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Viernes, 21 de octubre de 2011

[IN CORPORE]

La invasión del abuso sexual en primera persona

“No sólo invaden nuestros cuerpos... invaden nuestra voz, nuestros silencios y nuestras palabras. Porque no podemos decir, porque perdemos la mirada. Aprendemos a silenciar nuestros no. Porque hay alguien que tiene más fuerza, porque hay otro cuerpo que nos invade. Y después nos siguen sus miradas. Sus olores. Sus respiraciones. Nos invaden porque creen que habitamos sus cuerpos. O eso es lo que quieren”, dice, cuenta, revela y se revela una joven que pudo contar que fue abusada.

Ella pudo escribir. Y sus palabras son un latido de denuncia y también de pedido de ayuda. Y son –o deberían ser– un nunca más a los abusos sexuales que siguen sucediendo, como si las leyes, la prevención, el castigo y la protección a niñas, niños y adolescentes se quedaran en palabras que provocan palabras que lastiman: “Aún siento sus manos en mi cuerpo. Mi cuerpo pequeño desarrollándose, apenas vislumbrando la mujer que hoy soy”, dice ella, apenas a días de la aprobación de la Ley Piazza, que seguramente sería necesario que se extendiera pero que, al menos, garantiza que el abuso sexual en la infancia, tan difícil de denunciar en el momento que sucede, pueda ser llevado a la Justicia, hasta que la víctima cumple 18 años.

Acorrala a la sociedad, a las instituciones, a las organizaciones de derechos humanos, a los y las profesionales de la salud, a jueces y juezas, a los y las abogadas y a los medios de comunicación a poner un freno a los abusos sexuales y a los atajos –a través de blanqueos mediáticos y judiciales– de argumentos falaces, pero escuchados como el Síndrome de Alienación Parental (SAP) que destruye el derecho de niñas, niños y adolescentes a que su voz sea escuchada, alegando que su voz está contaminada.

En realidad, la contaminación, la más tremenda, es el abuso. Así lo dice ella, que fue lastimada y que hoy sigue sin poder dar su nombre, porque sigue viviendo en una sociedad que busca argucias para la injusticia. “Ese cuerpo, que hablaba, gritaba, lloraba, temblaba, sufría y buscaba la libertad. Sigo presa de las invasiones, de los silencios, de su voz acallando la mía. Estoy presa de esas sensaciones –cuenta– que a veces ocupan mis noches, mis mañanas y mis tardes. Porque a veces me da asco, porque a veces me doy asco. Querer escapar y no poder: estar presa bajo sus ojos, su húmeda voz, sus manos grandes que aprietan donde duele, donde quema, donde no puedo ser yo. Escribo porque soy yo, pero también soy otras. Porque me pasó y me pasa por el cuerpo. Y mi piel pide decirlo. ¿Quién escucha nuestros gritos? ¿Quién descubre nuestras miradas? Maldito sistema que desarma cada palabra, malditos los silencios: silencios que hablan, silencios que duelen silencios que llueven fríos y mojan mis lágrimas. Ya nadie podrá callarme porque si mi voz no sale, tengo la convicción de que esto no puede volver a pasar. Nuestros cuerpos deben ser libres. Ya nadie debe invadirnos. Nadie, nadie.”

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