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Viernes, 7 de octubre de 2011

PANTALLA PLANA

Por un pelo no fue artístico

¿Qué es lo que molesta tanto del desnudo de Cinthia Fernández? Mientras el debate se enciende y se apaga, sigue en suspenso la pregunta sobre qué límites implica el concepto “televisión abierta” y cuáles son los tabúes que todavía decidimos sostener.

 Por Graciela Zob

Que se haga justicia. Unos minutos antes de que se produjera el ahora famoso internacionalmente desnudo de Cinthia Fernández, otra pareja de participantes habían intentado, y no con pocos bríos, provocar el estupor del público. Porque el rating está, pero el estupor no se consigue nada fácil, exige víctimas y victimarios, y además dura poco. Genera una supuesta polémica, todos salen a opinar, a dar ejemplos, quemar a las brujas y luego las conciencias vuelven tranquilas a hacer la vista gorda ante las mismas cosas que se ponen en discusión.

La pareja que bailó antes que Cinthia se presentó con los ojos vendados, caracterizados como dos rehenes en un robo bancario, mientras subía el voltaje erótico de estas dos víctimas al ritmo de “Falling”, de Alicia Keys. ¿La banalización no es escandalosa? Por lo pronto, en un contexto mediático que con religiosa periodicidad pone “la cuestión de la inseguridad” en primer plano, con esa misma cuestión liderando las prioridades de la opinión pública y las últimas campañas de la oposición, esta amalgama entre baile sexual explícito y la tragedia asociable a las salideras bancarias, podría haber ofendido o despabilado a algún temeroso, a algún damnificado, a algún espíritu crítico. Nada. Y así ocurre la mayoría de las veces con las sutilezas del Bailando, aunque usted no lo vea. Tanto esfuerzo de la producción de Tinelli por poner en pelotas a los miedos, los tabúes, los debates más fundamentales (desde la homosexualidad, pasando por la homofobia y la violencia de género, el trato discriminatorio a las personas que viven con vih y el ajuste de cuentas entre desmemoriados progres y amantes de la dictadura) no cuenta con la respuesta escandalizada ni mucho menos analítica de sus más fieles espectadores. (Adviértase que cuando decimos “los más fieles” hacemos referencia a la extensa lista de programas parásitos que se ocupan de mirar y recortar lo que consideran digno de repetirse hasta el hartazgo y son los que, en definitiva, dirigen la mirada del otro público, el que arma el rating y también del que no puede, no quiere o ese día se olvidó, de ver a Tinelli).

A este público filtrador apuntaba “la coreo” de Cinthia (y aquí de paso proponemos reflexionar sobre si esta insistencia en recortar ciertas palabras como a las polleritas, no es también un acto impúdico). Si hay que tomar una posición, a juzgar porque eso es lo que se ha venido haciendo incluso desde algunas portadas de los diarios, se señalará aquí que teniendo en cuenta los eventos que generan picos de interés en este programa, la performance de Cinthia es bienvenida desde un punto de vista humanitario: convengamos en que las caídas de cabeza seguidas de pérdida de conocimiento no están buenas, al menos para quienes las protagonizan. Y los sostenidos duelos argumentativos entre dúos tales como Pachano/Alfano, tampoco, al menos para quienes se duermen al escuchar durante largos minutos y a esta altura de los años, el mismo latiguillo y las mismas sinrazones. Se podría aludir también, no sin sorna, al gesto democrático de socializar una imagen hasta ahora privativa para los que pueden comprarse una revista Playboy o los que tienen computadora o acceso al locutorio (ver mucho más de Cinthia en YouTube). Y sin sorna, se puede considerar estas discusiones sobre si está bien o si está mal, como una despedida, un paso casi anacrónico frente al imperio de la imagen gratuita y de circulación ilimitada. Poco falta para que la cultura online, que todo lo filtra, todo lo tiene, no deje poro sin explorar frente a la cámara. Tal vez haya que prepararse ya para saber cómo se pactará el recato, las leyes de cortesía y el secreto en un mundo gratuita y abiertamente comunicado.

YUNTA DE BUEYES

Precedida por otro desnudo escandaloso que el año pasado protagonizó Silvina Escudero, en el que la bailarina no sólo se quitaba el corpiño sino que “por mandato de la coreo”, el bailarín aprovechaba la pose para chuparle las tetas, Cinthia debió agregar un poco de vello púbico. Y, no lo neguemos, son estos pelos de más lo que se está poniendo en discusión. ¡Era lo último que quedaba por mostrar! Dicen algunos comentadores, dejando en el tintero, como mínimo y por no dar ideas, genitales masculinos por qué no.

Dónde está el límite de lo que soportamos ver sin estupor. Ante qué cosas decidimos no horrorizarnos. Esta es la pregunta que genera la osadía de la vedette, que por otra parte se llevó un puntaje altísimo de un jurado que, por lo visto, en términos de una obediencia a un guión decidió acompañarla.

El programa se caracteriza por poner en escena, en clave de comedia, temas no resueltos, que merecen un debate serio y que nunca se da ni allí (no es el lugar), ni tampoco en los programas satélites donde supuestamente se analizan las escenas. (Pensemos que como gran cosa volvió a la palestra la antiquísima discusión sobre los límites entre el porno y el erotismo, las referencias a la mujer objeto se trocaron en la disputa entre quienes piensan que ella tiene un cuerpo tallado y quienes dicen que las tetas son excesivamente grandes y antiestéticas). El desnudo (insistimos, el detalle puntual de haberse quedado en concha) de Cinthia, entonces, en este sentido, es un paso de comedia estrella en la serie de estímulos que la kermesse Tinelli le ofrece a un público que entiende que lo que está consumiendo es una instancia intermedia entre la ficción y la realidad, una especie de levitación entre lo verosímil y la fantasía. Porque es en este mundo de la fantasía en la que se permite que una bailarina se presente prácticamente desnuda, haga como que tiene relaciones sexuales en el medio de un baile, llegue diciendo que hace un mes que no tiene relaciones y por eso está caliente, que el conductor de cincuenta años (como un renovado Alberto Olmedo) coquetee abiertamente con una jovencita y con casi todas las y los participantes y que el desnudo se produzca, además, frente a la mirada de un padre que forma parte de esos extras ocasionales que representan al público y a su posibilidad de acceder al espectáculo. El paso de comedia se completa con un pedido de disculpas en Twitter (“Perdón, ni bien me di cuenta me tapé. Pido disculpas porque me resbalé en el sillón y se me cayó vino, que es alcohol puro, en los ojos y no vi para dónde me desprendí la bombacha, perdón”) y con una amenaza de multa millonaria. Aun dentro de este mundo donde todos hacemos “como que”. Mientras tanto, lo que queda claro, es que por ahora se puede mostrar todo, menos esa parte non sancta que el cinturón de antaño con trabajo protegía. Están ahora mismo pasando la repetición en cámara lenta. ¿O sí se puede?

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