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Viernes, 4 de abril de 2003

OPERA

VUELVE MADAME

“Madama Butterfly” vuelve y esta vez al Teatro Avenida. Con dirección orquestal de Carlos Vieu y régie de Willy Landin, la heroína de Puccini volverá a cobrar vida en la figura y la voz de la soprano Mariela Schemper. La mezzo Vanesa Mautner encarnará, por su parte, a la fiel criada Suzuky.

 Por Soledad Vallejos

Día de ensayo general. En la puerta del Teatro Avenida (Av. de Mayo 1222), el boletero se juega la sonrisa asegurándole a un señor que no se arrepentirá de haber comprado una platea para Madama Butterfly porque la puesta “viene muy bien”, que se lo asegura, que ya va a ver. Puertas adentro, los murmullos del elenco van guiando por el pequeño laberinto de pasillos y espejos bordados de luces en que se convierten los camarines durante esos minutos previos al momento en que todas y todos se verán, por primera vez, peinados, maquillados y vestidos como la música de Puccini (dirigida, esta vez, por Carlos Vieu) y la régie de Willy Landin mandan. Un poco más allá, entre un perchero cargado de kimonos primorosos y más espejos, la soprano Mariela Schemper y la mezzo Vanesa Mautner manejan como pueden las expectativas (“un poco ansiosas, un poco nerviosas, un poco todo, en realidad”) que despierta en ellas la inminencia de plantarse ante el público como la traicionada geisha Cio-Cio-San y la fiel criada Suzuky para la inauguración de la primera temporada de Buenos Aires Lírica (que también ha programado para este año un Rossini, un Mozart, un Donizetti, y el estreno local de una ópera de Diego Vila y Betty Gambartes). Se trata, saben, de una de las recientes apuestas independientes (o al menos, no dependientes de instituciones oficiales) decididas a abrir el juego de la ópera al público local para desvanecer los fantasmas de la música de elite en salas ídem que tanto acostumbran rodear al bel canto en una Argentina que, hasta hace dos años, apenas contaba con la oferta de dos salas... dedicadas, por lo general, a prender los reflectores sobre voces contratadas afuera antes que sobre talentos formados en el circuito local. Una suerte de prueba de fuego por varios flancos, entonces, la que enfrentan estas cantantes que, con sus 30 años, forman parte de la generación de líricas argentinas que mueren por popularizar la ópera en el país (B.A. Lírica, por caso, tomará como centro de operaciones el Avenida, pero tiene entre sus planes organizar giras por el interior), o al menos ganar nuevos públicos, como sucede con el género a nivel mundial desde hace unos años. Voces trabajadas con rigor y nervios de acero, entonces, es lo que necesitan estas chicas hoy.
–Tengo muchas expectativas por todo un poco, y en especial por lo actoral, algo en lo que el rol de Cio-Cio-San es muy rico –dice Mariela-. Es un rol muy ansiado por las sopranos, y vocalmente es muuuy difícil. En todo sentido (actoral, vocal), el dramatismo crece en cada acto.
Y es que en la historia que Giacomo Puccini rescató de entre el aluvión de relatos que inundó Europa durante el delirio de principios del siglo XX por el exotismo (de todo tipo, pero el oriental pegó por entonces casi tanto como el africano), lo que empieza como el drama de una adolescente ingenua (Cio-Cio-San) enamorada del hombre equivocado (el marino norteamericano Pinkerton, que como gesto tierno de marido ocasional, la rebautiza Madama Butterfly) termina por convertirse en una tragedia inolvidable con el suicidio por honor de ella. Suerte de recorrido por las imágenes (la entrega, la distancia, el extrañamiento) del amor antes que el amor mismo y la traición que puede destruirlas sin demasiado esfuerzo, meterse en la piel de Butterfly es, ante todo, un trabajo exigente que demanda encarnar sin reservas esas transformaciones que llevan al personaje hasta el abismo.
–Alguna vez, la soprano Susan Brown dijo que, en realidad, interpretar a Madama Butterfly implica hacer tres roles distintos.
–Sí. Cuando empieza la obra, cuando ella tiene 15 años, Cio-Cio-San es más aniñada. Pero después, ya en el segundo acto, haber tenido el hijo la hizo madurar, y que Pinkerton no estuviera con ella la ensombreció. Ella no quiere volver a ser geisha, y renegó de su religión para casarse con él: quiere abrazar todo lo que significa Pinkerton, su cultura, quiere cambiar.
–¿Cómo se fueron acercando a los personajes desde lo actoral?
Vanesa Mautner: –Con un régisseur brillante como Willy Landin, que nos hizo hacer un trabajo enriquecedor en todo nivel. Fue algo maravilloso, y fue aprender. Al menos yo, en mi caso, aprendí de mí misma cosas, las fui descubriendo. Son cosas que están porque él las saca, aunque no sé cómo, y eso te acerca a tu personaje con mucha claridad. Es muy claro lo que él pide, y muy natural. Eso en la ópera ya es algo extraño de lograr, ¿no? Yo algunas cosas ya he hecho, pero soy bastante inexperta todavía, me queda mucho por aprender, por eso encontrarme con gente como Willy es maravilloso. Porque una puede tener una percepción del personaje, pero dentro de la edad propia. Está bien, nosotras no somos japonesas ni tenemos 15 años ya, pero, de todos modos, hay cosas que cuando tenés 30 años podés no haber vivido, o tal vez sí, y que te acercan al personaje.
Mariela Schemper: –Además, la obra, de antemano la estudiamos aparte. Tenés que preparar el estilo y todo lo referente a lo musical con un repertorista, y algunas cosas de carácter. A partir de ahí, yo particularmente en el personaje de Butterfly preparé con mi repertorista todos los diferentes caracteres que van apareciendo a través de la obra, y toda la obra en general, todos los matices que tienen que estar en la voz desde lo actoral. Entonces, los maestros repertoristas te van pautando todo eso, y después, el trabajo fino te lo marca el régisseur. Después, también trabajás con el director de orquesta, que pide algunas características en particular.
V.M.: –El da la última pincelada, porque también pide la versión que él quiere.
M.S.: –Es un poco como estar tironeadas de todos lados, y por eso te digo que se aprende. Claro que también está en una ver qué material te sirve y qué no, o aprender que lo que te dan, ¡aunque no te sirva, te tiene que servir!
–¿Cómo se acercaron a la lírica?
M.S.: –Yo creo que, en el fondo, lo que me hizo decidir fue haber visto la película Otelo, con Plácido Domingo. No sé, era chica y quedé maravillada. “Yo quiero ser cantante de ópera”, decía en ese momento. Claro que, después, siempre hay dificultades, los padres se preocupan porque dicen: “¿De qué vas a vivir?”, esas preocupaciones que siempre hay en la Argentina.
V.M: –Es el típico: “¿Qué estudiás?”. “Canto.” “Ah, qué lindo... pero, ¿no pensás estudiar nada?” Me ha pasado tal cual.
M.S.: –Después seguí en el Instituto (Superior de Arte) y también de manera particular. Seguí adelante, pero esto tiene altibajos siempre. A veces decía: “Ah, para qué me metí en esto”. Claro que también tiene otras cosas: una sube al escenario y es maravilloso.
V.M.: –Yo empecé a querer ser cantante desde muy chiquita. Mi mamá desde la panza que me ponía música, y cuando yo nací la única manera de callarme era poniéndome la música que escuchaba en la panza. Mis padres tenían abono en el Colón, y a los 6 años me llevaron a mi primera ópera, I Due Foscari. Al día de hoy me acuerdo que cuando Foscari cae muerto yo empecé a gritar. ¡La gente aplaudía, porque era el final de la ópera, y yo lloraba, mi mamá me mostraba que el señor estaba bien, parado, saludando, pero no había manera de calmarme! A los 9 dije: “Mamá, quiero ser cantante”, y empecé a estudiar... Y siempre lo hice tratando de llegar a algún lado. Porque esto es lo que me gusta, me encanta, aunque en el medio, como le pasó a Mariela, tenga algunas crisis de “¿por qué?, ¿quién me manda?”.
Compañeras en el Instituto Superior de Arte del Colón, y después de haber hecho algunos trabajos juntas en escenarios bastante alejados a lo que puede ser una sala preparada para la lírica (conciertos en la Facultad de Derecho, oratorios en algunas iglesias), éste es el debut de Mariela y Vanesa como cabezas de compañía y con Madama... en particular. Mucho estreno junto, digamos, en una sola ocasión.
V.M.: –En mí, la expectativa más grande sería el éxito, pero no el éxito por el éxito desde afuera sino el éxito de lograr, después de todo este trabajo, hacer tooodo lo que trabajé. Hacer desde lo vocal, desde lo escénico, todo lo que realmente sé que puedo hacer.
M.S.: –Es el deseo de mostrar hasta dónde llegaste con tu preparación.
V.M.: –Claro, poder mantener y mostrar ese punto.
M.S.: –Y llegar al público, para que disfruten realmente, para que se enganchen con esto.

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