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Viernes, 2 de noviembre de 2012

MUSICA

Que sea rock

Si dicen que viajando se fortalece el corazón, entonces Marian Pellegrino y Adella Rudnitsky pueden acreditar una inmejorable salud coronaria. Guitarristas por vocación y profesión, ambas decidieron tomar un rumbo diferente al que les fue establecido por defecto el día que se arrojaron a la aventura de los horizontes desconocidos.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Compromisos laborales y una cuota de casualidad se hicieron coincidencia entre sus objetivos. Así, Adella fue a dar a México, Marian a Ibiza, y allí comenzaron a escribirse nuevas historias, aunque mucho antes de que ellas lo sospecharan. “Yo viví en el DF hace nueve años, donde actuaba casi todas las noches”, narra Adella. Así, tocando, fue conociendo, y conociendo fue llegando hasta la célebre cantante Alejandra Guzmán (hija de Enrique, líder de los legendarios Teen Tops), quien la tentó formalmente para sumarse a su banda solista. “Pero volví a Buenos Aires, quién sabe por qué”, se pregunta Adella, hoy... en México.

Marian descubrió Ibiza en 2006, cuando la isla balear ya había edificado su reputación nocturna, turística, artística y tóxica. Fue en la primera gira europea de Lucila Cueva, un trío femenino de pura cepa cordobesa (Marian es de Río Tercero, por caso) que luego hizo roncha con Pity Alvarez, hoy Viejas Locas, aunque por entonces Intoxicados. Como un rastro en la memoria emotiva, Marian recordó aquella visita y volvió tres años más tarde, sola y buscando “poner en línea mi cabeza, que estaba un poco ruidosa, y lograr un poco de respiro de algunas situaciones que me tenían mal”. El cambio está doblando la esquina o al otro lado del océano.

Desarma y sangra

De regreso a Buenos Aires, Adella comenzó a delinear lo que en 2006 inauguró bajo el nombre de “Adella Project”, que no era otra cosa que su propio proyecto solista. Editó un demo, tocó por donde pudo, participó del reality “Escalera a la Fama” y arrasó en “El Bombardeo del Demo” organizado el año pasado por la Rock and Pop. También fue parte de la vuelta del grupo de reggae La Zimbabwe y entreveró su guitarra entre las de Chizzo (La Renga), Claudio Marciello (Almafuerte) y Don Vilanova (otrora Botafogo) en un homenaje a Pappo.

Pero las cosas no terminaban de cerrar. “Mis últimos años en Buenos Aires fueron de mucho trabajo y autogestión. Agoté con mi corazón todas las posibilidades y entonces empecé a moverme a ver qué me ofrecía México”, afirma Adella. Su voluntad comenzó el proceso y un amigo hizo su parte arrimándole material suyo a Paulina Rubio. Y, de repente, llega la oferta. “Desarmé mi casa en Buenos Aires, la que había armado con tanto amor y dedicación. Cuando parece que diste todo y que ya no queda nada más por colgar, ahí te ves decorando con guitarras otro rincón en el mundo”.

Aunque su guitarra “ama salvajemente” al rock y al blues y su voz “muere” por el soul y las canciones, afirma que no tiene absolutamente ningún prurito en tocar para una artista del mainstream más evidente (es decir: MTV, Billboard, Grammys, Sony Music y todos los trademarks tops del negocio de la música). “Estoy aprendiendo muchísimo, tocando todos los estilos con grandes músicos y para una de las artistas más importantes de América”, cuenta, mientras aprovecha los recreos de hotel en las giras para seguir componiendo material solista. En su Ipad, dice, conviven Whitesnake, Mötley Crüe, Aerosmith y Steve Ray Vaughan con Macy Gray, Madonna y Ella Fitzgerald. “Considero mi versatilidad como una herramienta para mantener mi vida sazonada. Si no, me aburriría”, sostiene.

Otra Ibiza se divisa

“En Ibiza conviven dos mundos”, explica Marian. “Uno, con el turismo, la locura, el descontrol, las drogas, la música electrónica, la farándula, los rituales en la isla Es Vedrá, el cambio interno, la energía del sexo... y otro, en donde vivo yo: una casa de campo a tres kilómetros de la playa donde tengo mi sala de música, donde me tomo mis birritas o mis mates según la hora, y me hago pastas o asado, según la ocasión.”

A diferencia de muchos novatos y reincidentes, Marian siempre corrió con la ventaja de tener un hermano residiendo en la isla, un baqueano que le ahorró caminos y le convidó secretos. Uno de ellos es Las Dalias, mítico bar que conserva la mística rockera ibicenca de antaño y por cuyo tablado pasaron alguna vez Bob Marley, Mick Jagger, Judas Priest, Deep Purple, también Charly García y GIT. Luego de tocar aquella vez con Lucila Cueva, Marian recibió la propuesta de ser algo así como la residente del lugar. Dicho de otro modo: el número puesto para todas las noches, cerrando veladas en las que también participan artistas del lugar.

Con la lógica de una dínamo, la cantante y guitarrista recuperó la energía a medida que la iba generando, tocando por Ibiza y abriendo puertas más allá de ella. Así, llegó a Suecia y recibió invitaciones aún no correspondidas de Inglaterra, Alemania y Austria. Al fin de cuentas, el movimiento se hace andando, y ella volvió a la palestra de la forma más cruda y salvaje. Despojándose de sofisticaciones tecnológicas y apoyaturas de marketing. Por eso, cuando surgió la posibilidad de grabar un disco en el viejo continente, decidió hacerlo a la vieja usanza: “Con toda la banda grabando a la vez, de una sola toma, sin cortes de edición. ¿Por qué? Porque es un sonido que está vivo, es único e irrepetible. Y porque es real en un mundo de música real pero retocada, que también me gusta, pero que no era el caso de este disco”.

El álbum, grabado el año pasado en Roma, se llama Panic Attack. Y por nada. “Fue el antídoto a mis locuras. Ahí entendí y abrí los ojos de nuevo. Tenía que irme para volver. Aunque, antes de hacerlo, quiero conocer un poco más”, reflexiona. Y en eso también se parece a su colega Adella, otra rockera criolla que pela sus uñas de guitarrera al otro margen del Atlántico Norte: ambas comparten una incontenible sed de mundo, aunque se muevan en uno tan particularmente machista y angloparlante como lo es el del rock a gran escala. “La mirada de la gente se vuelve especial por ser extranjera y también por ser mujer. Les da cierta curiosidad y hasta simpatía que hable distinto”, opina Adella, bajándole el tenor a la paranoia, mientras que Marian va al corte para zanjar toda inquietud: “En general, es una situación que me chupa un ovario. Creo que el problema es de los otros por sentir diferencias por ser de aquí o de allá, o por ser mujer”.

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