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Viernes, 5 de agosto de 2011

CINE

Relaciones muy intrincadas

Los fantasmas de la desigualdad, el maltrato y la subestimación surgen cuando se habla del intercambio entre trabajadoras domésticas y quienes las contratan, una temática que trata con mirada sensible el realizador panameño Abner Benaim en Empleadas y patrones.

 Por Moira Soto

Antes: criadas, sirvientas, fámulas, doncellas... Ahora: asistentas o empleadas domésticas es la denominación correcta, pese a que –según el nivel social de quien las contrata localmente– se las sigue llamando coloquialmente mucamas, muchachas, chicas, señoras por hora. Como quiera que se las nombre, las variadas tareas domésticas que realizan estas trabajadoras carecen de prestigio (ninguna niña diría que de grande aspira a ser empleada doméstica), no requieren especialización ni títulos. Sin embargo, se da la paradoja de que esas mismas labores –que van de ordenar y limpiar a lavar la ropa y planchar, a veces cuidar chicos/as y hacer las compras– cuando las hacen las amas de casa, esposa y/o madres, se suele dar por supuesto que revelan virtudes “femeninas” como la atención del otro, ser hacendosas y prácticas, amén de cumplir con lo que la división sexual ancestral patriarcal del trabajo asigna a las mujeres.

Pero hete aquí que cuando esas amas de casa, particularmente de los sectores medios, toman como empleadas (en la actualidad, por hora, salvo excepciones) a otras mujeres para que las ayuden en los rutinarios, interminables, a veces pesados quehaceres, si hay un mínimo de conciencia social, es muy posible que las empleadoras experimenten una cierta incomodidad cercana a la culpa: por delegar esas tareas, porque la señora que viene a limpiar seguramente vive en condiciones muy por debajo en materia de confort y además no le queda otra que dejar a sus hijos para venir a cuidar los ajenos, porque a ella nadie le limpia su casa y debe hacerse cargo al regresar, obviamente agotada... Acaso en ningún otro empleo aparece tan vívida y marcada la diferencia social, por más que ésta no sea siempre abismal.

Pero una sabe, todas las que recurrimos a algún tipo de auxilio doméstico pago lo sabemos, que esa señora por hora está teniendo la vivencia cotidiana y continua, sensorial y emocional de todo lo que ella carece o tiene en una escala mucho menor. Si percibimos esa contradicción, probablemente tratemos de compensar de algún modo –con trato afectuoso e igualitario, con regalos– esa inequidad tan instalada. Sin duda, siempre hay un trasfondo en esta relación que remite a formas de esclavitud –sin necesidad de remontarse a la Antigua Grecia o al secuestro y sometimiento de los negros en los Estados Unidos– en esta situación de tener a alguien a nuestro servicio personal, a una persona que –cualquiera sea el tono– recibe órdenes, indicaciones, enmiendas. Que debe amoldarse a los gustos, tendencias, manías, controles de su empleadora. Porque finalmente, las empleadas domésticas dependen de la rectitud y la amabilidad de sus empleadoras, las “patronas”, como ellas mismas las denominan, esas extrañas de las que a través del tiempo van conociendo detalles íntimos, tanto al ordenar un placard del baño como al ser testigos de escenas de la vida familiar.

Este sentimiento de culpa respecto del maltrato en diversos planos que han sufrido las trabajadoras domésticas a través de los siglos y en todas las latitudes ha llevado, por ejemplo, a idealizarlas como personajes en ese género popular que es la telenovela: desde la época de Nuestra galleguita (1969), a su vez inspirada en un radioteatro y seguida por la remake Carmiña (1975), pasando por Rosa de lejos (1980, versión de Simplemente María, 1969) y sin dejar de lado a la bonne à tout faire (por decirlo tan gráficamente a la francesa) que cuidaba a las chancles en Grande, pa! (tempranos ’90), hasta llegar a la Muñeca brava (Mili, Cholito o Carlitos, a cargo de la deliciosa Natalia Oreiro, a fines de los ’90), muchas han sido las Cenicientas de la tele que terminaron –después de superar las correspondientes pruebas– en brazos del príncipe de la casa donde laburaban (bueno, Rosa, tardíamente, se casaba con su Pigmalión, que viene a ser casi lo mismo). Desde luego, cada tanto se vio a algún ama de llaves madura y maligna, onda Mrs. Danvers en Rebecca, una mujer inolvidable. Pero nunca una rebelión radical contra los amos, como en la obra teatral Las criadas, de Jean Genet, reescrita para el cine por Chabrol (La ceremonia, 1995).

El panameño Abner Benaim viene interesándose en la situación del personal doméstico desde que hizo un documental sobre su familia, y al editar el material advirtió que los testimonios que más lo conmovían eran precisamente los de estos/as trabajadores/as. De modo que se puso a investigar sobre esta temática para un doc, pero en el ínterin dirigió una ficción, Chances (2009), acerca de dos mucamas, Tona y Paquita, que se encuentran a la familia que sirven para lograr que les paguen lo que les adeudan. A fines del año pasado presentó Empleadas y patrones, filmada en Panamá, donde a través declaraciones de unas y otras (hay un par de hombres por el lado de la patronal) se advierte la degradación y explotación de las que son víctimas estas mujeres, a menudo desarraigadas, durmiendo en el peor cuarto de la casa, trabajando sin horario. Evidentemente, si bien hay testimonios de empleadoras, el director se vio limitado porque el material se iba a conocer públicamente. Sin embargo, a medida que avanza el metraje, son las empleadas mayores, quizá ya fuera de mercado, las que toman la palabra y narran tocantes instancias de explotación, humillación, acosamiento y violación. Antes que una buena paga, varias de ellas lo primero que piden es “respeto y cariño”.

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