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Viernes, 5 de agosto de 2011

VISTO Y LEíDO

Recuerda cuerpo

Los poemas de la prolífica Cristina Piña en Meditaciones orgánicas ponen al cuerpo en primer plano sin ahorrar en la lectura ninguna de las incomodidades que es capaz de producir.

 Por Paula Jimenez

“Cuerpo que sos lo que soy”, dice Cristina Piña en uno de los versos finales de Meditaciones orgánicas. Y éstas resultan ser palabras claves, palabras que continúan resonando después de que las tapas del libro se cierran y la poesía comienza a decantar. Es que este encuentro del cuerpo, o del yo, con el ser, ha tomado variedad de imágenes a lo largo de la lectura, se ha deslizado de un verso a otro y de pronto se confiesa así, con total simpleza, cuando Meditaciones... está por concluir. Digámoslo de este modo: mientras que el cuerpo –el yo– es un límite, un perímetro cerrado, el ser trasciende cualquier medida, cualquier individualidad y busca comulgar con lo que no existe. Otras personas, animales, árboles, hasta la memoria misma, pasan a ser lugares de descanso para el yo y esta comunión le impide la soledad: es por ella que el cuerpo –la historia personal– con todos sus sufrimientos y sus cargas, deja de importar. En “Danza”, el tercer poema de la serie Comunión de las especies, Cristina Piña dice: “Voy acomodando los hombros/ a la andadura fácil, / al viene y va que suave/ me empuja hacia adelante/ y siento que mi cuerpo,/ desde la planta del pie/ hasta la cabeza/ se acuerda con un ritmo/ que lo anuda a las flores/ y a los tilos/ lo aproxima al pájaro/ y al gato,/ lo pone en sintonía/ con la realidad”. Desde esta mirada, la realidad es aquella porción bondadosa y feliz del entorno natural que vitaliza el propio cuerpo. Y el paisaje es una pantalla donde se proyecta una emocionalidad intensa, hecha de imágenes livianas y fluidas. En uno de los poemas de la serie Ventanas, dice: “Pasa el amplio río/ de llanura y recorre/las ciudades calientes/ con costa de marfil/ y alhucema/ atraviesa los esteros/ arrastrando todo lo que hay,/ y no hay:/ la mirada de las muchachas/ que bordan sus ojos/ en sábanas de espera,/ el refugio de los animales pequeños;/ el amor y vuelto de dolor/ a contrapelo del tiempo”. Hasta aquí, en la primera parte de Meditaciones... –aunque de a ratos aflore la melancolía– domina una pacífica, equilibrada y cómoda atmósfera, y con ella los lectores experimentamos el verdadero respiro de ser en el otro, con lo otro. Poesía de la aceptación, de la serenidad. Sin embargo, ya desde el comienzo, el uso de ciertas palabras como destrozos, convulso, desolación, convaleciente, y el sentido general de los poemas “De la imprudencia”, vaticinan un sendero oscuro en el que esta poesía se volverá la contracara de todo sentimiento de tranquilidad: el dolor y la enfermedad se tornarán, de pronto, sus temas centrales. El sufrimiento del cuerpo, del yo, por sentir su fragmentación y quedar aislado de lo que lo rodea es muy grande, pero abre, a la vez, la posibilidad de una nueva comunión inesperada: con quienes, como él, experimentan el dolor. Es allí donde Meditaciones orgánicas da su mayor vuelta. “Hermanos infartados –dice la autora con absoluta crudeza– tuberculosos y con delirium tremens,/ con el pie baldado por la parálisis cerebral/ con el páncreas hecho trizas por la infección, / yo como de su mesa y mendigo su pan/ yo busco en la bella analgesia/ el olvido de la sierra que pulveriza mis huesos,/ yo comparto en la desgracia de un cuerpo/ herido por la enfermedad,/ la condición humana abyecta/ que nos hace más hermanos/ que el amor.”

Meditaciones orgánicas es el noveno libro de esta poeta, ensayista, traductora y teórica nacida en Buenos Aires en 1949, cuya trayectoria es extensísima. Entre otras distinciones, ha sido merecedora de la Beca Fulbright en 1982, del Premio Konex en 2006 y de la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento del Senado de la Nación en 2011. Con Alejandra Pizarnik, una biografía que cobró mucha difusión a principios de los años 90, obtuvo el Segundo Premio Municipal de Ensayo.

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