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Viernes, 17 de febrero de 2012

PANTALLA PLANA

Negro que te quiero negro

El próximo lunes culmina por el canal público la emisión de Perfidia, miniserie escrita y dirigida por Juan Laplace, ganadora del concurso de guiones del Incaa. La mejor producción de ficción actualmente en pantalla retoma, con datos de la realidad actual, la tradición del film noir mediante sus historias de traiciones, donde no faltan aggiornadas mujeres fatales.

 Por Moira Soto

A la misma hora en que los lobisones se duchan más que Isabel Sarli en el apogeo de su estrellato y choferes protuberantes galantean a sus patronas, comenzó a darse el lunes de la semana pasada por Canal 7 la miniserie Perfidia, escrita y dirigida por Juan Laplace, protagonizada por Juan Gil Navarro, Gloria Carrá, Antonio Birabent, Romina Richi, Carlos Portaluppi, Lucas Akoskin, Leonardo Saggese. Desamparada por la crítica –salvo alguna excepción– y con escasa promoción previa, esta producción, sin embargo, descuella nítidamente por su alta calidad en todos los rubros, aunque el rating se lo lleven las tiras del 13 y Telefe. Para quienes se la perdieron, antes de ver el episodio final que va el lunes que viene a las 22.30, vale avisar que existe la alternativa de acceder a los capítulos emitidos en la página web del 7, www.tvpublica.com.ar

En la mejor tradición del cine negro, pero con una impronta bien contemporánea en su gramática y en su temática, Laplace irrumpe en la pantalla televisiva contemporánea con un nivel de logros que demuestra –sin gran presupuesto pero con claridad de ideas y rigurosidad– que se puede romper con fórmulas remanidas, colorismo costumbrista, iluminación a mezzogiorno y otros achaques que suele sufrir la ficción en la TV local. Perfidia desarrolla una historia de traiciones varias relacionadas con turbias operaciones financieras, que transcurre en una Buenos Aires reconocible, con algunas salidas a paisajes abiertos. Los personajes resultan creíbles en su ambigüedad, los diálogos son siempre funcionales en algún sentido, dejando caer la información precisa en el momento apropiado, tanto para sugerir un perfil como para enriquecer al entramado de una narración que le da al espectador incentivos para que participe completando elipsis y sobreentendidos, armando las piezas que se van entregando desde numerosos flashbacks, desde los diferentes puntos de vista.

Para llegar a estos resultados tan por encima de los habituales cánones de la TV abierta, Laplace apeló a refinamientos visuales siempre expresivos: por ejemplo, para transmitir la vivencia de la soledad y desesperación de Mariano, uno de los protagonistas, lo sitúa en el paisaje abismal de una tosquera y aleja virtuosamente la cámara. Asimismo, la mirada sobre diversas locaciones de la ciudad –el Hipódromo, Puerto Madero– siempre es reveladora, nunca de postal estetizante. Un mérito que también corresponde a Max Ruggieri, director de fotografía. Porque el director, curtido laburante del cine, supo convocar en la faz técnica a un equipo ideal en el que destacan muchos nombres de mujeres: Rocío Scenna, productora ejecutiva; Agostina Benvenuti, arte; Soledad Cancela, vestuario; Romina Sarlinga, maquillajes y peinados... Gracias a sus aportes, los personajes se mueven en ambientes que los representan, usan la ropa que corresponde a su condición social y manera de ser, sus pelos no parecen recién salidos de la peluquería.

Juan Laplace ha concretado así su primera obra realmente propia y personal, luego de presentarse al concurso de ficciones del Incaa, casi a último momento: “Me enteré cuando faltaba menos de una semana para que cerrara. Tenía armados un capítulo de una hora y una sinopsis cuya producción pensaba comenzar a gestionar, y me puse a escribir a toda velocidad. Entregué el guión sin tiempo para hacer una lectura detenida, ni siquiera sabía quiénes estaban en el jurado. Cuando salió premiado, me tomé 15, 20 días para reescribir, pulir. Hace 25 años que trabajo de esto, he escuchado millones de historias del Instituto, pero te puedo asegurar que este concurso lo ganamos sin ningún tipo de contacto. Se cumplió exactamente todo lo que figuraba en el contrato, nos fueron pagando las cuotas en las fechas previstas. No era mucha plata, tratamos de sacarle el mejor partido poniendo todos el hombro, haciendo las cosas lo mejor posible. Canal 7 eligió, entre otras series, Perfidia para pasarla sin que mediara ninguna influencia. Nos enteramos casi por el diario que la nuestra salía en la televisión pública”.

En principio, la serie se llamaba El esquema de Ponzi, aludiendo al emigrante italiano Carlo Ponzi que llegó a los Estados Unidos en los años ’20 del siglo pasado e inventó un sistema de inversiones fraudulentas piramidales: “En economía se llama así a este tipo de fraudes financieros donde desaparece el capital. Pero en el capítulo final estaba el bolero ‘Perfidia’ interpretado por La Portuaria. Era un título alternativo que finalmente quedó”.

La palabra perfidia se puede asociar a la mujer fatal del cine negro, género inspirador de esta serie...

–Sí, claro, hubo esa búsqueda de la cosa bien de género. Me parecía que esta historia funcionaba con ese tratamiento, esa estética. Digamos que la oscuridad, la ambivalencia alcanza a todos los personajes. Quería dar esa sensación del miedo, la inseguridad que se siente cuando algo se te va de las manos de manera peligrosa. Por eso el punto de vista es en gran medida el de Mariano, el personaje que se mete en un gran quilombo y no sabe cómo salir.

Los personajes femeninos son complejos, tienen mucho relieve, no responden a ningún estereotipo.

–Creo que Cecilia y Julieta guardan bastantes semejanzas, operan en el mismo lugar con respecto a los personajes masculinos. Para mí, el personaje de Cecilia es el que lleva la historia, aunque en algunos capítulos está como oculto, pero nunca deja de manejar los hilos: ella tuvo una historia con Manuel en el pasado y es la que guarda el secreto, es el motor que hace avanzar la narración. El de Julieta, más cerca de la imagen de la femme fatale, es el que termina de destrabar todo. Ambas mujeres saben lo que quieren y cómo conseguirlo.

¿Cómo llegaste a obtener ese rendimiento tan parejo en todas las actuaciones, que actrices y actores lleven sus roles con la intensidad justa?

–Me gusta mucho trabajar con actores, me encanta dirigirlos. En este caso, a partir de que en la historia hay muchas escenas que no están, el elenco empezó a preguntarme qué había pasado entre tal y tal situación. Entonces les propuse: se los voy a escribir. Y ahí me di cuenta de que ciertas escenas algunos personajes debían conocerlas y otros no, porque eran totalmente ajenos. En consecuencia, les hice guiones personalizados para cada actor, cada actriz, de acuerdo a la historia de sus respectivos personajes. El acuerdo era que debían guardar reserva entre ellos. Se dio la paradoja de que, con este método, el personaje de Julieta tenía una serie de escenas que los otros desconocían, eso le da una fuerza muy especial. Y si tomamos a la pareja Cecilia-Mariano, sin duda ella tiene mucha más polenta.

Tu enfoque sobre Cecilia y Julieta es parejo al que le dedicás a los roles masculinos. No cargás las tintas ni las hacés responsables de todos los males, como sucedía en algunas clásicas muestras del negro. A la vez, está presente esa fatalidad del género que arrastra a los personajes a callejones sin salida y también cierto pesimismo sobre la condición humana, sobre el poder corruptor del dinero.

–Totalmente, ellas tienen el mismo valor como personas, y en todo caso el mal está repartido. Reconozco que me gustan los personajes que son capaces de arrepentirse, decir: me equivoqué, te cagué. Me parece que cuando eso sucede, surgen cosas interesantes, se multiplican los matices. Y sí, el género tiene una mirada amarga sobre el mundo materialista que comparto sinceramente. La gente puede llegar a hacer cosas espantosas por plata: ¿cuántas personas hay que se matan por conseguir una tajada mayor de la herencia cuando se muere un familiar?

Perfidia, último capítulo el próximo lunes 20 a las 22.30 por Canal 7.

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