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Viernes, 11 de febrero de 2011

TEATRO

Triste empresa

Campos de Aloe pone en escena la cara oculta de ciertas aventuras conocidas ampulosamente como microemprendimientos y el ejercicio miserable de embaucarse entre pobres.

 Por Sonia Jaroslavsky

Campos de Aloe comienza con una escena que dispara respuestas a una pregunta que no se escucha pero se sospecha cuál es. El espacio donde transcurre la pieza es el de una diminuta oficina, decorada con sencillos muebles, que quieren aparentar “seriedad” y “confianza”. Erna, la cara del emprendimiento familiar de cremas cosméticas, escucha desde su pequeño escritorio las palabras de Celina y Mónica, dos potenciales clientas: “Celina dice: cuando voy al cine voy el día que tengo el cupón del 2 X 1. Con la ropa lo mismo. En la vidriera veo lo que me gustó, pero a la hora de comprar, veo lo que me alcanza. Con las vacaciones, cuando me puedo ir, siempre me termino yendo a Piedra del Aguila porque tengo una amiga que me presta la casa, pero no es el lugar al que yo quiero ir..., pero como me ahorro el alojamiento...”. Los comentarios de Celina le dan el pie exacto a Erna para infundir un discurso que comienza suave y se vuelve más pasional y que remarca frases como: buscar un cambio; basta de rutina, que se termine el no puedo y no soy nadie; o el ustedes son las protagonistas de su vida. Ya exaltada en el esplendor de su disertación, arremete: “¿Saben por qué? Porque esta empresa es para la gente que se diga ‘yo quiero gobernar mi vida’.... Por algo los ricos son ricos, porque no trabajan por plata, invierten, esto es, la plata trabaja para ellos.” La escena tiene algo de religioso, de instancia de conversión, y la salvación sólo llegará una vez que la inversión –o el diezmo– se vierta en las manos que la solicitan. Mónica se convence y pone sus últimos ahorros, los que eran para su máximo deseo: festejar el cumple de su hija en un pelotero a lo Disney. Después, será cuestión de “voluntad”, “perseverancia”, que el emprendimiento dé los frutos prometidos. Pero la inversión nunca se recupera, la ganancia es algo lejano, y la culpa siempre será de la vendedora: catalogada como mujer poco seductora, frustrada y de estima baja.

A continuación, las máscaras caen y la empresa de cosmética se convierte con un simple movimiento de muebles en un monoambiente donde la madre y sus dos hijas apenas pueden arreglárselas para que entren los colchones para dormir. La madre (Patricia Duben es Erna) está a cargo del speech embaucador de la empresita. Celina, la hija menor (a cargo de la actriz Fernanda Bercovich), tiene por tarea traer a posibles víctimas de estafa. Así la encuentra a Mónica (Bárbara Irisarri) en una salita de pediatría de barrio. También está Betia, la hermana mayor (Eleonora Gottlieb): ella es la que ideó el microemprendimiento que les saca dinero a mujeres hundidas en la desesperación a cambio de cremas truchas. Ella también es la que lleva las cuentas del hogar, pero el dinero se lo guarda la madre. Lucha del pobre contra el más pobre, en el seno de la misma familia, se roban lo que le roban a otra. En un círculo de malestar, nadie puede salir adelante.

El espectáculo Campos de Aloe, interesantísimo y cuidado primer trabajo de Ana Barletta, se alimentó de distintas fuentes, pero fundamentalmente de la propia experiencia de la directora: “Cuando tenía 20 años –ahora tengo 27– trabajé en una empresa que se dedicaba a la venta directa de purificadores de agua, por lo que hay en la obra mucho material filtrado de la labor del puerta a puerta”. Es inevitable no situar o no asociar el mundo de este tipo de venta con la época de los ’90 en la Argentina. Asiente la directora y dice: “Un momento del país disfrazado de trencito carioca con papel picado mientras una clase media se venía abajo y, desesperada, daba el último manotazo de ahogado”. Barletta agrega que ese mismo contexto hizo que la mujer saliera a trabajar, convirtiéndose en muchísimos casos en único sostén familiar. Esta es la realidad de las Pedemonte: bajo el título de microemprendimiento manotean a otro que también se está ahogando y que a la vez cree que al hundirlo se va a salvar. En el espectáculo, también se cuela otra temática que surgió de explorar en el mundo femenino con el aporte creativo de las mismas actrices. “No tardó –aclara Ana– en salir en el espectáculo el abordaje de la mujer exitosa, la competencia con la otra, el trabajo entre mujeres, las herramientas de seducción de una mujer a otra para venderle un producto. Una película de la cual nos nutrimos –continúa Barletta– fue Happiness, particularmente en el aspecto que hace hincapié en la ‘felicidad aparente’, en la presión que sentimos por ser felices, y si no, por aparentarlo. Podría decir que este juego de lo aparente y lo real es el eje primordial de la obra. Trabajamos con ironía y humor en estas frases hechas: no importa lo que tengas, lo que hagas, lo que escondas, es todo una cuestión de actitud. Hay que venderse y Campos de Aloe es una empresa de venta directa de cremas, pero lo que enseña, promueve y vende es el poder del convencimiento, aunque todo este montaje esté lejos de la realidad...”

Campos de Aloe. Domingos, 21 hs. Camarín de las Musas. Mario Bravo 960. $ 35 y $ 25 con descuento. Reservas: 4862-0655.

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