-peronista”. Además del cowboy junto a la “Renoleta” verde loro y con sombrero Stetson de verano, otra imagen, la de ella con apenas un año, ataviada con sombrero y bañador de bebé y de la mano de su padre –él con short a rayas–, fue señalada en la edición con una cinta de seda roja.

¿Cómo fue el proceso de escritura y edición de imágenes hasta llegar al libro?

–Guardaba algunas fotos de las vacaciones en el sur del álbum familiar. En el 2002, después de más de diez años, volví al lugar donde mi familia pasaba sus vacaciones. Llevé las fotos de mi hermano, de mi mamá, y la única foto que tenía con mi papá –en esa foto estamos los dos en traje de baño parados al lado de un bote, yo tengo un año–. Recorrí los mismos lugares, y empecé a hacer fotos. Ese verano no me saqué el jean Lee ni un solo día. Que tuviera ese jean puesto y que llevara fotos de mi papá produjo un gran impacto en el resto de mi familia, los abuelos, tíos, primos, que se amontonaban en la misma casa. Me miraban como si hubieran visto un fantasma. Hay algo en la ropa que se parece a la fotografía, como si el registro de las personas quedara entre sus pliegues, la forma del cuerpo que los habitó. Cuando volví a Buenos Aires, me di cuenta de que las fotos que había tomado se parecían un poco a unos poemas que había escrito un año antes y que hasta ahora nunca había publicado. Hace más de cinco años Ale Urresti, una amiga fotógrafa, me ayudó a armar un libro único, con todo ese material. Y Gustavo López, editor de Vox, me insistió para que lo presentara a un subsidio –el del Fondo Metropolitano de la Cultura– que finalmente salió. Y así publicamos el libro.

¿Y ese recurso tan espontáneo y nada dramático para referirte a la desaparición de tu padre, en marzo de 1977, y al que describís como “un conquistador en malla”, ¿fue un gesto provocador hacia los modos de hablar de los desaparecidos en la Argentina?

–Hablar hoy de los desaparecidos y desde un discurso artístico no puede ser lo mismo que en los ’80 o principios de los ’90. Hoy los medios y hasta la televisión se hicieron cargo de contar la historia, de saturarla y banalizarla. Desde lo fotográfico, me parece que hubo trabajos que por ser los primeros tenían la obligación de ser más documentales. También hubo unos trabajos muy buenos de Inés Ulanovsky y Lucila Quieto, que incorporaron fotos de desaparecidos. Pero además de estas referencias estrictamente fotográficas, me interesaron mucho las películas de Nicolás Prividera y Albertina Carri, el libro de cuentos 76 de Félix Bruzzone, y el biodrama de Lola Arias Mi vida después. Creo que todos ellos, de distintas maneras, producen una renovación del lenguaje y por lo tanto producen nuevas lecturas sobre el tema.

El bosque de abedules que pasa por todos los tonos y matices, los lagos, la casa-chalet casi de ensueño, ¿cuándo tomaste esas imágenes y de qué modo se construyó el relato visual que acompaña a tus poesías?

–El libro de alguna forma está armado en mini capítulos, como un recorrido de una mirada que busca y se pierde en esos lugares. A la casa nunca se entra, se la rodea y queda ese misterio. El bosque siempre es un lugar que da miedo, donde uno se siente diminuto y en general se pierde. Y sí o sí tenés que pasar por ahí. Hay un libro del poeta chileno Juan Luis Martínez, en el que leí “cuando era niño me perdí en el bosque, ahora el bosque tiene mi edad”. Creo que las imágenes y las palabras dialogan, apenas se responden. El lugar es cualquier lugar del sur y al punto geográfico exacto prefiero mantenerlo en secreto.

¿De qué modo hacés referencia a la moda tanto en tus fotografías como en los poemas?

–En este libro, entre las fotos del álbum que se mezclan con las de los paisajes, en la ropa aparece la iconografía de los ’70 y los ’80, que cualquiera reconoce rápidamente. Pero no me interesó tanto recuperar esas imágenes por lo retro. No me interesa tanto en ese sentido, pero sí creo que la ropa puede hacer las veces de testimonio de la vida de alguien. Una camisa puede decir mucho de quien la usó y la ropa, sin el cuerpo, puede oficiar de retrato de una persona. Hace un par de años, colgué en una pared un montón de ropa que pertenecía a mi abuela, a mi mamá y la llamé árbol genealógico. Tengo un vínculo afectivo con algunas prendas que por más que pase el tiempo y no las use decido guardar.

* Pozo de Aire se presenta el sábado 7 de noviembre a las 19.30 en la galería Meridión, Venezuela 1549. Cantará María Ezquiaga, con quien Gaona colabora en las letras para Rosal.

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