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Viernes, 8 de febrero de 2013

Danza con gatos

CRONICAS. Cada tanto, cuando la noticia escasea o se impone la cortina de humo, sale en la tv una cámara intrusa que lucha contra el aislamiento de este personaje solitario y extraño. La loca de los gatos es hosca, y no da entrevistas que revelen el estado decadente de su paisaje interior ni que pretendan humillarla: todos fascinados y asqueados por esta bruja urbana que vive a la vuelta de casa.

 Por Marina Mariasch

Una chica llama a la radio. Un grupo de expertos está dispuesto a ayudarla. Se acaba de mudar sola y se compró un gato. Al tiempo se puso de novia. Pero el muchacho es alérgico a los gatos. Ella quiere saber si se queda con el novio o con el gato. El dilema no es menor. Los gatos han demostrado ser en más de un caso más leales que los hombres, y ella sabe que, cuando las papas quemen, es probable que uno de los dos esté al pie del cañón y otro volando.

Las malas lenguas no le dedican carácter legendario a la mujer con perro. En los bares circula el mito urbano de la señora grande con perro chico que le hace favores en la parte cruda. Pero una mujer de perro tiene a un ejemplar viril a su lado, que hasta le otorga un aura de respeto en el levante callejero. Tampoco caerá el rótulo sospechoso y raro sobre los varones: la historia está llena de, por ejemplo, escritores amantes de los gatos –desde T. S. Eliot hasta Soriano– sin que se los tilde de algo.

La mujer con gato está en un borde lábil, una cornisa de la que no vendrá a rescatarla ningún bombero voluntario. ¿Cuánta distancia separa a la chica que vive sola con su gato de la temible “loca de los gatos”? ¿De qué se llena esa brecha entre una y otra? ¿De locura? ¿Cuántos gatos son locura? ¿Cuánto olor a pis, devoción por la mascota, encierro, desorden en el pelo, mala combinación de colores en la ropa? Las locas de los gatos pueden tener varias de estas características, pero ante todo son mujeres de un estandarte: habitan un universo sin hombres.

Entonces, la de los gatos se convierte en una cuestión de género. Marcos Zurita, médico psiquiatra, zanja las aguas: “Está claro que hay algo nuclear de locura femenina en las locas de los gatos: no hay locos de los gatos”. La loca de los gatos es un estereotipo machista de la mujer fracasada, de la mujer que vive en una de las condiciones menos aceptables para el género femenino en esta sociedad, la soledad. Ese fantasma que amenaza de la mano de la enfermedad y la muerte y ataca con fiereza a las mujeres que acarician los 40. La loca de los gatos es solterona y, en muchos casos, viceversa.

En la cuadra de mi casa de la infancia, una calle adoquinada de Belgrano con casas bajas, Tudor y francesas, vivían dos de ellas. Madre viuda e hija que “nunca tuvo novio pobrecita” vivían en una mansión déco con los 23 gatos que rescataban de las vías. Les daban de comer carne picada, picado grueso, y les curaban las heridas. Jamás interactuaban con vecinos, se parecían mucho entre ellas. Se vestían como monjas de clausura sin sotana. Un día tuve que tocarles el timbre porque se nos había caído algo en su terraza. Por única vez, me dejaron pasar: la casa era decadente, sucia y maloliente.

Los solitarios –hombres y mujeres– podemos alcanzar altos grados de neurosis. Pero frente a la acumulación excesiva la patología empeora. Zurita especifica: “En general, vivir rodeada de gatos es una de las tantas formas de la psicosis: una especie de acopio de seres vivos –otros acopian cosas–. El acopio está en el contexto de la decadencia (pis, heces, muebles desvencijados) que también es común en la esquizofrenia crónica”. Una mujer rusa llamada Nina Kostsovo que cría 130 gatos en su departamento de dos ambientes fue retratada hace unos años en un documental. El film fue atacado desde varios frentes. Unos dijeron que refuerza el estereotipo de la mujer soltera de 50 años en bata, objeto de bullying por parte de sus vecinos, y que sublima su instinto maternal con los gatos. Otros, en base a lo mismo –encima Kostsovo castra a los machos– dijeron que se trataba de un caso de maltrato animal. Nina respondió: “Locura y maltrato es lo que veo en las personas que ven animales pasando frío y hambre en la calle y los dejan ahí tirados muriendo”.

Un personaje secundario

No hay garantías. Una mujer puede hacer una destacada carrera académica, casarse, tener hijos incluso, y terminar en su propio zoo de cristal privado. Hasta una serie popular en todo el mundo y siempre provocadora y progresista como Los Simpson tiene su propia loca de los gatos. Eleanor Abernathy hace su primera aparición en la serie en la “Girly Edition”, cuando Lisa la entrevista para Kidz News, un segmento de noticias en el programa de Krusty. Pero a la señora de los gatos no le gusta que la molesten en su casa y le lanza los felinos a Lisa cuando se le acerca. Cada vez que sale, Eleanor –con aspecto y comportamiento de enferma mental– grita y lanza sus gatos a quien se le cruce.

La loca de los gatos también fue una mujer adaptada a los cánones de la sociedad. Cuando era chica, Eleanor era una nenita adorable que soñaba con ser abogada, y al cumplir los 16 estudió para serlo. A los 24 años obtuvo un diploma médico de la Facultad de Medicina de Harvard y otro de Derecho, en la Escuela de Yale. Se casó y fue madre. Pero después de su divorcio se refugió en la bebida, tiró sus diplomas por ahí y se rodeó de gatos. Eleanor posee un extraño lenguaje y emite palabras raras, no se le entiende. Divorciada e incomprendida.

Camino de cornisa

Conozco a una mujer cuya trayectoria es hermana de la de Eleanor Abernathy, se separó de su marido y buscó la compañía de los gatos. El acopio de felinos empezó un tiempo antes del divorcio: las amigas aseguran que fueron los bichos quienes espantaron al marido. No se sabe qué viene primero, si la soledad o los gatos, pero sí que van de la mano. Y los sigue, aparentemente, una tendencia al suicidio.

Un estudio realizado entre 45 mil mujeres danesas, a cargo del investigador Teodor Postolache, demostró que las afectadas por el parásito Toxoplasma gondii (T. gondii), causante de la toxoplasmosis, corren mayor riesgo de desarrollar enfermedades mentales. El T. gondii se dispersa a través del contacto con las heces de los gatos o por comer carne a medio cocinar y vegetales sin lavar. El parásito tiende a refugiarse en las células del cerebro y también en los músculos. La investigación reveló “una asociación predictiva entre la infección y los intentos suicidas”.

Pero ya sabemos cómo es la ciencia: si tiene un objetivo a priori se empeña en demostrarlo. Un estudio realizado por la Universidad de Viena concluyó que las relaciones que se establecen entre felinos y mujeres son muy parecidas a las que se mantienen con cualquier persona. De hecho, tanto las dueñas como los gatos comunicaban sus necesidades de afecto y el otro comprendía estas señales y las retribuía.

Según otro estudio publicado en Discoverynews, los gatos parecen recordar los favores y devolverlos. La investigación explica que la idea de que los gatos son animales fríos a quienes sólo les importa conseguir el alimento que sus amos les proporcionan es totalmente errónea. Según Dorothy Gracey, coautora del estudio, “las relaciones entre los gatos y los humanos involucran atracción mutua, compatibilidad de personalidades, facilidad de interacción, juego, afecto y apoyo social”.

Mientras le da la teta a su tercer hijo, Ana me dice: “A los trece empezó mi fanatismo por los gatos. A los diecinueve ya tenía cuatro. Mi papá –un afamado psicoanalista– tenía miedo de que los hombres no me quisieran por tener tantos gatos”. Su mamá acota: “Yo los odiaba. La dejaba tenerlos porque prefería los gatos que los ratones [vivían en un PH]. Hasta que me enfermé y Pachola se la pasó conmigo, firme, a los pies de la cama, acompañándome”. Cualquiera, hasta una chica de 26 que recién se va de la casa de sus padres y que tiene novio, sabe que, al final del día, es probable que termine, tal vez con orgullo, bailando sola –con su gato–.

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