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Viernes, 1 de octubre de 2010

RESCATES

La arriesgada

Celia Torrá (1899-1962)

 Por Claudia Lopez Swinyard

Una mujer es una apuesta arriesgada es el revelador título que eligió la sueca Christina Olofson para un documental sobre las peripecias de seis directoras (“directores”, corrigen los entendidos) de orquesta. Dirigenterna suena en sueco un film que desenmascara el porqué de un trabajo donde las motivaciones llamadas “culturales”, esto es, conservadoras, elitistas y empresariales, se mezclan en un equilibrio perfecto. Las “directores” son, junto con las “compositores”, dentro del universo de la música llamada clásica, pocas. En nuestro país contamos con una que cumple con el triple espectro profesional que requiere aquel universo: concertista, compositora y directora de orquesta.

“Somos un pueblo joven”, dijo alguna vez Celia Torrá, más preocupada por su organización material que por su organización espiritual. “Pero no por eso hay que transigir con la incomprensión”, subrayó con énfasis. El énfasis, la obstinación, suelen ser necesarias si de lograr comprensión se trata. No faltó en su hogar, en la alegría con que Teresa Ubach, su pianista madre, la vio partir de Concepción del Uruguay a Paraná para estudiar violín, y luego a Buenos Aires. Su madre sabía muy bien que la formación musical tenía un nombre: Alberto Williams. Mientras tocaba el piano frente al “Maestro”, Torrá profundizaba sus estudios de violín con América Montenegro y estudiaba composición con Andrés Gaos. En 1909 gana el premio Europa y parte a Bruselas a estudiar con Cesar Thompson. Ni los premios ni la adquisición de una técnica cada vez más refinada la retienen y decide viajar a Hungría para estudiar con Jenö Hubay y Zoltan Kodaly. Mientras la crítica musical de la iluminada París destaca su destreza en el manejo del arco (“condición poco común en una mujer”, afirma la prensa), estalla la Primera Guerra Mundial. Con el título de “Virtuoso” y el arco bajo el brazo, se queda en Lyon tocando a beneficio de las víctimas y trabajando para la Cruz Roja.

Luego de ocho años, regresa. La Gran Guerra le ha abierto los ojos y Entre Ríos contará con sus conciertos a beneficio (como “botón” de muestra está el órgano de la Iglesia de Concepción adquirido gracias a ella) y sus clases. Aunque vuelve a París en 1919, becada y para estudiar composición con Vincent D’Indy, el contraste cultural Europa-Latinoamérica pasa a ser el centro de sus preocupaciones, mientras sigue de gira con su violín por Francia, Suiza y Alemania.

La oportunidad de dar ese otro “giro” le llega en 1921. La cartografía de este año tiene lugares y hechos más y menos conocidos: en el Sur, el fusilamiento de 1500 obreros a manos del coronel Varela; en el Norte y Noroeste, el trabajo de difusión musical llevado a cabo por la Torrá a pedido del gobierno de Yrigoyen; en la capital porteña, la marcha de los chacareros por Avenida de Mayo, la construcción del Teatro Cervantes por Avenida Córdoba y, en la calle Corrientes, la presentación del conjunto de danza y música folklórica del santiagueño Andrés Chazarreta, gracias a la gestión de Ricardo Rojas. La incansable Celia continúa sus estudios bajo la guía del argentino Athos Palma. Este último maestro le enseña su “teoría razonada de la música”; y ella inicia una febril etapa de composición. Sin descuidar su vocación de directora, funda en 1930 la Asociación Coral Argentina, organismo que ocho años más tarde se fusiona con la Asociación Sinfónica Femenina. Dirige unos 200 conciertos. Entusiasmada con su “vuelta al teclado”, compone su “Sonata para piano”: en 1934, la crítica admite que esta sonata es una de las mejores de su tipo de nuestro repertorio.

La organización espiritual por la que Torrá bregaba empezaba a cobrar forma a instancias del gobierno de Perón. A partir de 1946, obreros y trabajadores se suman a las “minorías cultas” y pueden disfrutar de los encantos de Beniamino Gigli, Yehudi Menuhin y Alexander Brailowsky... Los domingos a la tarde se agotan las entradas populares en menos de lo que canta un gallo. En 1949 suben al escenario del Colón dos mujeres: Maria Callas y Cecilia Torrá. El mérito de nuestra menos conocida y glamorosa Celia fue haber sido elegida para dirigir fragmentos de su propia “Suite Incaica”, y pasar a ser la primera mujer en subir al podio de nuestro vernáculo coliseo. Ese mismo año se pone allí en escena el sainete de Vaccarezza, El Conventillo de la Paloma, y se crea la Escuela de Directores de Orquesta. Pero la concertista, compositora y directora aclamada internacionalmente decide volver a dar un “giro” y trabaja en el Jardín de Infantes “Mitre”. Nunca olvidó, de sus viajes y estadías, la emoción que le producían los coros majestuosos de las catedrales europeas. Tal vez por eso, su última apuesta fue la fundación y dirección del coro de obreros de la Fábrica Philips, actividad que sostuvo hasta 1962, año de su muerte. Alguna vez escribió: “Mi mayor aspiración es no haberme ido de este mundo sin haber cumplido mi destino”. Y lo cumplió. Porque, como dice la ruda Veronika Dudarova en el documental, a propósito de su empeño en ser directora, “sólo los pobres soldados no quieren ser generales”. Aunque no escuchemos su “Sonata para piano” o su “Suite Incaica” y Celia Torrá sea, para muchos, sólo el nombre de la calle 7 del Oeste-Sur de Concepción del Uruguay.

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