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Viernes, 1 de abril de 2011

El hábito no hace a la novicia

La novicia rebelde es, desde la clásica interpretación de Julie Andrews, una institutriz fuera de serie: demasiado buena, demasiado lozana, demasiado americana. La versión local mantiene igual distancia con la imagen de severidad soñada y con la bipolar y austríaca señora que le dio inspiración a este personaje.

 Por Laura Ramos

La novicia rebelde es, debe ser ante todo, una institutriz. Como su parienta Mary Poppins, como Miss Kate Ellis, la gobernanta inglesa de Victoria Ocampo, o Mademoiselle Alexandrine Bonnemason, su camarada francesa; como Jane Eyre, la institutriz más hardcore de la literatura anglosajona. Pero Julie Andrews tiene muy pocos de los atributos de la verdadera gobernanta. En primer lugar, es rubia y norteamericana. Una verdadera gobernanta es inglesa, como Julie Christie en Miss Mary (al menos alemana, como mi bisabuela paterna, o suiza, como Mademoiselle O, la institutriz de Vladimir Nabokov en la Rusia imperial). Pero nunca norteamericana. En segundo lugar, Julie Andrews es saludable. Sus mejillas son rosadas, se viste con colores claros, tiene una dentadura vergonzosamente sana y radiante y, fundamentalmente, no sufre, no padece.

Aunque su cabello es castaño, de la vital, exaltada protagonista de la obra teatral actualmente en cartel en Buenos Aires, Laura Conforte, podríamos decir lo mismo. La institutriz genuina es un ser oscuro, lóbrego, sentimental y apesadumbrado. La novicia rebelde de Julie Andrews es un colegial revoltoso travestido de monja austríaca, una Mary Poppins poseedora de una ingenuidad, vivacidad, seguridad en sí misma y sereno poder sobre los niños que ninguna institutriz europea podría lograr. “Yo tenía que correr detrás de mis alumnas, llevarlas o arrastrarlas hasta la mesa y, con frecuencia, tenerlas sujetas a la fuerza hasta que la lección había terminado”, dice Agnès Grey, la heroína de Anne Brontë, la institutriz entre institutrices. Anne Brontë, que trabajó como institutriz toda su vida, escribió a su hermana Emily, que detestaba ese trabajo: “La tarea de la instrucción es ardua para el cuerpo y la mente”. Muy lejos del espíritu jovial de Julie Andrews y del de Laura Conforte, y más cerca del de las hermanas Brontë, a la verdadera Maria Kutschera, luego Fräulein von Trapp, le sobrevenían unos ataques de furia que dejaban paralizados a sus hijastros. Las fotografías en blanco y negro que muestran su mirada tan extrema, clara y fija, una mirada de poseída en cierta forma, un rictus amargo en sus labios, como marca de nacimiento o de crianza, develan que entre ella y Julie Andrews –mucho menos entre ella y Laura Conforte– no existe ni existirá coincidencia alguna.

La verdadera Maria Augusta Kutschera nació a bordo de un tren, camino al hospital, en 1905, en el Imperio Austro-Húngaro. A los siete años quedó huérfana, y esto dice muchísimo a su favor en su carrera como institutriz. A los dieciocho se graduó en el Colegio Público para la Educación Progresista de Viena para ingresar, como novicia, en la Abadía de Nonnberg, un convento de monjas benedictinas en Salzburgo. Una vez en el noviciado, fue requerida para trabajar como institutriz de María, una de las hijas del comandante de la Armada Georg Ludwig von Trapp, un viudo reciente.

Como Julie Andrews, menos de un año después de haber conocido a la familia Von Trapp y entrado a trabajar en la casa, Maria abandonó el convento y se casó con el comandante. “Yo amaba a los niños y me casé con ellos antes que con él”, confesó en su autobiografía The Story of the Trapp Family Singers (1949). “Luego aprendí a amarlo, y lo amé más que a nadie antes o después”, aclaró luego. Pese a su reticencia, juntos tuvieron tres hijos más.

Por su parte, Georg von Trapp no es descripto por sus biógrafos como el patriarca de sangre fría que abominaba de la música, tal como Christopher Plummer nos hizo creer. Georg era suave y cariñoso, y disfrutaba de las actividades musicales con su familia. Quien no era tan dulce como se empeñó en mostrarnos Julie Andrews es la verdadera Maria: la ex novicia tenía arranques de enojo, gritaba, tiraba cosas y golpeaba las puertas. En una entrevista en 2003, su hijastra Maria dijo que Fräulein von Trapp “tenía un temperamento horrible. De un momento a otro no sabíamos qué podía haberla herido. Nosotros no estábamos acostumbrados a eso. Luego aprendimos que era una tormenta que pasaba, porque al siguiente minuto se volvía encantadora”.

El comandante Von Trapp tampoco era tan próspero como lo muestra la comedia musical: después de casado invirtió toda su fortuna en un banco que quebró y tuvo que declararse en bancarrota. A partir de entonces, la familia comenzó a dedicarse profesionalmente a la música, una de sus grandes aficiones. El padre y los hijos tenían inclinaciones musicales desde antes de la llegada de Maria, aunque es cierto que ella les enseñó a cantar los madrigales seculares que había aprendido en el convento.

La edición argentina de La novicia rebelde se detiene con insistencia en dos tópicos: la Iglesia Católica y Salzburgo. La ciudad de Salzburgo, cuyo folklore es alegóricamente político en la Austria del Anschluss, se construye como un leitmotiv en la versión teatral. Se trata de la misma Salzburgo del escritor austríaco Thomas Bernhard, aunque no parece la misma: “Salzburgo es una fachada pérfida en la que el mundo pinta ininterrumpidamente su falsedad, y detrás de la cual lo (o el) creador tiene que atrofiarse y morirse lentamente. Mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal, con la que sus habitantes nacen o a la que son arrastrados y, si en el momento decisivo no se van, se suicidan súbitamente, directa o indirectamente, antes o después, en esas condiciones espantosas, o perecen directa o indirectamente, lenta y miserablemente, en ese suelo de muerte, arquitectónico-arzobispal–embrutecido-nacionalsocialista-católico, y en el fondo totalmente enemigo del ser humano” (Relatos autobiográficos, 2009).

Los coros de monjas –que ya en la película sólo son soportables bajo la condición de ser leídos como musicales de películas de Pedro Almodóvar–, escudo y emblema de la Iglesia Católica, se llevan casi una tercera parte de la comedia musical. Vestidas como modelos de Pablo Ramírez, las monjas con sus hábitos –notables sopranos, mezzosopranos y contraltos– parecen llevar también el mensaje político-moral de la trama (Desfile de Pedro Ramírez 2007: Ten piedad de nosotras). Frente a la invasión nazi sobre Austria, la Iglesia Católica de La novicia rebelde, edición argentina, parece encerrar en sus claustros la quintaesencia de la resistencia de la guerrilla revolucionaria contra el nacionalsocialismo. Los coros de monjas abren y cierran la obra, la llevan sobre sus hombros, se podría decir (la película de Julie Andrews terminaba con la ascensión de la familia Von Trapp a las montañas).

El Festival de Salzburgo, segundo leitmotiv del musical y pasaporte a la libertad de la familia Von Trapp, no es tratado con menos severidad por Thomas Bernhard: “Para el que aprende o estudia, e intenta encontrar su orden y su derecho en esa ciudad, que sólo es famosa en todas partes por su belleza y su construcción, y que en la época de los llamados Festivales es además famosa todos los años por el, así llamado, Gran Arte, esa ciudad no es más que un museo de la muerte, frío y expuesto a todas las enfermedades y vilezas, en el que crecen todos los obstáculos imaginables e inimaginables que desintegran y hieren en lo despiadadamente más profundo sus energías y dotes y disposiciones intelectuales, y pronto la ciudad no es ya para él una hermosa naturaleza y una arquitectura ejemplar sino nada más que una impenetrable maleza humana, hecha de abyección y vileza y, cuando camina por sus calles, no camina ya rodeado de música sino que se siente nada más que repelido por el lozadal moral de sus habitantes”. Pese a todo, o por todo ello, tras la subida del nazismo al poder, la familia Von Trapp, efectivamente, huyó de Austria. Se exilió primero en Italia y luego en Estados Unidos. En el mundo se los conoció como el Coro de la familia Von Trapp.

(Ultimo apunte: una buena razón que explicaría la lozanía de su tez en La novicia rebelde podría residir en la formidable revancha sobre Audrey Hepburn que esta película significó para Julie Andrews. La rivalidad entre las dos actrices se arrastraba desde un par de años antes. Cuando la familia Von Trapp no existía aún para Hollywood, Julie Andrews trabajaba en Broadway junto a Rex Harrison como protagonista de la versión teatral de Mi bella dama. Ella era Eliza Doolittle, la florista cockney transformada en una dama por el severo profesor de fonética Henry Higgins (un Pigmalión moderno y ultramachista). Cuando la Warner adquirió los derechos para llevar la obra a la pantalla, todos creían que sería Julie Andrews la elegida. Pero, por fortuna para el cine, la elegida fue la adorable y morena Audrey Hepburn, que acaba de protagonizar Charada con Gary Grant. Ello destrozó completamente a Julie Andrews, pero no por mucho tiempo. La productora de Walt Disney pronto la escogió para interpretar a otra joven excéntrica: Mary Poppins, que, aunque no tenía el glamour de My Fair Lady, la condujo, post-Oscar 1964, a La novicia rebelde de 1965.)

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