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Viernes, 26 de septiembre de 2003

PERSONAJES

La editora que ríe

Lisa Faith Phillips es la número dos de Random House, uno de los grupos editores más grandes del mundo. Es quien da, a gente como Martin Amis o Tony Morrison, adelantos de cien mil dólares, pero también es quien, por amor a la comedia, de noche se calza un traje de látex y hace su propio show.

Por Soledad Vallejos

Lisa Faith Phillips, vicepresidenta y gerente general”, dice la tarjeta con el monograma de Random House, una editorial en cuyo catálogo Martin Amis y Toni Morrison se codean con los textos de autoayuda más vendidos, o con los últimos engendros de John Grisham y Danielle Steele, además de formar parte de joints venture con un gigante del mercado de revistas como es Condé Nast (Bazaar, Vogue, Gourmet, Bon Appétit). Decíamos que la mujer que hace un rato sacó esa presentación de la billetera (es decir, la rubia que sostiene un chop en un bar de San Telmo) está entusiasmadísima contando chismes de oficina. Que está muy bien imprimir los libros en Estados Unidos, pero que si no hay apuro, ella prefiere encargarlos a una imprenta de confianza en China, porque resulta más barato para la empresa, aunque depender del transporte en barcos demore un poquito más las cosas. Que estuvo cerca de nueve meses negociando una colección lujosa de libros de Star Wars, que finalmente el proyecto no salió porque parecía no haber demasiados lectores interesados, pero que en el medio pudo tomar el té en la casa de George Lucas (muy linda, muy victoriana pero cinco veces más grande que cualquier original inglés) y ver su colección de arte. Que al principio se mareaba de sólo pensar que estaba dando adelantos de 100 mil dólares a algunos escritores, pero con el tiempo aprendió que estaba bien, porque era plata de la empresa, no suya, y que a fin de cuentas para eso le pagaban a ella. Que entre las pequeñeces que supervisa figura una revista con dos millones de suscriptores. Cualquiera diría que el trabajo de Lisa es de todo menos relajado: un puesto ejecutivo desde donde tomar decisiones que, muy probablemente, afecten el desarrollo de la industria editorial a nivel global. Ella está en ese piso del rascacielos donde el color de tapa de un libro puede hundir reputaciones por siempre o inventar fenómenos de verano.
–Lo que yo hago, en inglés se llama “publisher”. Puedo hacer como quiero, ¡porque soy el jefe! Me gusta mucho leer algunas de las cosas, pero no todo. Me gusta mucho la cocina pero no soy cocinera, por ejemplo. Además, me gusta mucho preocuparme por el diseño: que haya un color azul en esta página, decidir las fotos. También me gusta escribir, y puedo cambiar un poco una introducción, o algunas cosas... ¡pero no voy a hacer las recetas!
Queda claro: ella es el jefe. Pero en honor a la verdad habría que agregar un par de detalles: de nueve de la mañana a siete de la tarde se la puede encontrar de tailleur y tacos por ahí, pero después las cosas cambian. Cuando cayó el sol y en el cabaret se van ocupando las butacas, Lisa se calza un trajecito de vinilo, esgrime el látigo y se convierte en la Dra. Faith, una especialista en comedia con aires a Dorothy Parker y toquecitos “Sex and the city”. Eso, claro, cuando la policía no la arresta durante algunas horas por alterar el decoro de las paredes de Manhattan.

La Dra. Faith
y la señorita Lisa
Alguna vez, mientras se dedicaba a obtener una maestría en finanzas de la London School of Economics, Lisa descubrió que el dinero no le alcanzaba. La vida en Inglaterra siempre fue un poco cara, y más todavía para una estudiante poco dispuesta a encerrarse en algún trabajo aburrido para conseguir un par de libras que le permitieran comprar libros y pagarse alguna salida con amigos. Era muy joven, se sentía bonita y confiada en sí misma; lo pensó bien y se lanzó al ruedo. Después de todo, hacer un par de shows de strip-tease sobre el escenario pagaba bastante mejor que otros empleos, podía dejarlo cuando quisiera y, a fin de cuentas, terminó sirviendo como base para “Stripping your way to an M.B.A.”, uno de los monólogos más renombrados de 7 1/2 hábitos de una dominatriz altamente efectiva (lo del 1/2 viene a ser como una yapa para los espectadores, si se portan bien), el show con que Lisa despunta su vicio por el teatro y la actuación. El berretín (el de ser actriz, se entiende) le viene de lejos.
–Cuando era joven, escribí mi primera obra de teatro... a los 8 años, Era sobre un chico que venía del sol. Y la primera vez que actué estaba en el colegio. A mí siempre me gustan las cosas divertidas, y cuando llegué a Nueva York la comedia stand-up era muy popular. Así que hice comedia stand-up mucho tiempo, como tres años, en un show sólo mío. Entonces, después de hacer algo así, ¿qué cosa podría darte miedo? Yo, todas las cosas que aprendí con mi espectáculo las uso. Es algo muy bueno para desarrollar la paciencia. A mí me gusta hacer performances, y me sirve para mi trabajo. Puedo hablar en público y recibir las críticas. Del show que estoy haciendo ahora, hice la primera versión hace dos años y medio. Poco a poco, he ido cambiando algunas cosas: antes era un poco de autobiografía, pero ahora es más un personaje, la Dra. Faith, que significa "fe". Es muy interesante ver qué pasa con el público, porque a las mujeres les gusta el título, y a veces sus maridos las acompañan sin tener ganas de ir y después les termina gustando. Es para mujeres casadas, para los hombres, para todos.
Cómo será de fanática a la hora de poner el cuerpo para los proyectos propios, cómo será de obcecada y convencida de que las cosas que mejor salen son las que se hacen con sangre, sudor y lágrimas, que hace algunas semanas, al volver del trabajo, se hizo una escapada por las calles del West Village para pegar unos posters de su show. Y en eso andaba cuando la policía, que últimamente anda desesperada cobrando multas insólitas porque las arcas de la Gran Manzana están un poco vacías, atinó a pasar por allí. Resultado: documentos por favor, me va a tener que acompañar, y se la llevaron a la comisaría. “Me esposaron, confiscaron mi botellita de pegamento y los posters que me quedaban”, relató ella en un foro de Internet. Cinco horas alojada en una celda con chicas acusadas de prostituirse y señores detenidos por problemillas de drogas. Ella ahí, y los preparativos del show en veremos.
– Empecé a ensayar en la celda. ¡Tenía que estrenar la semana siguiente, no podía hacer otra cosa! Así que tomé como público a mis compañeros de celda. Un policía pasó y me dijo: “La gente va a pensar que tú estás loca”... Entonces, le expliqué, le dije que tenía la presentación de la obra, tengo que practicar... y alguno me decía “¿vamos a estar en tu próxima obra?”.
El caso es que las crónicas y reseñas del show aseguran que todo comenzó más bien como una suerte de catarsis, un poco de histrionismo con afán de autoayuda para superar cierta situación incómoda en el trabajo. “Tuve un affaire con alguien en la oficina, y había cosas románticas y excitantes, pero también cosas muy negativas. Así que empecé a hacer esto como una especie de seminario paródico de autoayuda para la dominatrix que todos llevamos dentro. No aliento a la gente a tener affaires, pero ‘hasta que la muerte nos separe’ tenía mucho sentido cuando la expectativa de vida era de 35 años, y ahora todos vivimos hasta los 90”, contó Lisa alguna vez. Y es de suponerse que, en el camino, fue encontrándole el gustito a influir sobre las emociones y las risas de los espectadores. A fin de cuentas, en la vida más allá de los bastidores, también hay bastante de eso cuando decide sobre qué se pública y cómo.
–A mí me gusta el papel, la tapa, los libros bien hechos. Soy muy lectora. Pero ahora en la industria editorial intentamos seguir de muchas otras maneras. El desafío es si podemos hacer los libros de una manera tal que la gente los lea, que los quiera leer. Ahora, en Estados Unidos, hay muchos que juegan con los videos, los juegos de computadores, pero no aprenden a leer muy bien. Por eso tenemos que pensar otras estrategias. Siempre fue interesante ver cómo hay interés en lo new age, en la autoayuda, hay mucho libro que dice “vamos a hacer la vida mejor”, o esos libros con números en los títulos: “10 maneras de hacer la vida mejor”, “5 maneras de tener éxito”. También hay muchos libros de dieta. Siempre hay alguno que tiene un éxito extraordinario, todo el mundo quiere comprarlo. Eso me intriga muchísimo, pero también me da un poco de miedo. Cada vez menos y menos la gente habla de libros, pero sí habla de películas. Es un poco triste. Hace poco, Gore Vidal dio una conferencia muy interesante en Nueva York. Alguien le dijo “ah, tú eres un gran autor”, y él dice: “No hay grandes autores ahora. Es como decir ‘soy un gran ceramista’”. Yo pensé “ah, qué triste”. En Random House, cerca de los ascensores, de vez en cuando hay publicidades si un autor va a hacer alguna cosa, y un poster decía que Gore Vidal iba a estar en este sitio. Dos chicas que trabajan en Random House lo miran y dicen: “¿Y quién es Gore Vidal?”. ¡Pobre Gore Vidal! ¿Verdad? Es triste. Yo espero que esto pase, pero actualmente hay una tendencia fuerte: hay que ganar gran dinero con los libros, hay que vender mucho, y se van cambiando las presentaciones, las tapas, todo para eso.
–Desde tu puesto se deben ver muy claramente estas presiones.
–Sí. Antes, en Random House, los jefes eran una familia. Muy ricos ellos, pero los patrones eran solamente esta familia. Pero ahora es una gran corporación de Alemania (N. de R.: el Verlagsgruppe, que impulsó fusiones con compañías discográficas como BGM y la incorporación de distintas editoriales del mundo a Random), y hay mucha más presión para hacer éxitos. Ahora es más difícil hacer novelas. Dicen que no es negocio si vende menos de 25 mil ejemplares. Por menos no se hacen. Eso puede terminar afectando géneros enteros, porque, como no son negocio, no se publican. Es una tendencia peligrosa para la ficción. En Europa, en cambio, publicar ficción es más posible, porque hay muchas empresas que cuentan con dinero del gobierno para subsidios, y publican libros de arte, libros de crítica. Hay fomento, mucho más apoyo. Allí sí lo puedes hacer sin ganar dinero.

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