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Viernes, 29 de agosto de 2003

EDUCACIóN

con la culpa y la palabra

No es fácil encontrar en estos tiempos monjas tan malas ni tan rigurosas como las que protagonizan Magdalene Sisters, la película de Peter Mullan. Pero aquí no más las escuelas religiosas siguen educando niñas y jovencitas que no sólo deben reprimir sus deseos para no caer en el Averno, sino también respetar las clases sociales –tal como lo hacen las monjas– y volverse hábiles en el doble discurso.

 Por Moira Soto


Estas monjas de Meter Mullan deben de figurar entre las más malas que se han visto en el cine, un medio que, sobre todo en las muestras norteamericanas, ha preferido a las hermanitas piadosas y transparentes estilo la Ingrid Bergman de Las campanas de Santa María, cantoras finalmente con vocación familiera como La novicia rebelde, o religiosas truchas onda Whoopi Goldberg en Cambio de hábito y su secuela (la morena iba a parar a un convento de monjas de lo más simpáticas). Aunque cada tanto se cuela alguna religiosa conflictuada y seria: tal la Audrey Hepburn de Historia de una monja, y más aún, la Susan Sarandon de Mientras estés conmigo.
En otras latitudes, tuvimos a la atípica novicia de Viridiana, con su interpretación radicalizada de las enseñanzas evangélicas, varias transgresoras Monjas de Monza, el grupo de histéricas del convento de Loudun (siglo XVII) vistas con ojos diversos por Jerzy Kawalerowicz (Sor Juana de los Angeles) y Ken Russell (Los demonios); en Los ángeles del pecado –que Almodóvar tomó como modelo para desarmar en Entre tinieblas– una chica mundana entraba al convento para rescatar a muchachas desviadas; Anna Karina fue la polémica Religiosa, de Jacques Rivette, sobre Diderot; Catherine Mouchet se convirtió en una auténtica santa en Thérèse. Y localmente, entre otras portadoras de hábitos, podemos mencionar a la Santa Rosa de Lima, con Delia Garcés, las mellizas Legrand, una religiosa, la otra prostituta en Bajo el mismo rostro, y la versión Bemberg de Sor Juana Inés de la Cruz, Yo, la peor de todas.
Difícil de encontrar en un rápido repaso a alguna superiora, abadesa, priora o reverenda más pérfida que la que interpreta con fruición Geraldine McEwan en Magdalene Sisters, En el nombre de Dios, la segunda realización de Peter Mullan (más conocido localmente como intérprete de film de Ken Loach) que se acaba de estrenar en Buenos Aires. Y todo parece indicar que el actor y director, además guionista, participante activo en movimientos políticos de izquierda, no ha exagerado al describir la vida cotidiana en uno de los conventos de “magdalenas” que funcionaron durante el siglo XIX en Irlanda y Escocia. Especie de reformatorios en los que eran atrapadas mujeres, a veces adolescentes, que habían cometido alguna trasgresión, por leve que fuera, a la moral católica ultramontana dominante. Así la chica que a través de las rejas del orfanato coquetea con chicos del lugar, dos madres solteras (una mentalmente retrasada) o una joven que metió a su novio en el dormitorio, podían ir a dar con sus huesos a estas cárceles donde eran sermoneadas, explotadas, castigadas, reducidas a inhumanas condiciones de esclavitud. Precisamente, éstas son las cuatro historias que desarrolló Mullan después de exhaustivas investigaciones.
Esas casas de las “magdalenas” –evidente alusión a la pecadora sexual perdonada por Jesucristo– estuvieron regidas, hasta la última que cerró apenas en l996, nada menos que por las Hermanas de la Misericordia, que ponían a las desdichadas que caían en sus garras a lavar y a planchar para afuera, en silencio, sin pagarles un centavo de lo que ellas cobraban. Las jóvenes, en muchos casos entregadas por sus padres, podían envejecer en esos sitios siniestros, a menos que se escaparan –y no las reatraparan, con las consecuencias imaginables– o que viniese a rescatarlas alguien de la familia. Peter Mullan –que en 1999 ya había hecho un film de temática afín en cuanto a denunciar la hipocresía y los horrores que se pueden cometer en nombre de Dios, Orphans– decidió hacer Magdalena Sisters después de ver un documental sobre esas lavanderías en televisión: “Me espantó todo el sufrimiento que una orden religiosa infligía a una pobres muchachas cuyo mayor pecado había sido ser madres solteras o, en algunos casos, haber ejercido la prostitución. El abuso de poder en nombre de Dios, en pro de un arrepentimiento forzado, me resultó escalofriante”. Miles de mujeres pasaron por esos establecimientos, entre ellas algunas de las protagonistas de Magdalena Sisters, cuyos testimonios recogió Mullan, eligiendo a mujeres que habían estado en esos conventos tintorerías en los años ‘60, y de alguna manera lograron zafar. Dice el director que lejos de cargar las tintas intentó atenuarlas, porque “algunas situaciones habrían resultado demasiado crueles, casi inverosímiles para el público”.
En el elenco de este estreno figuran desde una consagrada actriz y directora de teatro, Geraldine McEwan, en el rol de la superiora, hasta una sorprendente debutante, Nora-Jane Noone, como la desobediente Bernadette. En otros papeles figuran las profesionales Marie Duff, Dorothy Duffy, Hielen Walsh y May Murria. Meter Mullan se muestra agradecido por la confianza que le brindaron las intérpretes, “sobre todo en escenas delicadas como aquella en que las monjas humillan a las chicas desnudas. Por cierto, me sorprendió que algunas actrices se llevaran tan mal con su cuerpo. Ellas se encontraban llenas de defectos y yo, sinceramente, las veía bellas”. Si algo puede decirse a favor de este film es que denota la buena fe y el genuino respeto del realizador por esas criaturas dejadas de la mano de Dios, a pesar de las proclamas de la fanática madre superiora, capaz del más crudo sadismo y de lagrimear frente a la proyección de Las campanas de Santa María. “No me considero un innovador en cuestiones estéticas”, señala Mullan. “Me interesaba retratar a los personajes, mostrar sus rostros. En el fondo todos son víctimas: las chicas, por supuesto, pero también sus familias, las propias monjas, producto de un sistema injusto e hipócrita.”
Como era de prever –dados los antecedentes cuando una película denuncia o cuestiona a las instituciones de la Iglesia Católica–, al Vaticano no le gustó nada Magdalena Sisters, y tampoco al clero irlandés. Como bien dice el director, “mejor harían en pedir perdón por sus actos, en este caso plenamente documentados”.

También a cargo de niñas bien
Si bien las monjas de la Misericordia que dirigían las lavanderías pueden ser consideradas un caso aparte, cualquier lectora que haya ido a colegio de monjas se habrá encontrado más de una vez con religiosas recalcitrantes, abusadoras, que de algún modo tortuoso hacían pagar a las alumnas vaya a saber qué frustraciones y resentimientos. Sin duda, en nivel local, el espectro de las congregaciones femeninas es muy amplio, y va desde las que están en los colegios más exclusivos y tilingos, a las evangélicas Oblatas que trabajan con las prostitutas o a las religiosas que actúan en escuelas parroquiales o barrios populares, con una actitud totalmente diferente. En la Capital, el Gran Buenos Aires y el interior del país abundan los colegios de monjas en los que, con leves variantes, se perpetúa una forma de educación tradicional, con un discurso moralizante cortado de la realidad. Tanto que de algunas de esasinstituciones salieron guerreras famosas como Susana Giménez, Marcela Tinayre, Soledad Silveyra.
“Las monjas locales no solo enseñan a la clase alta y media alta, sino que a partir de la entrega de subsidios a colegios religiosos parroquiales, muchas religiosas fueron a barrios populares, aunque es cierto que la mayoría sigue educando desde los colegios”, dice Nina Brugo Marcó, abogada egresada de la Universidad Católica, especializada en derechos de la mujer, casada con un ex cura dominico, tres hijos. “Mi hermano Gerardo, desaparecido, fue al Verbo Divino, al San José, pero después se liberó de esa mentalidad. El influyó mucho para despojarme de aquella formación tan marcada que traía de las Hermanas del Huerto, en Paraná. Un colegio tradicional de la zona, donde estuvieron mis dos abuelas, mis tías, mi madre, mis primas. No era un colegio popular ni nada que se le parezca, ahí estaban las chicas de mayores recursos –aunque yo no lo viví traumáticamente–, desde luego que nos hablaban del demonio del comunismo, y toda la cuestión mariana, de la Virgen, estaba siempre presente. Se daba por sentado que las que no teníamos vocación debíamos prepararnos para hacer un buen casamiento. Se buscaba trasmitir el estereotipo más conservador de la mujer. Las monjas hacían grandes diferencias con chicas que habían traído del interior, de las colonias, como criadas: ellas iban a clase pero después tenían que servirnos.”
Nina Brugo cree que se ha producido una transformación epidérmica, no de fondo, “porque el discurso sigue estando divorciado de la realidad. Cuando estaba en la facultad, los dominicos que nos enseñaban teología nos invitaron a formar parte del grupo que visitaba barrios populares para hacer evangelización y a la vez promoción social. Conocí a las dominicas francesas, había treinta estudiando en la universidad, de las cuales ninguna continuó siendo monja. Un momento de gran crisis en la Iglesia local. Pero también hubo congregaciones que volvieron para atrás, se volvieron más reaccionarias. Y lo que hacen muchas chicas de los colegios de monjas en la actualidad, lo veo por mis sobrinas, es que les creen cada vez menos a las monjas, pero fingen estar de acuerdo. Muchas de esas chicas hacen todo lo contrario, terminan en embarazo adolescente. Pero acá en la Argentina, como sucede con las leyes, una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Todo lo declarativo pocas veces es cumplido”.
La doctora Brugo remarca la gran influencia que han tenido las congregaciones locales en la educación de millones de chicas a través de las décadas: “Han contribuido a formar a las niñas de nuestras clases altas, con un pensamiento de derecha, un tanto antisemita, cerrado, conservador. En el terreno sexual, la dicotomía es total. Pero sin duda hay un pensamiento de fondo que se comparte con las familias que ponen a sus hijas en estos colegios, que se siguen manteniendo porque representan a los sectores poderosos”.
Aunque no hay aquí lavanderías-prisiones, en nuestro país tenemos a los institutos del Buen Pastor, regidos por monjas: “Sé que aún hoy se sigue manteniendo lo de la dote, y las diferencias entre religiosas que vienen de familias ricas y de familias pobres. Hubo presas políticas que en su momento se escaparon del Buen Pastor, que odiaban a esas monjas y decían que eran muy rigurosas. La imagen que tengo de ellas es que les tienen lástima a las presas y se creen con la misión de reencauzarlas por la buena senda. De todos modos, he hablado con mujeres que han estado presas y todas coinciden en que es mejor estar con monjas que con carceleras penitenciarias que –aseguran– son peores que los varones, muy duras”.
¿De dónde salen las monjas? ¿Cómo se manifiesta la vocación?: “Bueno, están las que se consideran llamadas. Y también las que son inducidas: veinte años atrás, en Entre Ríos, las familias de alemanes católicos muy cerrados, con muchos hijos, era bastante común que entregaran a un par de ellos a la vida religiosa, a los 10, 12 años”.

Las dos iglesias
Elsa San Martín, ex monja, está terminando la carrera de teóloga en la Facultad Teológica de las Iglesias Protestantes, “donde no existe ese manejo de la culpa, del perdón, no hay que confesarse. Aunque creo que ahora los católicos se confiesan cada vez menos. En las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, de Devoto, las cosas eran más suaves que en estos conventos de las magdalenas. Ciertamente, se hacían diferencias a favor de las que colaboraban económicamente, aparte de la cuota. Y estaban las becadas, que iban a clase pero también debían fregar y limpiar, una discriminación terrible. Hasta la vestimenta era distinta, había varias clases sociales bien delimitadas en el colegio. A mamá, que estuvo en el Carmen, le tocó la época en que se bañaban con camisón, mucha presión con la cuestión social, las manos arriba de la colcha las que dormían allí. Esa represión a la que se dedicó la Iglesia y destapa Foucault. Se aplicaron a disciplinarnos, el cuerpo, el sexo. Pero no siempre fue así: mientras el cristianismo no fue la religión oficial otro era el cantar: había obispas, diaconisas, se vivía en comunidad, un movimiento de hermanas y hermanos, pero duró poco antes de volverse una religión patriarcal y misógina”.
Elsa San Martín comenta que, aunque considera que estuvo en una buena comunidad –la Compañía del Divino Maestro–, en la vida religiosa tomó conciencia de que la mujer en la Iglesia no existía, no tenía ningún peso. Y sin embargo, desde muchos lugares son las mujeres las que sostienen la institución. “En realidad, hay como dos iglesias, según decía Safina Newbery, una que es decadente manejada por el poder patriarcal, y otra, la que está comprometida de verdad con la gente, sostenida por esas religiosas en los barrios y que tiene muy poco que ver con las de los colegios al gusto de la clase alta, sumisas a la Iglesia oficial. Lo que siempre me ha disgustado dentro de la vida religiosa es esa sumisión al sacerdote. Considerarlo intocable, maravilloso, perfecto, sobre todo de parte de las monjas mayores. El varón se encargó muy bien de ser venerado, adorado.”
Respecto del tema de la autenticidad de la vocación, dice Elsa San Martín que “hay muchos motivos posibles, ‘pese a que se suele señalar a menudo el rol de la desilusión amorosa. Creo que las razones pueden ser muy diversas, forzadas por las circunstancias, lo que puede ser la explicación de que algunas monjas se transformen en malas personas. Creo que muchas, yo me incluyo, hemos entrado por ser lesbianas, con tanta culpa que nos llevó a pensar que podíamos sublimar esa orientación en la vida religiosa. Hay mucha mujeres que no se quisieron casar con un varón, y ahí fueron, y lo peor es que se quedaron. Creo que la vida religiosa, con ese tipo de entrega que se sigue alentando, habría que revisarla. Lo que yo rescato de mi experiencia es la vida en comunidad, si es pequeña, claro. Porque las grandes, cada una en su celda, con castigos corporales, me parece aberrante. No hace tanto tiempo, mi maestra de novicias me contó que ella se había flagelado”.
Según Elsa San Martín, “la Iglesia oficial es la del poder, la de la guita, la que acaba casada con los gobiernos, con el Banco Ambrosiano, el Papa en su trono como representante de esos poderes. Este mandato de sostén nos cayó mucho más a las mujeres, y las monjas fueron trasmisoras, pero también afectó a los varones”.
–¿Siempre hubo esta sujeción de las congregaciones religiosas femeninas al mandato masculino?
–Sí, no hubo rebeldías en grupo, sólo casos aislados. Se habla de Santa Tersa, que en realidad hizo una reforma todavía más severa, con más exigencias porque consideraba que se habían relajado las costumbres, y las pobres carmelitas, a sufrir. Creo que lo que ha pasado con las monjas es que acompañaron la historia de opresión de las mujeres. Estas mujeres sinvoz ni voto dentro de la Iglesia, totalmente subordinadas, con las que a partir del siglo XIX educan a tantas mujeres jóvenes. Si nos remitimos a la Argentina, la cantidad de colegios de monjas es muy grande. Y casi todos dedicados a la clases alta y media alta, pagando buenas cuotas y formando a tantas niñas. A mí, personalmente, el tema del doble discurso de las monjas me afectó mucho: esta discriminación entre las que tenían guita y las que no, mientras que de la boca para afuera predicaban valores cristianos y evangélicos. Realmente esquizofrénico.

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fotogramas de Magdalene sisters, en nombre de dios.
 
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