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Viernes, 19 de agosto de 2011

RELATOS

BAILARINA A TODAS LUCES

La genial bailarina y coreógrafa Iris Scaccheri, actualmente retirada, recibió un merecido reconocimiento gracias a la publicación del libro Brindis a la danza (Ed. Leviatan), que ofrece una selección de textos de la artista, acompañados por las fotos que le tomó la poeta Susana Thénon a lo largo de siete años. La vida y la obra de Scaccheri se entrelazan y retroalimentan en capítulos que reflejan sus ritmos, su respiración y sus vivencias profundas.

 Por Moira Soto

Iris golpeó la tierra con una larga vara blanca
Y subió por su propia cabellera.
El espacio giró a su alrededor.
El espacio era un ser de infinitas dimensiones
Que despertaba y baila a su conjuro.
Entonces comprendí que me había encontrado con la danza (...)

Este poema de Susana Thénon precede el primer texto –Cuando el cuerpo habla con una frase– del libro Brindis a la danza, firmado por Iris Scaccheri, la portentosa bailarina y coreógrafa platense que debutara en los ’60, imantando durante décadas escenarios locales y del exterior, principalmente de Europa, bailándose las músicas más diversas, de barrocas a contemporáneas, de variados folklores a rock, también poemas ajenos y propios. Entre sus numerosas creaciones, vale citar Extranjeros I y II en sus fulgurantes comienzos, Carmina Burana, Oye humanidad (en sus distintas entregas), Los locos idilios de una mujer en un palco dorado, La muñeca, Las primaveras de Nijinsky, entre otros tantos. Iris, acertada portadora de ese nombre de la mitología que remite a la mensajera de los dioses y que simboliza la unión del cielo y de la tierra, a menudo representada con alas y con un ligero velo, dejó su impronta en la danza más allá de envidias, omisiones y reticencias.

La edición de Brindis a la danza engalanada con las admirables fotos de Susana Thénon (que ilustran esta nota) estuvo a cargo de Aurelia Chillemi, bailarina, coreógrafa, psicóloga, presidenta del Centro de Investigación y Experimentación de la Danza, amiga de Scaccheri desde hace mucho tiempo: “Mi gran compañera de ruta apoya el proyecto de extensión del IUNA en el que estoy tan comprometida, con la idea de abrir la universidad a la comunidad, que se haga efectivo el derecho al arte, a la danza”. El fruto de esta iniciativa de Aurelia se concreta actualmente en la labor de dos elencos, el Grupo Expresión de Buenos Aires (integrado por bailarines del Departamento Artes del Movimiento del IUNA) y Bailarines toda la Vida (primer elenco de danza comunitaria que reúne a profesores, bailarines, estudiantes y vecinos de toda edad). Hoy y el próximo viernes a las 20.30, en Olleros 3640, culminan las funciones que vienen brindando Expresión y Bailarines, donde se presentan las obras A los niños del hambre, La dama de los vientos, La oscuridad (dedicada a los desaparecidos durante la dictadura) y ... Y el mar (homenaje solidario a los familiares y amigos de los desaparecidos). El taller abierto y gratuito en la fábrica recuperada Grissinópoli, que dirige Aurelia Chillemi, funciona los viernes de 18 a 21, en Charlone 55.

Estos proyectos que creaste y sostenés a través de los años con resultados tan estimulantes ¿le deben algo a Iris Scaccheri en su ética y en su estética?

–Seguramente que sí, porque toda su vida Iris irradió mensajes humanistas muy fuertes. Por sobre todo, le debo a ella su apoyo incondicional. No soy una artista de cartel, estoy siempre en espacios no convencionales y me siento muy respaldada por la presencia constante de Iris en todo lo que voy armando. Alguna vez me dijo que era su amiga en la danza porque sentía que estaba con ella sin copiarla. Nos une una amistad verdadera, me dio algunas de sus obras en las que fui bailarina, un enorme privilegio para mí. Iris está retirada, no se muestra, pero pensante y lúcida como siempre. Nos encontramos semanalmente, conversamos.

¿Cómo llegás a realizar la edición de Brindis a la danza?

–Iris ha reflexionado mucho sobre sus obras, a veces escribiendo. Me leía algunos de sus textos, prosa poética bellísima que anotaba en cuadernos, me contaba historias de su familia, de su vida. Le pedí permiso para tomar apuntes y empezamos a hablar de la posibilidad de hacer un libro. Me prestó sus cuadernos para fotocopiarlos y cuando empiezo a leerlos compruebo que muchos de los relatos de los que yo había tomado nota, ya estaban allí. En consecuencia, mi trabajo fue muy modesto: pasar a la computadora todo ese material, compararlo con mis anotaciones, organizarlo. En realidad, la selección la hizo Iris, con una colaboración mía.

DANZA DE RIESGO

Se trata de un libro que, debido a la escritura nada convencional de Iris y a las fotos impresionantes de Susana Thénon –que parecen salirse de cada página– tiene una singular plasticidad, un movimiento propio.

–Yo también lo creo así. Por eso me pareció que había cosas que no debían ser corregidas, porque correspondían a algo que me dijo ella cierta vez: “Yo escribo como bailo”. Y realmente quedó un libro escritodanzado, con la movilidad y la frescura del arte de Iris. Cuando empezó a mostrar sus obras, ella rompió con estilos, con el gusto de su época, con muchas convenciones, lo que le generó cantidad de amores, mucha admiración, y también gran resistencia de parte de gente –incluso grandes maestros– que no soportaba su trabajo.

¿Quizá porque ella pasó fronteras sin pedir permiso, cortándose sola? En estos últimos años, la danza parece acordarse poco de ella.

–Efectivamente, Iris fue una artista muy solitaria durante mucho tiempo. Dio cursos y conferencias, pero no se formó una escuela. En Prodanza se organizó un homenaje hace pocos años, pero en general no hay suficiente reconocimiento. Por eso ella está viviendo la publicación del libro con alegría y cierta sorpresa. Creo que en la formación académica sería justo resaltar los valores de su figura. Hay gente que da Historia de la Danza y no la incluye, entonces me parece un acontecimiento que en la presentación del libro, el martes pasado en la Sala Lugones del San Martín, se haya exhibido el documental de 35 minutos de Julio Otero Mancini, a quien le he pedido una copia para que esté en la biblioteca del IUNA. Porque hay bailarines jóvenes que no saben de la existencia de Iris, de su paso transformador por la danza, de sus momentos de gloria acá y en el exterior. Esta película tiene imágenes de ella al aire libre, algunos ensayos experimentales, también fragmentos de sus obras. Otero Mancini tiene otros materiales que probablemente den para un largometraje: la idea es presentarlo más adelante, acompañado de galería de fotos, primeramente en La Plata. También están las películas que dirigió la cineasta sueca Suzanne Osten. Sería perfecto que esta muestra se haga en el Teatro Argentino, luego en Buenos Aires.

Además de originalidad y audacia, en sus actuaciones se traslucía un denodado entrenamiento.

–Es que ella era una auténtica virtuosa. Trabajó desde muy chica en el Argentino de La Plata. Se metía en todas las clases, entrenaba mucho. Cuando vino la gran Dore Hoyer de Alemania, la visualizó pronto a Iris, que pasó a ser su artista solista, especialmente con la obra La idea. Sí, el nivel de técnica, equilibrio, resistencia de Iris era extraordinario.

¿Cómo retratarías a Iris Scaccheri en pocas pinceladas?

–El concepto que me surge en primer lugar es: honestidad desde su arte. Ella era siempre ella, absolutamente verdadera, y sigue siéndolo. Todos esos aspectos que mencionamos –creatividad, capacidad de despliegue técnico– convergen en ella junto con su honestidad.

¿Ese rasgo garantizaba su libertad extrema como coreógrafa y bailarina?

–Justamente, esa gran libertad a veces le ha hecho elegir cosas que no eran convenientes para ella, nada más que por ser fiel a sí misma. Así fue que en ocasiones quedó como que era orgullosa o altanera: nada más lejos de la verdad. Pero fue el precio de elegir sin condicionamientos qué hacía, cuándo lo hacía y con quién. Esa libertad era parte del riesgo que Iris asumió plenamente y que le trajo algunos problemas con gente de la danza. Porque ella tomó todos los riesgos, no se privó de nada. Ella confiesa que ha danzado como necesitaba, como creía que debía hacerlo.

Dentro de esa amplitud de miras que la caracterizaba hay que incluir los recursos sonoros que usaba, músicas de todo el mundo, de todas las épocas, sus propios textos dichos por ella.

–También el canto de los gorriones, como cuenta en el libro. Ella tuvo siempre esa mirada sumamente abierta, lo que resultó muy revolucionario en su momento. La obra que Iris bailó en Alemania y que luego yo repuse, Idilios, tiene como fondo sonoro un texto suyo muy hermoso que está para ser publicado. Cuando yo ensayaba esa obra, primero lo hacía con ella hablándome en vivo, pero me llevaba un grabadorcito para seguir trabajando en mi casa. Se aproximaba la función y me hacía falta un CD con la voz de Iris. Entonces, mi amigo Osvaldo Aguilar –músico, compositor– que está conmigo en el proyecto de Arte Comunitario, se fue con su equipo a la casa de Iris. Ella nos recibió vestida de largo, peinada con su moño, como si se tratara de una verdadera función. Y así, como si estuviese en escena, grabamos el disco de Idilios: si algo se trababa, ella lo incorporaba como parte del texto, sin correcciones.

Iris tenía una relación muy estrecha con las artes en general, con escritores, pintores, escultores contemporáneos. Por ejemplo, también, como ella dice, mantenía conversaciones mentales con artistas de otras épocas, como Cézanne.

–Ella tenía ese intercambio activo, sí. Muchos artistas se sintieron atraídos por su danza, la reconocían, se armaba esta combinatoria tan buena. A su vez, ella fue fuente de inspiración: la pintaron, la fotografiaron, la filmaron, la esculpieron. Hubo ese ida y vuelta. En este libro, Brindis a la danza, se comprueba cómo en sus historias de vida hay situaciones, imágenes muy intensas que ella después sublimó y llevó a la danza. Es muy importante que Iris vuelva a estar vigente porque se lo merece muchísimo. Y porque los homenajes hay que hacerlos en vida.

En el caso de Iris Scaccheri, las estrellas parecen alinearse, ya que nace y se cría dentro de una familia de artistas, donde su talento fue alentado, encontró un terreno fértil.

–Es cierto. Desde muy chica, el papá la llevaba a aprender danza en el teatro y aceptaba el deseo de la niña de seguir bailando un rato más, le traía la merienda. El siempre fue tolerante, indulgente con las escapadas de la escuela de Iris, con sus berrinches. Ella tiene un recuerdo muy lindo de este papá violinista tan apacible y contenedor. Yo la seguí mucho, la sentía como mi maestra en el escenario, antes de tomar contacto más personal con ella. Y recuerdo que veía a su familia en el teatro, mucha presencia en sus funciones.

¿Señalarías un enfoque de género en la obra de Iris?

–Ella hace en muchas oportunidades una denuncia que tiene que ver con la opresión de las mujeres. Particularmente en La Muñeca, muestra el prototipo de lo que la sociedad espera de la mujer, sentadita en la mesa de luz. Fue muy fuerte cuando ella bailó esta obra y sobre el final seguía saludando y saludando, como nunca es suficiente lo que hace la muñeca, siempre se le exige un poco más. Iris ha sido una gran defensora de los derechos de la mujer, y en líneas generales de la libertad, a través de sus obras. No de manera obvia, claro, sino a través de símbolos, de una gran estilización. Y en la vida también tuvo esa coherencia: se hizo cargo plenamente de sus ideas, de sus elecciones.

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