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Viernes, 11 de febrero de 2011

Azúcar amarga

En su segunda realización, Dulce espera, Laura Linares reconstruye la historia de amor entre un preso y una chica pobre, desnudando –con emotividad, lírica y sin clichés– la crudeza de la marginalidad, de la religión y de la ley.

 Por Guadalupe Treibel

“Por ese palpitar que tiene tu mirar / yo puedo presentir que tú debes sufrir / igual que sufro yo por esta situación / que nubla la razón, sin permitir pensar”, entona el Rey Gitano en “Porque yo te amo” y las palabras bien podrían ser leitmotiv de Dulce espera, el film de Laura Linares, un pseudodocumental sobre un amor agridulce y a distancia, prefabricado a base de canciones de radio, faltas de ortografía y situación carcelaria. Es que Valeria Quiñelén, protagonista, dueña de tamaños ojos morenos, conoce a Lucas Jaime Torre un día de visita, estando él preso. El le pide que le escriba; ella le escribe. El devuelve la gentileza y se enamoran. Llaman a la radio; se dedican canciones de Leo Mattioli o Karina. Se quieren; simbólicamente se quieren. Y después se quieren más (“¿Tipo de visita?”, preguntará el policía; “Intima”, responderá ella) y tienen a Angelito, un bebé precioso y llorón. Pero Valeria sigue afuera y Lucas, adentro.

“Las circunstancias adversas y la clase social condicionan el vínculo, lo atraviesan por completo”, analiza Linares sobre la historia que da marco a Dulce espera y que –en apenas 80 minutos– se tira de cabeza en la pileta argumental y muestra cómo es posible otro amor, cómo se viven las ausencias, cómo la mujer sale a flote y construye su matriarcado. Cómo se conjuga, en definitiva, la justicia, la moral y la religión en la Bariloche profunda.

Con la sensibilidad a flor de piel en la cotidianidad, Linares no sólo encuentra belleza en el lugar menos pensado: logra tridimensionalidad en todos sus personajes –reales ellos–. Una poesía clavada en la pared de la casucha de Valeria que arranca con la sentencia “El amor es paciente” no es dato menor. Como tampoco lo es un versículo de Corintios elegido por Ana, mamá de Lucas. O una fotito carnet de su hijo y su hombre sobre el poster de “Boca campeón”. Al son de música para la ocasión compuesta por Peteco Carabajal, detalles como enfriar una cerveza en un patagónico charco sucio o bañarse a base de olla y voluntad (cuando no hay grifería a mano) también construyen relato.

Y en el devenir de la verídica historia de amor, lejos de las convencionalidades documentalistas, la realizadora redefine el género (¿híbrido ficcional?) y capta más que una anécdota: detiene la lente en una población desfavorecida. “Hay mucha condescendencia en la óptica polarizada del pobre como víctima/victimario. Valeria y Lucas son víctimas de un sistema injusto, sí, pero no son pobres pasivos. El tema del golpe bajo en la producción social contribuyó a la miserabilización y es una propuesta caduca. Me parece importante que, desde el cine, se sigan abordando situaciones concretas que afectan a personas que siguen estando en la misma situación. Pero para contar una historia desde lo social, hay que marcar cuestiones universales”, postula una Linares que, además de realización, estudió periodismo y sociología.

Has mencionado que preferís al pobre que se rebela antes que el que se deja morir...

–Tal cual. No estoy diciendo que me parezca bien que el pobre salga a robar, pero, por supuesto, lo entiendo. Es más normal eso que comer comida del basurero, como hacen tantos. Lo que es una locura es la naturalización del cuidado del bien privado antes que el del instinto de supervivencia. Lucas es un pobre que no va a la iglesia como le dice la madre, que no trabaja en la construcción por 100 pesos a la semana. Es un pibe que claramente se expresa, se rebela y dice: “No es justo el lugar donde estoy parado”. Valeria ve en él a una persona valiente y a un potencial proveedor. No son chorros per se: son humanos con historias complejas. Hay que desnaturalizar el discurso instalado. En cierto punto, esa es la función de estas películas: generar empatía y mostrar que la delincuencia no es natural ni espontánea.

Más allá de que el film esté centrado en la relación de Valeria y Lucas, los vínculos más fuertes y concretos terminan siendo entre mujeres: ella y sus amigas, ella y Ana. ¿Por qué creés que se da esta situación?

–Porque en esta situación extrema que viven los protagonistas, el hombre es un ausente y la pobreza lo baja a la animalidad. Como en épocas de antaño, sale de cacería o se va a las guerras y no vuelve; en el intento de conquista, de conseguir comida, puede morir.

Tres ejes temáticos fuertes estructuran el film y están representados –casualmente– por las protagonistas femeninas: Valeria ocupa el lugar del amor, la familia; Ana, madre de Lucas, el de la legalidad y lo religioso...

–Es una síntesis clara. Valeria es el romance. La madre, en cambio, es la única opción hacia la libertad, dado que se ocupa de ir a los juzgados. Es también la que baja la línea de lo religioso, intentando enseñarle su moral. Aunque no puede; llega tarde.

Aunque se trata de un film documental, el límite con la ficción está desdibujado. ¿Cuánto hubo de guionado o de dirección de los protagonistas?

–Sabía qué quería contar antes de empezar a filmar; por eso, muchos aspectos fueron manipulados para que encajaran en el guión. El proceso fue larguísimo y, cuando finalmente pudimos empezar a rodar, Valeria ya estaba embarazada de seis meses. Así, el guión se me cortó a la mitad: no podía contar el romance inicial, el carteo, el noviazgo. Por eso, el film tiene una parte en el documental y otra en la ficción. Una vez que ella ya había tenido el bebé, flaquita y deshinchada, empezamos a contar el principio de la relación. Tener a Felipe Guerrero, un artista colombiano grosísimo, como montajista ayudó mucho al armado; tiene claras nociones de guión y estructura. De todas formas, más del 60 por ciento de las escenas son estrictamente documentales. Sobre todo, las más fuertes: las dos charlas de Lucas con la madre, su salida en libertad, cuando conoce a su hijo, la reunión de Avon...

¡La escena de Avon es antológica! Hay algo muy trash, entre bizarro y crudo, cuando Valeria asiste para capacitarse como vendedora de productos.

–Te digo que el crudo era increíble, pero no quisimos abusar ni burlarnos. De hecho, dudamos en sacar la escena porque era muy parecida a las de la iglesia evangélica a la que asiste la madre de Lucas... Y me costó ubicarme respecto a la iglesia. Más allá de que soy atea y, de mí para arriba no creo en nada, funciona como contención para una clase social para la que la Iglesia Católica ya no está funcionando; por eso no quise ser descarnada ni disparar obviamente, aunque no comparta muchas cosas. En todo caso, dejé que Lucas hablara por mí.

¿Es habitual que las lugareñas conozcan a presos por carta?

–Entre las chicas del barrio, sí. Generalmente, empieza por un pedido del preso. Su única posibilidad de conocer chicas es carteándose.

En el documental, queda sugerido que el bebé fue un error. ¿Se habló de aborto en alguna ocasión?

–Tener un hijo fue abiertamente una intención de Lucas; él lo quería. Y para Valeria se trataba de tener algo propio. El hombre se va a la guerra pero le deja un hijo... El tema del aborto me sorprendió tantísimo; se lo pregunté a ella con mucha naturalidad y se ofendió muchísimo. Las personas más desprotegidas y afectadas son las que compran la prohibición. Consumen esa moral recontra conservadora como consumen la novela mexicana.

Resulta llamativo una escena que se repite a lo largo de Dulce espera: el momento íntimo del baño de Valeria, ¿qué función cumple en el relato?

–Lo pensé desde mi lugar: la mujer que se arregla y pone linda cuando va a ver a la persona que quiere. Prepararse, depilarse, me resulta muy femenino. También es limpiarse del aturdimiento, de tanto momento difícil, de encontrarse con la realidad de tener un hijo que no para de llorar.

En cuanto a la locación, mostrás una Bariloche profunda y bella, aunque marginal, distinta a la foto de postal.

–Yo me siento muy patagónica y la Patagonia excede la postal turística de Bariloche; no es representativa. Lo único que hice fue rescatar mi mirada: ni el cerro ni el centro. Veo más belleza en la placita inundada que en el pino perfectamente nevado. Claro que no pude dejar de hacer mención del centro, la parte comercial; como contexto y contraste.

Al momento del rodaje, ¿por qué elegiste trabajar con un equipo íntegramente femenino?

–Para ganar terreno en cuanto a la complicidad, la confianza. En la cotidianidad de Valeria, teníamos que ser todas mujeres. Si hubiese habido un hombre, algo se habría roto. Además, sin generalizar, en mi experiencia, a muchos técnicos no les es fácil reconocer rápidamente la dirección de una mujer.

Dulce espera se exhibe los viernes y domingos de febrero a las 20 en Malba, Avda. Figueroa Alcorta 3415. Entrada: $18. Estudiantes y jubilados: $9.

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