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Domingo, 16 de marzo de 2003

Che bandoneón

Nélida Federico, a punto de cumplir sus 83 años, fue una de las primeras bandoneonistas, y sigue en plena marcha. Empezó tocando en orquestas de señoritas enel tradicional bar Marzoto. Paró cuando se casó y crió a sus hijos pero, después de los 50, volvió a la carga. Ahora estudia bandoneón dos horas por día, pinta y toca en público.

Por Luciana Malamud

Abre una caja y desenvuelve una frazada gris. "El frío me hace mal", dice. Ni siquiera intenta prender el ventilador en el verano para no correr riesgos y prefiere sufrir ella el calor durante las horas de estudio. Lo levanta con cuidado, se sienta y lo posa suavemente sobre sus rodillas. Es el bandoneón que le regaló su hijo unos años atrás.
Nélida Federico convive hace 73 años con su inseparable compañero, el bandoneón, y no se cansa de dar conciertos. Empezó a los 9 y se enamoró para siempre. Sólo interrumpió su carrera cuando se casó, y retomó cuando sus hijos ya eran adultos.
El 29 de abril cumplirá 83 años, un secreto que tenía bien guardado hasta que una locutora lo develó en una presentación. "No los llevo puestos, pero los tengo", recuerda haberle dicho a una joven bandoneonista ese mismo día. Vive con una señora que la cuida y le ayuda en las tareas cotidianas en un departamento antiguo de la calle Defensa, en pleno barrio de San Telmo.
Sucesora de Paquita Bernardo, a quien no llegó a conocer, hoy es la referente de una generación de mujeres que hace una década se animaron al bandoneón, un instrumento considerado típicamente de hombres.
"Mujeres que toquen bandoneón hubo siempre; pocas, pero hubo. Pero es cierto que falta una generación intermedia", asiente al darse cuenta de que no hubo quien siguiera la profesión durante décadas hasta que se armó una nueva movida de mujeres que hoy rondan los 30.
Hija de un violinista, la música fue parte de su vida desde que nació, ya que su padre la acunaba tocando el violín. Es hermana de Domingo Federico, también músico y su gran maestro. Empezó a estudiar piano a los 6 años. El bandoneón, a los 9. "Mi hermano Domingo, que me llevaba cuatro años, estudiaba bandoneón 14 o 15 horas por día. Y yo me quedaba embelesada mirándolo tocar", cuenta Nélida. Un día, Domingo le ofreció enseñarle a tocar un tango. "Y yo le dije: 'Qué voy a tocar si no conozco el teclado...'. Pero él insistió. Y en una hora y media me enseñó a tocar 'El zorro gris'." Cuando su padre entró en la casa, tocó lo que había aprendido. "Entonces ahí me bautizó mi papá y dijo: 'A esta chica hay que hacerla tocar el bandoneón'. Al día siguiente empecé a tocar en serio."
El primer gran maestro con el que tocó además de su hermano fue el padre del famoso pianista Bruno Gelber. Su primera interpretación fue "Loca bohemia" y después tuvo un arreglador exclusivo durante 15 años, Armando Rodríguez, alias "El Japonés".
A los 10 años ya formaba un dúo con su hermano. Primero ella cantaba y él tocaba, pero al poco tiempo pasó a ser dúo de bandoneón. Tocaron juntos durante cuatro años en teatros, radios, confiterías y salones, e hicieron giras al interior del país, siempre regenteados por su padre.
"Hacíamos lo que se llama varieté. Estuvimos mucho tiempo en el antiguo Teatro San Martín. Fuimos por una semana y nos quedamos como tres meses. Teníamos mucho éxito porque era algo rarísimo", recuerda orgullosa. Sunúmero venía siempre después de orquestas muy conocidas, y el contraste era mayor.
"Una vez, mi hermano tuvo un compromiso, no pudo venir y me dijo que tocara sola. No sabés. Yo, una nenita con la pollerita corta y las piernitas juntas... Terminaban de tocar las orquestas importantes de esa época y de repente se abría el telón y aparecía yo solita. Mi hermano lo escuchó por radio y me dijo que había salido bien", recuerda.
Nélida habla de Domingo con gran admiración y le agradece haber sido como fue. "Mi hermano era muy exigente. Cuando tocábamos los dos, si yo me equivocaba una sola nota, él, aunque estuviéramos en público, bajaba la cabeza y me decía: 'Matate con flit'. Yo le tomé tanto odio al flit que en mi casa nunca lo usé", recuerda riendo y disfrutando de la anécdota. "Eso me sirvió para ser muy exigente conmigo misma."
A diferencia de lo que puede pasar hoy y desde hace algunos años, nunca sufrió el prejuicio de ser una mujer tocando un instrumento "de hombres". Todo lo contrario. Siempre fue una atracción para el público, por ser una nena al principio y por su estilo y capacidad después. Sólo recibió halagos y flores de admiradores. "El público se conquista con calidad", dice convencida.
"Yo le busqué el sexo por todos lados y nunca se lo encontré", aclara para quienes todavía tengan dudas de que el bandoneón no es un instrumento sólo masculino. Sin embargo, hubo quienes no daban crédito a sus ojos cuando veían en el escenario a esa nena con bandoneón. "Cuando yo tocaba con Domingo, la gente nos llamaba Los Pibes. Yo tenía una memoria espantosa. Miraba dos o tres veces la partitura y después no miraba nada. Entonces había dos cosas que decían de mí. Primero decían: 'El que toca es el pibe, la piba no toca'. Y después decían: 'La piba toca de oído, si no mira nunca la partitura'. Entonces un día mi hermano bajó del escenario para hablar con unos amigos y me dejó que tocara sola. Cuando llegó a la mesa, lo primero que le dijeron fue: 'Che, pero la piba toca...'. El lo hizo a propósito porque sabía lo que pensaba la gente", relata Nélida.
¿Por qué eligió el bandoneón? "Me producía admiración. Lo que más me gustaba era el sonido. Todo me gusta. Para mí es el instrumento más completo." Es artista de alma. Desde joven se dedicó a la música, pero también a la pintura. Acostumbrada a la noche porteña, ya no pasea por los bares, pero nunca se acuesta antes de las 3 de la mañana. Ya tiene su rutina de madrugada. Le gusta escuchar el programa de Dolina, suele pintar de 1 a 3 y después escuchar música, a veces hasta las 5 de la mañana. Sin obligaciones, puede compensar durmiendo hasta el mediodía.
Todos los días dedica dos horas al estudio del bandoneón, de 7 a 9 de la tarde, en un cuartito en el que armó su estudio decorado con paredes verdes y más cuadros de su autoría, entre ellos un retrato de su esposo Adelmo.
Hasta los 14 años se dedicó a cantar, y dice que lo hacía muy bien. Pero en 1934, Domingo formó una orquesta de señoritas de la cual era director, y Nélida la única bandoneonista. Dos años más tarde, Domingo, requerido por orquestas masculinas, dejó el grupo a cargo de su hermana, que tenía tan sólo 17 años. "Cuando tenía casi 19 tocábamos en el bar Marzoto de 1 a 7 de la tarde. Fue la primera orquesta de señoritas que incorporó el chelo. Y mirá cómo estaba de conforme el patrón, un gallego de apellido Vázquez, que tuvo que pagar otro sueldo, pero eran las 5 de la tarde y el bar estaba lleno", cuenta orgullosa.
Siempre muy temperamental, se cansó de la orquesta y empezó a tocar sola. "Cuando uno toca en orquesta hay que dejar el temperamento de lado. Tenés que tocar siempre igual para que la orquesta suene bien. Por eso no lo puedo hacer ahora, es aburrido", dice. Sigue siendo rea y graciosa para hablar, y no perdió ni una pizca de vitalidad. En esa época, en el bar Marzoto había también otra orquesta de señoritas que venía después de la suya, La Emi. "Yo hacía todas las maldades que podía hacer una chica de 17 años. Porque tenía mucho éxito ahí. Las obras clásicas las podía tocar a las 6 de la tarde o a las 7, pero no, las tocaba para bajar. Y era un aplauso impresionante. Entonces después venían ellas con el tanguito y no se lucían tanto..."
Anécdotas tiene muchas. Recuerda un momento de gran emoción con Aníbal Troilo. "Una vez fui a verlo a Pichuco al Odeón. Quedé fascinada por la orquesta. Y estuve casi por ir a saludarlo", cuenta. Era quien estrenaba las obras que escribía su hermano Domingo y siempre le decía a su padre que no dudara en llevarle las nuevas partituras. "Yo no sabía que Troilo nos admiraba desde chiquitos, no podía creer cómo tocábamos."
Dejó de tocar en las orquestas para poder tocar como a ella le gustaba. "Yo quería expresarme libremente. Tocaba 'La Cumparsita' con arreglo de mi hermano, pero cuando llegaba la variación la hacía al doble de tiempo. Ahora hago cosas quizás más difíciles, pero a tiempo. Algún día tengo que volver a tocarla, pero como a mí me gusta."
También estuvo cerca de Pedro Maffia, uno de los inspiradores de Piazzolla, con quien estudiaba su hermano porque era uno de los más prestigiosos. "Maffia me iba a escuchar cuando yo tocaba con orquesta", cuenta. "Y yo no le tenía ningún miedo. Maffia era amigo de uno de los dueños, pero para escuchar la orquesta se pedía un café y se quedaba solito. Yo conservaba las piezas que me gustaban más para cuando venía él, de 12 a 1 de la mañana. No hubo ninguna relación, pero cuando yo terminaba de tocar, me miraba, levantaba la cabeza y me hacía un gesto de aprobación."
Se casó a los 25 años, el 3 de enero de 1946. Dejó todo, pero cuando quiso volver, volvió. Pintaba y era maestra de escuela. "Yo soy un ejemplo para esas mujeres que sienten o dicen que con el casamiento perdieron todo. No. El que quiere, puede volver. Primero retomé la pintura en 1967. Después tenía el deseo de volver a tocar el bandoneón, pero mis hijos eran adolescentes y no sabía cómo iban a tomar las cosas. Al primero que le comenté fue a mi hermano, después a mis hijos, y todos encantados. Porque yo era como esa gallina con los pollitos al lado. Después le dije a mi marido y él me contestó que con tal de que fuera arte, me apoyaba en todo. Una contestación digna de haberla grabado", se emociona Nélida.
Después de más de 50 años, Nélida sigue tocando. En la Casa del Tango hace conciertos como artista invitada y no se va hasta las dos de la mañana que termina la función. Su hija le armó una página web y le regaló la grabación de un disco que es su gran tesoro, "una huella para dejar mi paso por la vida".

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