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Domingo, 16 de marzo de 2003

Ella y la enfermera

En el Payró, cada fin de semana, Divina Gloria y Alejandra Rubio dan vida a las dos mujeres protagonistas de “El Instituto”, de Jorge Leyes, Ella y la Enfermera. Una obra dura, a la que había que animarse. Juntas la buscaron, la pensaron, la ofrecieron, la pelearon y juntas también hablan de ella en esta entrevista.

 Por Soledad Vallejos

Hay un ámbito de puro encierro y música omnipresente. Apenas lo completan dos sillas. Enfrente están las butacas de la mítica sala Payró (San Martín 766), donde la presencia (corporal, emocional) del público habilita que cada viernes, sábado (a las 21.30) y domingo (a las 20) estas dos mujeres de palabras entusiasmadísimas cambien sus almas para dar vida a El Instituto, la obra que Jorge Leyes (“ese autor enorme”, dirán) escribió, hará 14 años, por la insistencia de una de ellas.
–A mí, lo que más me gusta rescatar es el hecho artístico. Yo, cuando la gente nos hace una devolución... me encanta. Pero con que me encanta me refiero a que me produce un encantamiento el hecho teatral. Cómo vos, fingiendo una cosa a dos metros de alguien, y potenciada por una luz y asentada con una música increíble (que en este caso es de Charly [García], porque no podía haber sido otra)... cómo la gente lo recibe, desde afuera, tan real, tan vivo.
Si no fuera porque resulta imposible escuchar esa voz (tan Betty Boop recién levantada después de una noche muy larga) sin identificarla al segundo con la imagen de Divina Gloria, cualquiera diría que es una principiante deslumbrada por las posibilidades de la actuación la que habla. Pero de más está decir que “Divi” (como la llama su colega) no es ninguna recién llegada, y que Alejandra Rubio, con unas cuantas horas de televisión y teatro encima, tampoco acaba de descubrir eso que se llama actuar. El asunto, entonces, es bien distinto: pareciera que las chicas, en plena crisis y sobreviviendo a las exigencias de trabajar en una tira (las dos comparten pantalla en Costumbres argentinas), están logrando cumplir el sueño del proyecto propio. Y eso, claro, debe ser lo que alimenta unas sonrisas omnipresentes. Todo había comenzado a mediados de los ‘90, cuando Divina salió de ver Bar Ada decidida a perseguir a su autor hasta obtener una “obra sobre mujeres”, algo que hacer con otra actriz cuyo nombre salió, finalmente, del limbo cuando Alejandra y Divina se cruzaron en los camarines de Alicia Maravilla, la comedia musical infantil que el año pasado dirigió Muscari en el Astral.
Alejandra Rubio: Nos conocíamos de vista pero nunca habíamos intimado, digamos. Y ahí nos amamos. Vivimos muchas cosas ahí adentro, mucho tiempo juntas en un mismo camarín, y sentimos la necesidad de hacer algo juntas después de eso. Empezamos a pensar qué, y Divi trajo la obra. Empezamos solas primero a leerla, nos divertíamos muchísimo, nos encantó profundamente. Y decidimos que eso era lo que queríamos mostrar.
Nada suave, para empezar a desarrollar un sueño propio, eligieron las chicas. Dentro de un instituto con cierto toque siniestro, Enfermera (aquí no hay nombres propios, sólo roles adjudicados a los cuerpos) recibe a Ella para someterla a un estricto proceso de normalización. El asunto es adecuarla a las normas dictadas alguna vez por un tal Guiraldes, un hombre que tendrá la prerrogativa del nombre propio pero es pura ausencia para ellas, aunque su presencia lo impregne todo. El deber de obtener la sumisión, la Enfermera; la materia prima a someter, Ella; las chicas no tenían dudas: Alejandra era la victimaria, Divina la víctima. Pero entonces, meses después de haber empezado a hacer carne el texto, el equipo se completó con el director Roberto Castro... que quiso invertir los roles y no aceptaba un no.
A.R.: Lo que pasa es que nosotras veníamos así: “Esto es así: queremos esto, esta escena es así, la música va a ser de Charly, es ésta, el vestuario tiene que ser contundente, concreto, es Pablo Ramírez...”. Ya sabíamos claramente lo que queríamos.
Divina Gloria: Y yo soy tan rebelde, ¿no?, mi esencia es taaan rebelde que no quería. Es como que quieras ver La Bella y la Bestia y te vendan Dumbo. Pero tampoco quise pensar en alguien más que me dijera qué hacer y cómo hay que hacer las cosas, tenía que ser él. Y creo que, en este caso, fue lo único que hizo que lo concretáramos, porque, si no, es demasiada emocionalidad, y hay un punto donde tenés que bajar a tierra.
–El enroque de personajes debe haber enriquecido el trabajo porque cada una venía de conocer el personaje de la otra.
A.R.: Totalmente. Lo que pasa es que Divi se negaba muchísimo al principio. Leía el personaje y en la mitad decía “bueno, yo quiero parar, quiero ser feliz con este proyecto”. Yo estaba un poco más abierta, me resultaba más divertido, y le había propuesto que hiciéramos los dos personajes. Entonces, cuando empezamos a leer cada una el personaje que desconocía, o que conocía desde el otro, ¡fue genial! Yo la escuchaba leer La Enfermera y pensaba “ay, es la enfermera”, cuando yo la había leído y la había trabajado desde otro lado. Era loquísimo. Además, cada una le podía aportar a la otra lo que había pensado de su personaje. Para mí, fue muy interesante esa rotación de personajes.
–Desde lo físico ese cambio también afecta a la obra.
A.R.: Antes, yo desde lo físico ya tenía visualizada a la enfermera sin un diente, doblada en dos...
D.G.: ¡A mí no me hace falta doblarme porque soy media... media vedette! Así que lo lamento pero mi composición es así. Y en vez de un diente, tengo un diente de oro. Igual, yo ya ni pienso en ser el otro personaje, en no ser la enfermera... Fijáte que estos personajes están despojados de todo, hasta tienen la genialidad de estar escritos como “ella” y “enfermera”: no tienen nombre, no tienen identidad.
A.R.: Tal vez porque hasta esto les robaron. Tal vez porque en el instituto, en este instituto, que puede ser una cárcel, un neuropsiquiátrico, un campo de concentración, cualquiera de esos lugares, bueno, ahí perdés la identidad.
–¿Tal vez se podría traspolar eso a un nivel más macro, a lo social fuera la institución propiamente dicha?
A.R.: Está abierto a todo. Yo creo que es la sociedad. Son las normas y lo que rige la sociedad, y es acatar eso o quedar marginado. Todos tenemos un Guiraldes arriba de nosotros, no sé quién no lo tendrá. Porque ese Guiraldes es el poder al cual hay que responder, o que aceptar las consignas, y eso puede ser en una empresa tu jefe, en tu casa tu padre, en tu país el político de turno, o tu esposo. Un Guiraldes es el que ejerce el poder, que decide y decide tu destino, tu vida: cómo tenés que hacer las cosas, qué cosas sí, qué cosas no. El asunto es cómo se responde a eso. En esta propuesta, está tratado de un modo muy femenino. Las dos somos mujeres, actrices, madres, argentinas que, al mismo tiempo, transitamos este texto como mujeres. Entonces, tiene mucho de femenino: hay situaciones relacionadas con la estética, con ser coqueta, arreglarse, ser mejor, más linda. Hay mucho de femenino, pero, como dice Divi, al mismo tiempo es una obra universal. Si la hacen dos hombres, probablemente sea interesante también.
–¿Entonces el tema es el poder y no el machismo estrictamente?
A.R.: Sí, es sobre el poder.
Agobiante tal vez sea una de las palabras que más se han invocado a la hora de describir de alguna manera el clima de esa hora y minutos en que Alejandra y Divina cambian de piel. No puede decirse que eso les guste. De hecho, Divina cambia el tono levemente y comenta cómo la “intelligentzia encasilla rápido”. Para ellas se trata más bien de un recreo un tanto extremo, movilizador, algo que sacuda la modorra y obligue a cierta reflexión. En el medio, juran y perjuran, un humor absolutamente negro que en los ensayos las hacía llorar, pero de risa. No es poco.
D.G.: Cómo es el ser humano, ¿no? Cómo somos de débiles y de niños también, de entregarse a ver una ficción en vivo y dejarte llevar, y emocionarte, y sentir tristeza. Hay gente, a veces, que se ahoga, se paraliza, o que se emociona mucho y llora. Yo he visto que, por ejemplo, había médicos, terapeutas, que se emocionaron sabiendo que al día siguiente ellos van y leen la historia clínica de un paciente y saben de qué estamos hablando. Qué genial que es en eso el arte, el teatro, la expresión, cómo provoca al otro. En definitiva, eso queríamos: provocar.
Desde esa provocación, entonces, fue que las chicas fueron buscando una por una las pequeñas joyas que alumbraran todavía más el despojo básico para un texto que exigía ahondar en “la nada” (“sólo hace falta el actor –insiste Divina–, tu cuerpito, tus emociones y hacerlo. Es lo que te da la dignidad, el trabajo”). Y los “ángeles protectores de alas grandes” respondieron el llamado puntualmente: Charly García entregó la música; Fito Páez facilitó el estudio; Pablo Ramírez puso (increíblemente, como suele hacer) hilo y aguja para el vestuario.
A.R.: Les agradecemos profundo. Y ellos están, están todo el tiempo ahí, rondando.
D.G.: Sí, es como un ritual. Son muchas musas. Y nuestra intención es desactivar el prejuicio de que “es patético, es siniestro...”.
A.R.: Claro, porque es universal, es básico, y no siniestro. Sólo hay que aflojar y entregarse. Que cada uno sienta lo que quiera sentir y leer de la obra.
D.G.: No digas más... say no more.

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