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Viernes, 26 de septiembre de 2003

DANZA

No hay rosas sin espinas

Pasó por Buenos Aires, dentro del Festival Internacional de Teatro, como un tornado, dejando al público muerto de risa con su espectáculo Bésame el cactus. La valenciana Sol Picó, directora, coreógrafa e intérprete, cuenta de dónde sale tanta chispa, tanto atrevimiento, tanta fortaleza.

Por Moira Soto

Ella irradia esa energía, esa vitalidad típica de la gente del espectáculo que hace mucho entrenamiento físico. Pura fibra, ojos que bailan como sus pies sobre el escenario, risas frecuentes, mucho entusiasmo, aunque hace pocas horas que bajó del avión que la trajo desde España para presentar en el IV Festival Internacional de Teatro su obra Bésame el cactus. Sol Picó declara –menos mal– que no se propone ser graciosa cuando proyecta una performance, un show o un solo de danza-teatro, como es el caso de la pieza citada, que estrenó en el 2000 en Barcelona.
El divertidísimo espectáculo –cuyo título alude a estas plantas dicotiledóneas, de tallos carnosos y jugosos, y hojas reducidas a espinas– es “una carrera de obstáculos y confrontaciones”, como dice su amiga feminista y colaboradora (en la dramaturgia y dirección teatral) Txiki Berraondo. “Esta mujer/ ¿Mujer bicho?/ Anda muy sola y tendrá problemas/ (...)/ ¿Es el desván de nuestras pesadillas?/ (...)/ ¿Podrá nuestra heroína cruzar el páramo y enfrentarse a nuevos monstruos?”, pregunta Berraondo desde el programa de mano. Y la propia Sol, con su musculatura rocosa que prueba que las chicas petisas pueden desarrollar –sin esteroides– la fuerza y los muslos de Jean-Claude Van Damme, reparte al empezar el show unos tomates entre el público, como aceptando que puede fracasar en el intento. Obviamente, la valenciana –que en la primera parte anda de armadura, como una Juana de Arco timorata– conquista al público del Teatro Regio y los agraciados se guardan los tomates para agregar al tuco o a una ensalada. Pero Sol Picó, que no para un instante de sorprender con sus ocurrencias y su virtuosismo, opta al cierre por dejar caer del techo una lluvia de tomates rojos y redondos que se aplastan sobre el escenario (con unos pepinos, pimientos, ajos, miga de pan, aceite y agua suficiente tendríamos un refrescante gazpacho andaluz, de la tierra del flamenco, que la visitante baila con zapatillas de punta rojas).
–¿Sos realmente una chica mala que anda por ahí rompiendo esquemas?
–Mala, mala, sí, sí... (risas). Pero no es mi intención concreta romper nada. Puede ser que, por comparación, parezca en algunos casos más irreverente de lo normal, más rompedora, más descarada. Sin pelos en la lengua, diría yo...
–Esa etiqueta de irreverente quizás aparece porque el mundo de la danza puede ser bastante serio, cuando no solemne. En todo caso, lo que suele verse es la parodia exterior: varones con tutú, etc., pero no comicidad desde adentro, como la que vos desplegás en Bésame...
–Sí, pero debo decirte que no me planteé el humor como punto de partida: fue saliendo porque es una de mis formas de expresión. Pero esto desde hace apenas unos años: antes no tenía tanta facilidad para el humor. Creo que la vida, si estás dispuesta, te va dando este punto de vista más abierto hacia las cosas, y así puede llegar al humor negro, que es fantástico porque hace frente a todos los prejuicios. Es verdad lo que dices del mundo de la danza en general, pero creo que en los últimos tiempos ha habido un poco más de ligereza. Antes me parece que nosmirábamos más el ombligo. Si éste es un mundo cruel, prefiero reírme de él, jugar con eso.
–Es de suponer que cuando aprendiste en el conservatorio, todo era muy formal y decoroso. ¿Cuándo descubrís el ejercicio –y los beneficios– del humor?
–Vengo de una familia valenciana con bastante alegría en el cuerpo, nos reímos mucho, es algo que he mamado desde pequeña. Incluso burlarse uno del otro, con mucha gracia, con mucho cariño siempre. Te diría que entonces es algo que surge naturalmente. También recuerdo haber hecho mi carrera con mucha alegría, más allá de algún mal trago. Para mí la danza nunca fue sufrimiento, aunque exija una disciplina impresionante y ahora con 36 tenga que estar como un roble. Para mí, la felicidad que alcanzo es mucho mayor que cualquier sacrificio, y el humor forma parte de ese disfrutar. Desde que empecé a crear espectáculos, siempre he puesto ese toque humorístico que, como te decía, se ha acentuado con los años.
–¿Tus espectáculos anteriores se parecían en algo a Bésame...?
–Bueno, eran un poco gamberradas. Alguna gente, aunque me respetara, pensaba que estaba un poco loca. Bésame... ha sido como el reconciliador con todo el mundo, incluso los detractores. Tengo uno que se llama Razona la vaca, con un grupo de rocanrol: éramos dos mujeres y un hombre casi desnudos en interacción constante con los músicos. Trataba sobre la animalidad de los humanos y la música era muy impactante, con un tono muy alto. Así era yo en estado bruto; ahora me he ido afinando.
–No hace tanto que la mujer recurre al humor mediante creaciones propias en el espectáculo, aunque hubo pioneras como Mae West o nuestra Niní Marshall que abrieron caminos en la primera mitad del siglo XX. Desde hace unos años, las mujeres humoristas se caracterizan por ser bastante desbocadas, insolentes, no respetar tabúes. ¿Vos te considerás en esa línea, proviniendo de un país como España donde, hasta la muerte de Franco, el modelo oficial era el ama de casa, esposa y madre?
–Claro, claro, la que no podía reírse de ella misma o de los problemas, el humor no era su faceta más desarrollada... Y es verdad que, de un tiempo a esta parte, las mujeres que hacen cosas con humor en el espectáculo se han multiplicado, casi no tienen límites, el delirio es cada vez mayor. Es así como debe ser la creación: muy libre, partiendo de una base rigurosa, claro. Yo, como te señalaba, no me planteo a priori hacer algo cómico, la mirada humorística va surgiendo espontáneamente.
–Bésame... es un espectáculo muy ligado a la condición femenina, a su historia y su cultura. ¿Te propusiste hablar de los obstáculos que todavía le impiden avanzar a las mujeres, le interceptan el paso?
–Esa puede ser una de las lecturas, sin duda. He comprobado que sobre todo el público femenino hace diferentes lecturas. La excusa para las diversas situaciones es el miedo a arriesgarse. Claro, al ser mi punto de vista de mujer –como creadora, como intérprete–, la parte femenina del público se puede ver más conectada. Utilizo metáforas aparentemente absurdas pero que tienen un sentido, le hablo directamente a la gente. Voy superando una serie de pruebas para vencer el miedo. Me gusta provocar un efecto muy físico, como cuando danzo, vestida de bailarina clásica, los ojos vendados y descalza entre el cactus. A los espectadores se les ponen los pelos de punta, escucho los “ayyy”. Pero todo ese efecto visual aspiro a que tenga un contenido: ¿por qué, para qué se arriesga tanto esta mujer?, ¿por qué quiere romper tantas barreras? Para soltarse, liberarse, caminar, fluir. Cada espectadora, cada espectador hace su interpretación.
–¿Trabajaste con el músico en el armado de la banda sonora?
–Esta es una de las pocas oportunidades en que no he recurrido a la música en directo o compuesta especialmente para el espectáculo. Aquí he elegido un popurrí de canciones que me han gustado siempre y el compositor Jordi Riera ha hecho una banda sonora que yo creo muy orgánica. Hay detodo: canciones de Mina, melódicas y tal, junto con el bolero “Bésame mucho”, temas de un grupo nuevo Gotham Proyect, está la guitarra de Vicente Amigo tan poderosa, un grupo de percusionistas, Los Activos... Una especie de collage muy integrado.
–¿Te da el pie para fusionar las distintas técnicas de la danza que estudiaste?
–Sí, porque yo vengo del clásico-clásico, que se hacía junto con el español cuando yo era pequeña, después estudié danza contemporánea y ahí ya empecé a fusionar. El tema de hacer flamenco con las zapatillas de punta apareció un día que estaba practicando y me las puse después de diez años sin llevarlas. Empecé a moverme con una música de rocanrol, con las puntas, vamos. Y después de ese tema, no sé cómo apareció un flamenco, una bulería, y seguí moviéndome sobre las puntas. A partir de ahí, como sucede cuando descubres algo que vale la pena, decidí desarrollar esa idea. Imagínate, yo tuve toda la rigidez de la academia, pero después llegó la libertad del contemporáneo, el contacto con el suelo, la tierra, otra forma de trabajo, y también incorporé la víscera del flamenco. Y todo esto se amalgama en una memoria física muy grande: yo estoy desde los seis años bailando, si tienes capacidad de absorción se hace un cóctel aquí dentro muy fuerte. Y hay que procesarlo, decantarlo.
–Para realizar tus espectáculos, ¿tenías referentes en España o hiciste un recorrido muy personal?
–Creo que ésa es la gracia: siempre me han tachado de hacer un trabajo bastante personal. Desde luego que yo no he inventado nada, está todo inventadísimo. Sobre esa base es que trato de hacer algo personal, que me exprese, que tenga mi sello. Me gusta cuando la gente dice: “Esto es de la Sol Picó, sólo puede ser de ella”.
–¿Qué opinan las mujeres de tu familia de tus trabajos?
–Bueno, claro, como son familia están todas encantadas de la vida. Claro que al principio era como “oye, ¿qué está haciendo la Sol?”. Pero creo que ahora les gusta que tenga esa libertad, les hace gracia que me pase un poco: “Ya le sale a la niña”, comentan. Sobre todo mi padre, que es una persona bastante mayor, conservador, de arte nada de nada, a las diez en casa a cenar. Pero siento que se le ha abierto un nuevo mundo totalmente desconocido para él, y a su manera lo acepta.
–¿Por qué elegiste el cactus, planta pinchuda del desierto?
–Mira, vino una periodista y me dijo que el cactus para Freud era el símbolo fálico por excelencia. No sé que decirte, nunca lo pensé así...
–Suena peor que la vagina dentada...
–(risas) Imagínate, por favor. Es una planta muy curiosa. Fíjate que todos los animales que se protegen tienen pinchos, como los erizos. Y tienes a las rosas, tan preciosas y con esas espinas fatales. El cactus no es más que eso para mí, pero a esta altura se ha convertido en un fetiche, me lo han premiado mucho y por fuerza le tengo que hacer caso. En la vida hubiera pensado yo que mi cactus, con esa irreverencia y esa falta de pudor, iba a tener más de un premio.
–Como a otros artistas que practican el humor, ¿te sale fácil la veta dramática?
–Bueno, tengo en mí las dos vetas. Este verano estuve trabajando diez días en el Hamlet Machine, de Heine Müller. Yo hacía la Ofelia, con mi parte coreográfica como actriz. Todo el mundo la veía como un personaje muy machacado, con esa tragedia y ese rollo que impresionan tanto. Y sucedía que de repente yo hacía cuatro movimientos que rompían la historia y te despejaban de esa congoja. Pequeñas cosas de humor que aligeraban tanta fuerza dramática. A mí, Almodóvar me gusta mucho, así como otros creadores que juegan con el humor, directa o indirectamente, para quitarle trascendencia a las cosas. En el último espectáculo que he hecho –La Donna Manca o Barbie Superstar– aparecen seis mujeres de entre 25 y 40años, bailarinas. Es como el mundo de la mujer a tope, la carne en el asador, con lo bueno y lo malo. Desde el punto de vista femenino. La gente me comentaba: “Dices cosas tan duras de la mujer y nos morimos de risa”. Una risa que tiene un sentido crítico, por cierto.
–En España, como en la Argentina, ¿las mujeres se sienten perseguidas para mantenerse flacas y jóvenes?
–Sí, claro, es igual. Por más clara que la tengas, es terrible, en algún lugar te pega. Tienes que ser la mujer 10: guapa, alta, delgada, lista. Barbie Superstar es una locura en grado superlativo, no me privo de nada para hablar del estereotipo de la feminidad.

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