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Viernes, 4 de abril de 2003

PERFILES

realismo mágico + denuncia

Ana Gloria Moya es abogada, a la sazón defensora oficial en su provincia, Salta, donde el destino le puso en el camino, para defenderlo, a Simón Hoyos. Es además escritora: su libro “Cielo de tambores” ganó el concurso mexicano Sor Juana Inés de la Cruz.

 Por María Moreno

Uno tira, no siembra. Después ve qué pasa”, dijo la doctora Ana Gloria Moya, defensora oficial penal en Salta, y siguió avanzando en un trámite promocional propio de su vida paralela, la literatura. Su novela Cielo de tambores había ganado el Primer Premio Pro Cultura Salta (2001) y se iba a tirar el lance –”soy de una ignorancia atrevida”– de enviarla al Premio Sor Juana Inés de la Cruz, que se hace en Guadalajara, cada año. Antes había dudado. ¿Qué tenían que ver las míticas niñas de Vilcapugio y Ayohuma en las leyes estéticas de un concurso latinoamericano? Ella se había devorado todo Fuentes, todo Rulfo y, por supuesto, todo García Márquez ya cuando era la espiona de la librería y editorial de su padre, Atenas. Y lo siguió haciendo cuando fue estudiante de abogacía en un cuarto piso de la ciudad de Tucumán, donde de vez en cuando había que tirarse al piso bajo la luz de los helicópteros, durante la dictadura. Pero acaso ese norte querido que la vio trasladarse de Tucumán a Salta, cuando aún pensaba que podía ejercer la ley en las comodidades de lo civil y comercial, no estuvo siempre más cerca del Alto Perú, que de ese Buenos Aires “donde Belgrano dormía mientras allá arriba Güemes suplicaba pólvora”.
El problema es que la encomienda para hacer el envío costaba $ 100. Demasiado para una separada con cuatro hijos, sobreviviente de una grave enfermedad de la que no quiere hoy hablar, pero que convirtió la escritura en una catarsis y la espera angustiosa de un análisis en la esperanza de ganar un concurso. Entonces, fue a la librería, cobró nueve ejemplares vendidos de su Cielo de tambores y llegó a los $ 100. Ganó.
Cielo de tambores rompe la habitual linealidad de las novelas históricas para funcionar a través de un contrapunto de voces. Voces que se levantan contra la historia oficial desde la pasión y la bastardía. Es la historia de la mulata María Kumba, enrolada en el ejército de Belgrano durante la liberación del norte y de su amante Gregorio Rivas, enemigo de aquél. Poco antes de la aparición de Cielo de tambores, el nombre de Ana Gloria Moya apareció en los diarios asociado con el caso del abusador Simón Hoyos.
–Yo fui la hija tonta de Murphy. Suele haber 15 días de competencia de tal juez, tal fiscal y tal defensor. Me acuerdo que era el día del casamiento de la hija de la jueza de delitos leves. Y yo pensaba “seguro que le toca a la hija tonta de Murphy”. Y le tocó. El abogado personal de Hoyos renunció, y por un derecho constitucional que indica que nadie puede estar sometido a un proceso sin defensa convergimos él y yo.
–En los medios se difundieron amagos de una defensa en nombre del relativismo cultural. El paternalismo puede implicar todo.
–Hoyos no es un patrón querido. Está el patrón que presta su auto porque el peón tiene su hijo enfermo y a lo mejor, le paga los estudios en la universidad. Pero no hay una sola cara. Ojalá la hubiera. Porque hay lugares donde el patrón paga con vales para que compren en el almacén de su propiedad. Es cierto que cuando muere un terrateniente, uno puede leer en el aviso “su hija en el afecto” y es una que ha criado, que quizás lo acompañó en la enfermedad hasta el final. También en la esclavitud, el esclavo integraba la familia.
–También en el caso Hoyos se habló de la rameada, para situar determinado espacio cultural.
–En la rameada se baila, se toma mucha chicha. Hay chicas casaderas, barras de muchachos. Es el espacio del juego sexual. Si no, ¿cómo pueden seducirse personas que no hablan, que están mimetizadas con el paisaje de altura, invitándose a tomar un café? ¿Escribiendo un poema? No hay tiempo, porque hay que ir a cuidar las cabras. A veces la pastora y el pastor están separados por diez kilómetros de subida. La rameada es el momento donde un muchacho se lleva a una chica con la cual ha estado todo el año presumiendo. Puede haber violencia, pero no como resultado del ritual. Cuando se les dice a las viejas que ya han tenido muchas rameadas en su vida, ellas se ríen. Por supuesto, defendamos a la chica que no quería, pero la mayoría se deja ramear porque quiere. Ramear significa arrastrar. Alude a que se las llevan rameando. “Las han rameado entre los yuyos” dicen ellos. Por supuesto que nueve meses después nace un niño. También después de la rameada se suele iniciar una convivencia. No tiene nada que ver con el derecho de pernada de los señores feudales en Europa que tomaban a todas las hijas de los siervos. Como Hoyos.

La abogada del silencio
Ningún realismo mágico puede competir con la realidad de esta abogada que trabaja como Defensora Oficial Penal y coordina un taller literario en el Servicio Penitenciario de Salta.
–Entré aterrada en el derecho penal. Luego mi trabajo de Defensora Oficial se convirtió en una pasión. Porque cuando al dolor, al nombre y al apellido, le ponés cara y la mirás, ya no te podés zafar. Hasta del violador, que a lo mejor fue a su vez violado a lo largo de toda la vida. A menudo el acusado ha estado machado y no se acuerda de nada. Entonces, como en mi novela se trata de reconstruir hechos. Qué dice el informe policial, qué dicen los testigos, si hay manchas de sangre en la ropa, si hubo cerca un cuchillo o un revólver. O si alguien es acusado porque es petiso y morochito, es decir por portación de rostro, como dice Elías Neuman. Había uno que tenía una macha que no se acordaba de nada. Estaba sentado en el cordón de la vereda cuando se robaron una rueda. Lo acusaron. Y lo único que nos decía era “la bicicleta, labicicleta quedó en la calle”. En realidad estaban robando al lado y él, de la macha, se había caído ahí.
–¿Se consume mucho alcohol y droga?
–Más alcohol y en todas las clases sociales. Pero yo trato con los olvidados. Voy allí donde se mantienen los ritos y las costumbres de los indios, de los dueños de la tierra. Y donde nosotros seguimos siendo el invasor, el que va a imponer otra ley. Santa Victoria Oeste, El Nazareno, Iruya son lugares adonde yo he ido precisamente con la ley. A Iruya fui como secretaria por un cargo de homicidio. Subí en un vehículo todo terreno a ese lugar a mil metros sobre el nivel del mar –hay momentos del viaje en que ves los cóndores y las nubes debajo–. ¿Qué había pasado? Era carnaval. Estaban todos machados. Había una pareja. El bailaba con otras mujeres –nada distinto que en el resto del mundo–. Ella se puso celosa, decidió suicidarse y se tiró por la pendiente. No se dio cuenta de que tenía el hijo en la espalda. Murió el bebé y ella no. Ibamos entre otros un asistente social y un psicólogo. La llevamos detenida a la ciudad, embarazada de seis meses. Subimos al vehículo y cuando quisimos darnos cuenta vimos al marido corriendo detrás. Nunca entendió por qué la llevaban. Por qué era castigada. Esta mujer terminó dando a luz en El Buen Pastor –en esa época no había Servicio Penitenciario– y con el marido, allí sentado en cuclillas, como un perrito esperando el resultado del juicio. Fue muy fácil defenderla porque ella nunca registró que tenía el hijo atrás. Sintió dolor, pero no se sintió culpable. Sencillamente ella no sabía que lo tenía a la espalda. Lo tenía incorporado como un cordón umbilical, como al hijo que se lleva en el vientre. Nunca habló. Mi contacto fue a través de la mirada, una galletita, un abrazo que ella rehusó. Es así. Los olvidados son silenciosos. Cuando se hacen los estudios antropológicos correspondientes se comprende que para esta gente es más dramático perder una oveja que un hijo.
–Edward Shorter en “El nacimiento de la familia moderna”, en su análisis de la sensibilidad popular en el siglo XVlll presenta innumerables documentos sobre el duelo prolongado, que el campesino francés hace de su caballo muerto y no ante un hijo.
–Es que, mientras que la oveja les da la lana y les da la leche, ellos tienen tantos hijos que están acostumbrados a que se mueran y haya una boca menos. Esto no es falta de sensibilidad sino que el niño muerto pasa a ser el angelito al que se le hace el velorio. Entonces ¿cómo te manejás vos con esos patrones? ¿Cómo aplicás el peso de la ley? Otra vez fuimos a El Nazareno, un lugar soñado por la belleza del paisaje, donde las casas se mantienen colgadas de las laderas de los cerros y como son de adobe que está hecho con la tierra del cerro, parece que el cerro hubiera tomado relieve y adoptado forma de casas. Se pensaba en un caso de “sedición” o de “ataque a la propiedad privada” porque un grupo de trabajadores municipales había tenido conflicto con los salarios y se habían “producido desórdenes en la vía pública”. ¿Qué había pasado en realidad? Cuatro personas de la municipalidad de Nazareno y luego de ver un poco –porque alguna que otra televisión hay donde ver la noticia de una olla popular– hicieron un locro frente a la municipalidad adonde hacía seis meses que no les pagaban.
–En el espacio público del cerro.
–Pero manifestaron. Eso es lo importante. Yo les decía “no se avergüencen”. Habrán sido a lo sumo tres familias, porque encima era domingo. Tampoco era una toma porque se podía entrar y salir. El grupo no daba ni para una cadena humana que impidiera el paso. O sea que no era invasión a la propiedad. Ellos no podían entender qué habían hecho. Y de paso, ya que el tribunal se constituyó allá, se trató un caso de homicidio culposo. Y hubo también la denuncia de un cura porque le habían robado las imágenes de la capilla. Había sido un coya con un delirio místico, pero con mucha influencia de los evangelistas. Nos vino a ver con su Biblia bajo el brazo. Le preguntamos “¿Usted las robó?”. “No, no las robé. Mi padre las donó a la Iglesia y yo que me he transformado a la religión evangelista, consideré que no había que adorar falsos ídolos. Porque Isaías dijo, bla, bla,bla ...
–Además las imágenes eran de su padre.
–Es decir que un coya acusaba a la Iglesia de idolatría. Me acuerdo de una inimputable, una mujer que había sido prostituta y que estaba internada en el manicomio. Ella soñaba con tener, para cuando cumpliera sesenta años, un vestido rojo de tul y zapatos haciendo juego. Entonces los locos empezaron a juntar moneditas y cuando ella cumplió años le regalaron el vestido y los zapatos. A los cinco días se murió. Hay otro mundo y otra ley detrás de las rejas. Adonde no hay realismo mágico, hay realidad y hay magia, pero también puede haber denuncia.

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