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Viernes, 4 de abril de 2003

ANA MARIA BOVO, VIVIR PARA NARRAR

La maga del suspenso

Acaso el oficio más antiguo del mundo, común a todas las épocas y culturas, el acto de narrar puede ser considerado una de las bellas artes, sobre todo si quien lo cultiva es una dama de la calidad y la calidez de Ana María Bovo. Actriz, dramaturga, directora, docente, la creadora de “Hasta que me llames” vive una etapa sumamente fructífera.

 Por Moira Soto

Antes, mucho antes de convertirse en una narradora profesional, hubo hombres en su vida que le despertaron e incentivaron el placer tanto de escuchar como de narrar historias: en primerísimo lugar, su papa Walter, experto vendedor de muebles con yapa de poesía; y más tarde, Tito, el vecino que contaba películas en la panadería de San Francisco, Córdoba. Pero también las mujeres de su infancia que, por la noche, después de levantar la mesa, lavar y secar los platos, se reunían para conversar con fruición... Con el tiempo, sumando aprendizajes que convergerían en este “oficio trémulo” –según reza el título de su libro de conversaciones con Jorge Dubatti, recientemente editado por Atuel–, Ana María Bovo devino una magnífica narradora y se fue expandiendo en labores afines. De Cuentos de humor y amor a Hasta que me llames (2002), A.M.B. ofreció a un público cada vez más numeroso y entusiasta gemas como Humor Bovo, Por la vida de mis tías o Maní con chocolate.
Con esa habilidad exquisita para suscitar sueños, imágenes, evocaciones, Ana María Bovo presenta Relatos hasta fines de abril en Clásica y Moderna, los domingos a las 20.30. Una antología “donde celebramos el arte de la repetición, algo que descubrí gracias a la gente, que quería volver a oír ciertos cuentos, aunque los supieran de memoria, como les pasa a los chicos. De este modo, me junto con mis comienzos, hago un programa de base y el resto cumplo con los pedidos, como los músicos con los bises”.
–Este 2003 te encuentra en un momento de plenitud, de culminación en este oficio que quizá sea realmente el más antiguo del mundo.
–Preferiría hablar de plenitud, por la forma en que se vienen dando las cosas. Estuve en Tenerife en diciembre para abrir y cerrar un festival de narración. Allí conocí a muchos narradores profesionales de la península ibérica. Cuando volví de mis vacaciones, además de la demanda de trabajo acá, que es muy nutrida, surgieron invitaciones para ir a trabajar afuera. Anteriormente, en el verano vino a verme a Clásica y Moderna un director de teatro que vive en Milán y tiene un estudio. A este señor se le ocurrió poner una filial de la Escuela de Narración en Milán, abierta a un público más amplio como el que tenemos en Buenos Aires. Después aparecieron de España invitaciones a Festivales en Zaragoza y Huesca, un trabajo docente en Casa Encendida, centro cultural muy prestigioso en Madrid. Y luego estuvo acá el director de Casa de las Américas, Iñigo Rodríguez de Haro, y me invitó a presentar allá el libro Narrar, oficio trémulo.
–Mientras tanto, la Escuela del Relato dio frutos, como el notable espectáculo “Madame Bovary”, que presentaste en el Centro Cultural San Martín a fines del año pasado.
–Sí, la Escuela creció en inscripción y desde la estructura interna. Nombramos a Jorge Dubatti director de estudios, y nos hemos exigido ahondar en una literatura de la memoria, de la oralidad. En quebrar esos lazos ficticios forzados que arma la gente cuando quiere transmitir literatura, en tanto que desde la oralidad –con este soporte del gesto, el cuerpo y la palabra– hay tanto para comunicar y recuperar. Esediscurso cotidiano donde imperaban el sentido común, la intuición, la gracia para mirar la experiencia que se ha perdido detrás de los discursos estereotipados de los comunicadores mediáticos, del empobrecimiento del lenguaje.
–¿Qué porcentaje de mujeres se anotan en la Escuela de Narración? ¿Se refleja el rol tan preponderante que tienen en la movida cultural como espectadoras?
–Claro, son mayoría, como siempre. Te diría un 90 por ciento. Y lo más lindo de todo es la heterogeneidad en edades –con un arco que va de los 19 a los 86–, oficios. A mí me gusta recibir a la gente sin averiguar a qué se dedican: las personas se identifican por lo que cuentan. En ese relato puede aparecer su ocupación, pero sobre todo surgen jirones de su biografía más ligados con las experiencias primeras de vida. Y esto arma una red muy democrática de intercambio. Una vez tuve un pastor de una iglesia danesa en un grupo de psicoanalistas mujeres que hablaban de sus experiencias sexuales con cierta libertad porque no sabían a qué se dedicaba él, quien a su vez había venido al taller con el objetivo de preparar a través de un cuento su sermón de Semana Santa. Y fue maravilloso que varias de ellas, que eran de la colectividad judía, fuesen a su ceremonia. Se produjo una suerte de hermandad sin que mediara ningún prejuicio acerca de la actividad del otro.
–¿Cuáles dirías que son las motivaciones que impulsan a tantas mujeres —y a algunos hombres– a asistir a estos cursos?
–Creo que en principio mucha gente se acerca cautivada por la idea de que los cuenten, porque el nombre de la escuela los hace suponer que van a ser narrados. Yo lo que hago es ponerlos a ellos en el lugar de protagonistas, de narradores. Ahora, por ejemplo, estamos atravesando las primeras clases y empieza la producción de relatos a través de una consigna. Y lo estupendo es que hay veinte personas de diversa edad que se encuentran por primera vez, cada una cuenta una historia breve y en la clase siguiente sus compañeros le devuelven el relato. Y ninguno de los que debutan en esta experiencia, con toda la inseguridad que puede implicar, imagina la expansión, la explosión de sentido que su relato adquiere en la proyección ajena.
–Evidentemente, como docente hay un plus de responsabilidad: no se trata sólo de enseñar una técnica, de desarrollar recursos, sino de tener entre manos un material tan delicado como vivencias, recuerdos, emociones tapadas quizá durante mucho tiempo.
–Sí, es un trabajo de mucha contención. Lo que trato es de que las reuniones no se parezcan en nada a una sesión de terapia. Una de las primeras consignas es que lo más importante siempre es el relato del otro. Así se arma una red de escucha, se entabla una situación de solidaridad, y de ir cultivando esto de que no se cuenta bien si no se escucha bien. Así como no se puede contar bien si no se ha mirado bien, como señala Carmen Martin Gaite.
–¿En lugar de la interpretación onda psi, estas narradoras descubren la belleza, la poesía al recrear un episodio vivido?
–Exacto. Lo que trato es de que no aparezca como una infección sentimental con la nostalgia. Entonces, con la consigna de la brevedad y teniendo que producir el relato sin preparación previa, pasa algo precioso: la memoria se ordena solita de modo poético. Y el narrador, como está ocupado en evocar, se olvida de sí: un gesto lindísimo. Me hace acordar a ese poema de Susan Musgrave: “Eres cautivo de una vida que has elegido recordar”.
–¿Es un proceso que también actúa, aunque se trate de un relato tristísimo, de manera reparadora?
–Muy. Por supuesto, hemos cuidado muchísimo la elaboración de la consigna que dispare el relato. Cuando hablan de un objeto empiezan a aparecer una cantidad de particularidades que llevan a pintar un universo muy personal. Trato, como pide Carmen Martin Gaite, que la elocuencia se reparta en partes iguales entre el que narra y el que escucha. Es muy hermoso esto de la reparación colectiva que hay en la devolución del efecto que causó la narración en el otro. Y claro, también está mi propia devolución desde una mirada entrenada para poner en relieve sus significaciones poéticas.
–¿Lo que moviliza a la gente es este descubrimiento de poseer un potencial tan rico de experiencias que pueden ser rescatadas y puestas en valor?
–La idea básica que alientan es aprender a contar mejor. Tenemos médicos, abogados, ingenieras, locutores de radio, estudiantes de periodismo. Yo me cuido de no mirar la base de datos para no condicionarme. El principio para todo el mundo es saber trasmitir lo vivido teniendo conciencia de la presencia del otro. Se trata de trasmitir y embellecer la experiencia volviéndola más dramática, más cómica. La gente tiene una necesidad ancestral del relato: de decirlo y de oírlo.
–O sea que primeramente estas personas, antes de aprender a narrar literatura, descubre sus propios tesoros.
–Realmente son tesoros. En la primera clase cuento un momentito de Las ciudades invisibles de Calvino, cuando Marco Polo le habla al emperador de la ciudad de Eufemia. Le dice que los mercaderes de siete naciones van a un mercado cada solsticio y cada equinoccio, llevando rollos de muselina dorada, semillas de pistacho, de amapola. Pero no es por esas mercancías que van, porque las pueden encontrar en todos los mercados del reino, sino porque por la noche –sentados sobre pilas de alfombras o sobre barriles, alrededor del fuego– cada uno cuenta su propia historia de lobos, hermanas, tesoros, batallas, amantes. Y de vuelta a casa, en el balanceo del camello o del barco, cada uno recuerda la historia propia y la ajena sobre tesoros, batallas. Me gusta pensar que la Escuela funciona como un mercado invisible de trueque de historias. Porque la gente está llena de historias, propias y ajenas, sorprendentes, extravagantes, maravillosas. Es una fuente inagotable a medida que la memoria empieza a despertarse.
–En el desarrollo local de este arte, desde hace poco más de una década se han multiplicado las narradoras profesionales. ¿Tenés alguna explicación sobre esta tendencia tan marcada?
–Creo que, en el ámbito doméstico, la narración ha sido más patrimonio de las mujeres que de los hombres. Quizás ellos han sido más los narradores públicos en las conferencias, las reuniones del club, en los boliches (como aquel narrador de La camarera del Titanic). No lo tengo estudiado sociológicamente como para formular una conclusión. Creo que normalmente las mujeres suelen tener mayor curiosidad por la historia familiar debido al tiempo que han pasado con sus madres y abuelas, transmisoras del anecdotario. También las mujeres cuentan muchos cuentos a sus hijos, nietos, sobrinos para entretenerlos. Me parece que ellas se hanpermitido este goce con más libertad. A mí particularmente me da mucho placer que los hombres se animen a venir: han hecho aportes muy valiosos, y han resistido ser franca minoría entre las mujeres. Así, una vez que ellos se abren a contar, no podía establecer diferencias en la sensibilidad. Eso sí, las mujeres son más atrevidas y caóticas para desordenar la literatura. A los hombres les cuesta más quebrar las estructuras al trasponerla a la oralidad.
–¿Se podría decir que las mujeres practican la narración dispersa con mucho regodeo en el teléfono, entre ellas?
–Pero claro, creo que ahí hay un uso del ocio narrativo, algo precioso que también se permiten más las mujeres que los hombres. La diversión, el conocimiento o el para nada, el descanso que obtengo de esas llamadas es inenarrable. Pocas sensaciones más deliciosas que las que te provoca una amiga que llama y te suelta “¿querés que te cuente lo que pasó con tal?”. Es una veta narrativa maravillosa, con su ritmo, sus pausas, la risa, los acentos, la superposición de voces. Esa dispersión creativa que vuelve aparentemente caóticas las conversaciones que en medio de una historia central pueden incluir una receta de cocina, la recomendación de un libro, algo que se está viendo por televisión. En mi casa, cuando nos juntamos mi hermana, mi mamá y yo somos unas expertas en la dispersión y en la velocidad para volver al tema principal.

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