las12

Viernes, 17 de febrero de 2012

EXPERIENCIAS

Siga la murga

Por segunda vez desde la vuelta de la democracia, el Carnaval es una fiesta nacional en la que todo se suspende para que la fiesta se instale. Una fiesta a la que le falta entrenamiento –como un músculo, aquello que no se usa se atrofia– y le sobra el entusiasmo de las murgas. Una noche con las chicas de Los amantes de La Boca y la certeza de que a disfrutar también se aprende.

 Por Juana Celiz

6 PM. ¿Están tristes o enojadas? Que cómo puede ser. Eso no se hace. Traición. Abandono de murgueritas. Pasó que una de las mujeres que costurea para la agrupación las plantó. No llegó a terminar algunos trajes. Ni avisó. Su mano no se puede reemplazar con cualquier otra. Las modistas son parte del alma del Carnaval. Gastan la calle Lavalle en agosto para conseguir el raso elastizado a $18 y burlar la inflaespeculación que lo aumenta hasta a $50 en enero. Se relamen por una pluma auténtica. Miran sin piedad las galeras (de ese entuerto se ocupan las madres). Por eso habrá menos bailarinas en la salida de hoy de Los Amantes de la Boca, una cofradía de madres, tías, abuelas, hijas, sobrinas, vecinas. La tristeza es que ellas se la pierden por no tener levita. En un rato toca atravesar los 100 carnavales porteños. Del Riachuelo a la General Paz. De La Boca hasta Saavedra. Vanesa ya lo sabe.

6.10 PM. Oriana (5) llega a la esquina del Parque Irala, punto de encuentro. Es la autora intelectual del tatuaje que Vanesa Fernández (29), su mamá, tiene en el hombro izquierdo. Vanesa conoce como nadie la agenda del grupo. Es más: presiente que durante el verano no puede ir a ver a sus padres de tanto preparativo. Por eso anoche fue con su familia a Glew, a visitarlos. Hoy su casa amaneció a las once. Nesquik con vainillas, y a seguir con el Taller de Galera. Sólo interrumpieron la artesanía para atacar las costillitas que cocinó su marido. Luego: baño, y a poner los dedos en el hormiguero para transformar las cabezas con una orgía de trenzas. ¡Lección de estilo! Durante cada desfile, Vanesa guía el baile de las más chicas. Luego sube al escenario, es la voz femenina del tablado. “Mi marido es murguero, los seguí cinco años. Estudio canto y me llamó la atención el escenario, las letras, todo. Ahí me enganché con Lucrecia, yo no sabía ni tirar un paso. Era tímida, así que dejé muchos prejuicios. Me sentía grande para un montón de cosas. Aparte, siendo mamá... Es otro mundo. Entrás acá y te sentís un niño. Te olvidás si en la semana no tenías plata para tal cosa, si te peleaste con alguien. La remuneración es la alegría.”

7 PM. Los siete micros de Ruben Bus están estacionados. Van llegando todos: bailarines, percusionistas, acompañantes, fantasías, curiosos.

7.46 pm. En la esquina, Lucrecia aprovecha la vereda en altura y sienta a sus “mascotas” a lo largo del cordón. Pasa lista. En una carpeta que tiene el logo de su comparsa lleva los datos personales de cada una: nombre, obra social, DNI, teléfono, ¿alergias? “Tengo 44 nenas”, dice en serio. Entre las nenas están las mascotas: rumberas de entre 1 y 8 años. Más allá gritan ¡percusión! Más acá, la palabra “tía” es la que más suena. Esta especie de colonia de verano es divertida. Los ojos de las murgueritas brillan. Esperan que Lucrecia, 25 años, camarera de una escuela del barrio, vecina de Isla Maciel, saque de su cartera la bolsa celeste que dice Arvey. El tesoro de nylon guarda gel con purpurina para cara, cuello y pelo, brillos en mini estuches que parecen un salero, colorante en pasta. Una panzada que hará juego con cada uno de los diez apliques que llevan sus trajes. Hay Mickey, Kitty, sí. Pero también la silueta del puente viejo, calaveras, la bandera wiphala.

8.20 PM. Un pibe pasa volando: es un maestro en el arte de correr sin que la percha con la levita se inmuten. Motores en marcha y luces de posición ídem. Para la murga todo el año es Carnaval: con cada presentación extra juntan plata para enfrentar este tipo de gastos. La caravana ya está sobre avenida Madero: de un lado Harbour Parking, del otro la redacción de Hecho en Buenos Aires. En el bello y amplio Parque Irala –pulmón de tres hectáreas– quedó Brian (10): luego de despedirse de Nahuel (10), su amigo tamborero, vuelve a clavarse en la pantalla de la netbook que recibió en la escuela. Las luces facheras del exterior de la Bombonera no están prendidas todavía. En el cordón de Lucrecia quedó una montañita de purpurina: siempre la pone ahí a propósito, para que las chicas se la tiren encima, como una bendición.

9 PM. Las madres viajan en los asientos de atrás. Maira sigue con la mirada a su hija. Planea cómo va a terminarle el traje, todavía no pudo, no tuvo tiempo. “Me dedico a trabajar en la costura desde que me levanto hasta que me acuesto”, explica. Le pone las mismas ganas a lo que le piden desde la marca de Roberto Piazza (“La última vez cosí 18 trajes y todos se desfilaron”) que a los shorts de gabardina infantiles para vender particular. Maira Castedo empezó costureando. Su hija, de tanto verla, se antojó: este mundo de brillo, patadas y ranitas también lo comparten ahora. En esa casa el contagio de pasiones es hereditario. Maira aprendió el oficio de su mamá, que murió de cáncer cuando ella tenía 11. Maira hizo memoria y, como su hija en el primer ensayo, copió cada movimiento. Se vino sola desde Santa Cruz de la Sierra a Buenos Aires. Por un arreglo doméstico conoció al pintor que sería el padre de sus dos chicos. Viven con el corazón en la boca: los quieren desalojar de la casa que ocupan. En los últimos meses, ella sólo se despegó de su mundo entre costuras –por cada traje gana $200– para hacer trámites, buscar ayuda, mostrar comprobantes de los impuestos que pagaron por décadas. Dice que sólo les queda atrincherarse, salvo que encuentre un abogado que sea como un bicho: que busque, que se mueva, que escarbe.

9.05 PM. Las murgueras sólo miran adelante, piensan qué pueden cantar ahora. Ni registran que pasan por la cancha de River. “Yo me enááámore / ¿De quién? / ¡De La Boooca... me enááámore!”. Guapa, la hinchada tiene que pararse en puntas de pie para alcanzar el pasamanos o lo que queda de él: en esta misma embarcación se trasladó la barra de Huracán el día que cayeron a la B. “Chicas, ¡no saquen los brazos!”, cuida Lucrecia. “Las historias cotidianas las dejamos afuera. Acá te olvidas de todo. Y a la vez recordás. Pasan los años, volvés a juntarte con la misma gente y eso emociona. Mi abuela costureaba para la murga de los xeneizes. Ahora yo traigo a mi sobrina”, recrea. Quizá alguna trasnoche Lucre se anime a advertirles a sus seguidoras que está contraindicado enamorarse de un amante. Salvo –por supuesto– que corra la tregua del Carnaval.

9.20 PM. Av. Dr. Ricardo Balbín esquina Holmberg. “¡Ahí llegamos!”, grita Lucrecia. Rubén Bus espera su turno en el semáforo. “¡Cuánta gente que hay! ¡Ay, dios! Y dale Boca, tenés que ganar”, dice Oriana. El chofer baila literalmente con los pies: acelerador, embrague, acelerador, embrague. Alguien grita: “¡Perrea!”

9.23 PM. El micro estaciona. Varias mascotas preguntan dónde pueden hacer pis. Los Amantes de la Boca pisan Saavedra. Vanesa las ubica en dos filas. Mientras las cuenta se sube el strapless dorado. Un tal Gastón arenga con su silbato, y las luces azules que titilan en su vincha achican el pánico escénico. Tías, madres y afines, tras la valla, se transforman en celupaparazzi.

9.45 PM. Empieza el desfile. Las colombinas no se ríen tanto como en el ensayo del jueves, cuando el viento les volaba la cola de caballo o jugaban con sus movimientos, payaseando para los amigos y amigas que tonteaban desde los bancos. Señalando a las más chiquitas, una nena del público piensa en voz alta: “Voy a ir a hacer algo como así, pero no es murga”. “¿Arabe?”, influye su mamá. ¡Silbato! ¡Tambores! ¡Voceo! ¡Clap! ¡Clap! Un zancudo. Paraguas danzantes. Flecos poseídos. Pitos luminosos. Un gordo con peluca rubia, falsos RayBan y maxifalda bostera (“Soy Juan: la dama antigua”). A lo largo y a lo ancho, ellos: los ocho hijos del ídolo de la comisión de damas de Los Amantes de la Boca. ¡El único marido que ayuda a pegar lentejuelas! Y, encima, dice la leyenda, llega agotado de trabajar todo el día en un local de Constitución y tira ideas para los trajes.

10.12 PM. Los murgueros parecen cansados. Pero no. Viene el clímax. ¡Hora Ninja! Vanesa podría tumbar la puerta de la Legislatura porteña con la fuerza de esa patada. Su marido, en percusión, le da un aplauso de tambor. Debajo de sus levitas llevan una remera que dice “20 años de amor al barrio”. Son Patrimonio Cultural de la Ciudad y la murga más numerosa de Buenos Aires. Tocaron con todos –Jaime Roos, La Bersuit, Ariel Prat–. Sólo una vez descontrolaron, fue en el desfile por el Bicentenario, cuando pasaron por el palco presidencial.

10.14 PM. El público mira como si estuvieran a punto de sacarles una foto, y moverse, reírse, explotar fuera inapropiado. La convocatoria cumple con las expectativas de los carteles: “Amargados y violentos abstenerse”. Violentos no hay... Atrás, en el corsódromo desalmado, los adolescentes parecen los zombies de El país de las últimas cosas, de Auster, con nieve de espuma en las manos. Lo mejor del choripán, que cuesta $10, es el pan; aunque es tan crocante que te deja raspando el paladar. Un señor se acerca a la humareda: “¿Señorita, sabe cuándo empieza la murga de Núñez?”.

10.20 PM. Vanesa está sensible: este domingo cumple 30. Seguramente, cuando sean las doce, ella va a estar sobre el escenario. Lástima que ahí arriba no puede cantar “Killing me softly with his song”, el tema que más le gusta. Seguro sus compañeras le van a organizar algo: por fuera de los ensayos y las salidas, ellas se juntan. Se les hace de día charlando, bailando. Son un montón, de todos los ritmos. A Maira le gusta Ricky Maravilla. A Lucrecia, reguetón. Vanesa prefiere a Queen.

10.24 PM. Facundo Carman, micrófono en mano, se presenta siempre igual: “¡La murga de las tres orillas!”, y te obliga a hacer cuentas y memoria. “Si alguna vez gana la tristeza / hoy empata la alegría”, dice su canto. “Somos murga de conventillo / volveremos cada vez que suenen bombo y platillo”, remata luego de abusar, en parte, de la imagen malandra y de la realidad del hacinamiento de sus puntos tripartitos. Y de denunciar, a toda honra, en nombre del Riachuelo.

10.30 PM. Por algún lugar de la ciudad andará Luis, con su taxi, esquivando banderines. Durante la semana, se queja de los piqueteros. De día, de las bicisendas. ¡En verano te cortan todas las avenidas por el Carnaval! Repite su teoría a cada pasajero/a, mientras golpea con su mano izquierda la ventanilla baja. “Hagamos dos corsos en dos puntos de la ciudad. Y, loco, vamos todos, hagamos una cosa grossa. Si no, hay 200 personas en cada uno, 100 que venden espuma, 50 que venden choripanes. Cuando fue el corte de Corrientes entre Callao y el Obeslico fue espectacular, ¡podías ver a todas la murgas en cinco cuadras!”

10.32 PM. La señora que dirige el corso plancha su chaqueta con la mano. Deja a su diestra a la enfermera de la Cruz Roja (tan cabizbaja, ¿le habrá bajado la presión?). También deja la hoja con su machete. Histriónica, improvisa: “Despedimos a Los Amantes de La Boca. Barrio de inmigrantes que construyeron el país. ¡Mis padres y abuelos eran de La Boca! ¡Viva la murrrrrrrga! Viva el Carnaval”.

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Imagen: Kala Moreno Parra
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