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Viernes, 5 de febrero de 2010

MúSICA

Trance disidente

La cantante y performer Eloísa López presenta disco nuevo, Por un paisaje, retoma las raíces mendocinas y recuerda sus diez años en Buenos Aires. Cuando un concepto se anima a la música, a la imagen, a la crítica simbólica y social.

 Por Guadalupe Treibel

Todo empezó en la montaña, en el regreso a la cotidianidad, en una manera personal de encarar la distancia. Porque fue desde su Las Carditas natal de Potrerillos que Eloísa López alzó la mirada y quedó prendida. Sacó la guitarra y la música le siguió el rastro: sus composiciones se volvieron orgánicas, con raíces. “Queda tan lejos donde yo nací / Ay! Mía tierra cómo te sentí / Tanta distancia me hizo vivir / Ay! Los caminos que traigo en mí”, cuenta –entre versos– su track nueve, “Tan Lejos”.

Y por ahí va la intención del cancionero de diez temas que, bajo el nombre Por un paisaje, zigzaguea con claridad entre urbe y naturaleza. Por un lado, la ciudad que habita hace ya diez años (Buenos Aires); por el otro, el lugar donde creció, Mendoza. “Es un disco muy de la tierra. Decidí que esta vez no me dejaría llevar exclusivamente por lo tecnológico. Quería que fuera cálido. ¡Tanta máquina me agotó!”, pone en palabras propias la artista que –habituada a la experimentación– decidió darle clima folklórico a la electrónica y salió airosa en la intentona.

“¿En qué nos parecemos tú y yo a la nieve? / Tú en lo blanca y galana / Yo en deshacerme”, juega desde composición, voz y programación la mendocina menudita de pelo corto y voz aguda. Otro elemento, representado. “Encontrarme con la guitarra, que es madera, y hacer canciones, fue un desafío. Lo experimental siempre me ha sido más natural, pero esta vez quise concentrarme en la voz, en el directo. Fue una búsqueda espiritual grande. Es que siempre llevo la música a lo espiritual; el arte es mi religión”, define Eloísa.

Y como buena devota, los evangelios personales la alcanzan a otros lenguajes. Multifacética, Eloísa alimenta sus temas con teatralidad, con una propuesta performática que se nutre de dramatización, de videoarte.

¿Cómo conecta la propuesta multimedia en vivo con el concepto musical que intentás transmitir?

–La performance empieza de manera muy tranquila: estoy sola con guitarra. Y hay un pasaje que se ve on stage y en disco, de canciones simples a canciones súper tecno, bien punchi. Mientras, me acompañan imágenes, interactúo con ellas y, poco a poco, me convierto en una. Me meto en la pantalla. Para el último tema, “Más real”, ya soy plástica, una diva enajenada en la pantalla. Desaparezco literalmente y mi ser en escena es simbólicamente el artista/persona; la superficialidad. Es el pasaje de la montaña a la ciudad, lo sencillo a lo complejo, de lo espiritual a la hiperrealidad de la imagen, que potencia el mensaje. Irónicamente, necesito de ese lenguaje para hacer que la gente conecte mejor con la idea de alienación.

¿No es un poco paradójico que el mismo lenguaje que criticás sirva para disparar tu idea?

–Una misma tiene contradicciones que se ven en la obra. Por un lado, me encanta la imagen. Por el otro, está buenísimo conmoverse con sólo una voz o una guitarra. El resultado es este engendro que se ha formado con los años. El hecho de que me convierta en objeto pop una vez en la pantalla es pura ironía.

En La invención de Morel, el fugitivo se enamoraba de una imagen. ¿No temés volverte la Faustine de tu propia obra, que el público opte por la imagen objetual del final?

–¡Me ocurre! Muchos se acercan al final del show y resaltan sólo el tema de la imagen. Pero todo apunta a lo mismo: a despertar algo. Siempre algo queda laburando en el subconsciente. Es una semillita que plantás. Yo quisiera que la gente que ve mi show o escucha mi disco, conecte con su interior, y para eso apelo a todo lo que está a mi alcance. Y vivimos en la cultura de la imagen, que es poderosa... y peligrosa.

¿En qué sentido encontrás que hay peligro en las imágenes?

–En que son fáciles de asimilar; no hay filtros. Hoy los artistas tienen que ser hipermontados, producidos, mientras que lo simple también vale. Me interesa pasar por las dos puntas y mostrarlo. Como mujer ocurre lo mismo: hay una tendencia hacia la cosa frívola, plástica. A veces veo algunas revistas y me da vergüenza, con esos culos gigantes en las tapas. Como artista, te llega. Sos un objeto y cuesta que te tomen en serio. Hemos sido renegadas por los siglos de los siglos y la lucha continúa. Lo lastimoso es que haya mujeres acostumbradas a asumir ese rol de objeto. Es terrible ser sólo carne y hay quienes se prestan al juego. Falta humanidad.

En el tema “La chica del logo”, de tu nuevo disco, te hacés eco de este tema con frases como “Sos la chica del logo /que sabe sonreír / Chica del logo / Perfecta: / Perfecta para consumir”...

–Exacto. Es una crítica bien explícita sobre la mujer plástica que muestra su sonrisa, sin importar qué dice. Juego con la idea de la provinciana que llega a la ciudad y va por la avenida de anuncios. Está vaciada de contenido. La moviliza la cosa frívola, el ser famosa. Es que ser artista ya no es decir algo: es ser famoso. Y es lamentable. Para mí, el arte tiene que decir algo; me moviliza el deseo de transmitir, de ayudar. Es una necesidad. Por eso convoqué a Andrea Alvarez para que colaborara en bombo legüero y percusión: es otra mujer-de-armas-tomar.

En estos diez años de carrera, la crítica te ha llamado “uno de los talentos de su generación”, “la niña mimada de la electrónica local” o “el secreto mejor guardado de la música”. ¿Cómo te sienta la buena recepción de década?

—Al ser independiente, siempre tuve que remarla. Y sigo haciéndolo. Los sellos no quieren saber nada porque mi propuesta es demasiado... rara. Todavía me siento la rarita. Ojo, me gusta. Pero también me gustaría que todo fuera más sencillo, no tan marginal.

¿Y estás pensando nuevas aventuras?

—A decir verdad, sí. Este año quiero salir un poco de esta ciudad. Diez años es mucho tiempo. En marzo, viajo a Nueva York, España, Italia... Voy a hacer una gira aprovechando el disco nuevo y aventurarme tres o cuatro meses. Es un buen momento para irme. De todas formas, antes quiero presentar Por un paisaje oficialmente acá. La idea sería organizar tres fechas en Capital para mostrar las canciones. Ya veremos.

Lo performático marca tu propuesta musical desde el comienzo. ¿Cuándo nace ese interés de sumarlo a la canción?

—Estando aún en Mendoza, estudié la carrera de Arte Dramático, pero siempre pensando en la música. El teatro me abrió un panorama nuevo y empecé a fusionar las puestas con la música. Es una búsqueda de todo este tiempo, que se completa con un vestuario pensado para cada disco, una puesta, un arte de disco, videos... Una estética.

¿Intervenís en cada paso del proceso? ¿Edición de clips, la ropa...?

—En todo, pero con cero producción. Es todo muy under. Los videos los hacía con nada. Ahora tengo una camarita, pero antes filmábamos con una camarita de fotos. El vestuario siempre lo estoy reciclando; pegándole fichas, pintándolo con aerosol. La pantalla la hizo mi vieja cosiéndola a mano. Es todo muy rudimentario.

¿Tu mamá también es artista?

—Es escultora; hace arte abstracto de hierro. Crecí con los ruidos de martillo, en una casa llena de metal. Creo que por eso uso los sonidos que uso; por eso siempre me sedujeron más los sonidos que una guitarra. Eso lo entiendo ahora, que crecí. Cuando uno va ganando años, se reencuentra con su familia y las raíces. El tema “Tan lejos” lo hice para mis padres. Porque la distancia te hace valorarlos más. Cuanto más lejos, más cerca. Mientras, las puertas se van abriendo. Y una se va armando.

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