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Viernes, 11 de octubre de 2013

ENTREVISTA

La amenaza de las fronteras

Escritora, filósofa, feminista autónoma, Francesca Gargallo nació en Italia pero se radicó en México en 1979. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Roma “La Sapienza” y maestra y doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, navega entre la filosofía de la historia, la novela y la poesía. En Buenos Aires presentó su libro Feminismos desde Abya Yala, editado en Argentina por América Libre, en el que comparte algunos tramos esenciales de su diálogo con colectivos feministas indígenas del continente.

 Por Claudia Korol

“La calle es de quien la camina, las fronteras son asesinas”, escribe Francesca. Ella sabe de caminos y de fronteras. Desde 1979 vive en México, país que eligió y del que se enamoró para siempre. Le pregunto sobre ese primer encuentro...

Hace 35 años México era un país con muchísimas desigualdades, pero también con intensos recuerdos de lo que había sido la Revolución Mexicana. Un país que había acogido a muchísimas personas que debieron huir de las dictaduras de Sudamérica: chilenos, uruguayos, argentinos. Un poco más cerrado para los centroamericanos, tal vez por racismo, pero era un país extraordinario, donde estaban vivas figuras maravillosas como Don Gilberto Robles, el hombre que salvó a más de cuarenta mil personas cobijándolas bajo la bandera mexicana, por los ideales de la Revolución Mexicana. Ese hombre salvó a republicanos y republicanas españoles, a judíos y judías. Fue secuestrado por el gobierno nazi en Berlín. Cuando llegué, estaba viva todavía esa gente, y el sentir de la Revolución Mexicana.

Son muchos los cambios de ese México que conociste al actual...

–¡Sí! En los últimos 20 años hubo muchos cambios. Con la excusa de la guerra al narcotráfico, han construido una imagen de país devorado por las luchas de delincuencias organizadas, y hay una especie de ocultamiento debajo de esta violencia, del hecho de que en México se matan y se desaparecen personas. Hay cifras que hablan de más de 100.000 muertos y muertas en los últimos ocho años, y de más de 30.000 desaparecidos, aunque las organizaciones de madres de centroamericanos y centroamericanas desaparecidos en México, cuando intentan llegar a Estados Unidos, hablan de más de 76.000.

Existe también un importante movimiento de lucha por la memoria, y de solidaridad...

–¡Claro! Por ejemplo el movimiento Bordando para la paz y la memoria está formado por mujeres y hombres que bordan pañuelos en espacios públicos. En un país donde se incita a la gente a no salir a la calle por miedo, estas mujeres y hombres se reúnen en los kioscos de ciudades violentísimas para bordar pañuelos... Uno de los colectivos, Bordando femicidios, ha decidido bordar de la más bella manera, porque dice que si las vidas de las mujeres fueron ultimadas de manera muy fea, una de las reivindicaciones que tenemos es darles la belleza que se merecen. Hay otras experiencias hermosas como Las patronas, un colectivo de mujeres que en el estado de Veracruz ahorran sobre su gasto familiar para comprar arroz, tomate, alimentos, cocinarlos juntas, e ir a las vías por donde pasa el terrible tren de los y las migrantes, tren llamado “La Bestia”, y les lanzan comida, para que en su trayecto –que puede tomar como mínimo quince días– puedan llegar con algo en el estómago. ¡Son las mujeres que me hacen sentir muy orgullosa de haber llegado a México, y de tener una hija mexicana!

¿Cómo fue tu encuentro en México con las feministas?

–Al poco tiempo de estar viviendo en México, encontrarme con mujeres feministas fue para mí muy grato. Después hubo una especie de decepción, porque sentía que por un lado las feministas mexicanas podían ser políticamente muy radicales, pero no se vinculaban y no leían la fortaleza en mujeres atravesadas por el patriarcado. Sólo se referían a la necesidad de liberar a mujeres que habían pasado ya por procesos de liberación, que estaban formadas política, académicamente, o que eran ricas. Yo pensaba que la liberación no puede pasar por la liberación del 1 por ciento de las mujeres de un pueblo.

¿Y cómo te vinculaste con las mujeres y las feministas indígenas?

–Hace unos seis años, cuando publiqué mi libro Ideas Feministas Latinoamericanas, varias compañeras de los pueblos y nacionalidades indígenas me hicieron llegar su crítica. Me dijeron: “Y nosotras, ¿dónde estamos en tu libro?”. Entré en crisis, porque no lo sabía. No es broma. No lo sabía leer. Decidí entonces empezar a leer, a escuchar a las intelectuales indígenas, a las sociólogas de diversos pueblos, a las filósofas quichés y zapotecas, las grandísimas antropólogas zapotecas que una vez tras otra les decían a las antropólogas mestizas y blancas: “No es cierto que somos una sociedad matriarcal”, cuando las otras insistían sobre “el matriarcado zapoteca”. Ellas insistían: “No es cierto, escuchen, somos seres pensantes”. Enfrentaban este racismo de la Academia, que mientras unas dicen unas cosas con todas las pruebas de su verdad y de su vida cotidiana, no son escuchadas. Cuando las empecé a leer, sentí cuánto racismo hay en América. Es el racismo que les niega en el presente voz, inteligencia y valor a la gente que conforma sus propios pueblos.

Fue un camino nuevo de diálogo, pero también de encuentro no sólo con otras experiencias organizativas, sino también con distintas miradas del mundo. ¿Cómo iniciaste ese camino?

–Yo conocía a la poeta guatemalteca Maya Cu. Estando en esa crisis, le escribí a Maya pidiéndole: “Hablemos de algo en lo que estamos las dos envueltas, hablemos de racismo. De un lado y del otro de la cadena racista estamos tú y yo. Tú como víctima del racismo, y yo como privilegiada del mismo. ¿Cómo hago para renunciar a un privilegio, y reivindicar el derecho de las dos? Porque donde hay un privilegio, hay un derecho negado, y yo quiero un mundo de derechos”. Fue muy difícil, porque ella en un comienzo me dijo: “No quiero hablar de esto contigo. Sobre esto no confío en ti”. Pero nos queríamos, y el amor rompe barreras. Empezamos a escribirnos, y ella me abrió la puerta a otras compañeras mayas, que gracias a que ella hablaba conmigo, aceptaron hablar también.

Es interesante en el libro, que además de las distintas miradas de las mujeres mayas de México y Guatemala, sostuviste un diálogo con mujeres de otros pueblos de nuestra América. Eso desmitifica también la idea de “pueblos indígenas” como si fueran una misma cultura...

–Para mí fue un regalo que no esperaba. Poder ser aceptada con este cuerpo de migrante, que al final de cuentas es un cuerpo que reproduce la opresión... y sin embargo poder superarlo en el hecho de escucharnos una a otra, dejando de lado la voluntad de ejercer la opresión racista. Fue un diálogo no siempre fácil. En algunas ocasiones fluyó maravillosamente, y en otras, también por errores míos, fue interrumpido. No conocer la historia del otro, y pretender hablar con esa persona, es una falta de respeto muy grande. Yo en algunas ocasiones seguramente incurrí en esa falta de respeto. Pienso, por ejemplo, en no haberme enterado de que las mujeres ngöbe en Panamá, que en su mayoría trabajan como obreras en las bananeras, habían sido brutalmente reprimidas por la policía y por el gobierno cuando habían hecho una huelga por aumento de salarios en las bananeras. Yo llegué sin saberlo a hablar con ellas, y fue casi imposible el diálogo. Con el pueblo de al lado, las mujeres bri bri, habíamos pasado días maravillosos de diálogo, de comprensión. Los diálogos no siempre son posibles.

También hablaste con mujeres de pueblos indígenas que no se reconocen como feministas.

–Hay distintas formas de reconocerse y de construir con otras mujeres rebeldías frente a un sistema que nos oprime, lo llamemos o no feminismo. Yo uso una idea de Julieta Paredes, cuando dice que “feminismo es una traducción al castellano de muchas formas de decir la lucha de las mujeres, con otras mujeres, para la buena vida de las mujeres”.

Una de las cosas que me resultaron más interesantes, sobre todo de las feministas comunitarias xinkas de Guatemala, es que ellas repiten constantemente que se trata de un diálogo con las feministas blancas, aceptando lo que ellas les han dado también en la Academia, pero llevándolas a las necesidades y sobre todo introduciéndose en la reflexión comunitaria de las mujeres xinkas y no al contrario, no inscribiendo lo que las mujeres xinkas dicen en el discurso de las académicas.

En este diálogo, del cual retoman por ejemplo la categoría de patriarcado, las feministas comunitarias en toda nuestra América, también en Bolivia y en Ecuador, piensan en el entronque de patriarcados, que definió Julieta Paredes, cuando dijo: “Nuestros pueblos ancestrales también tenían formas patriarcales, que permitieron una especie de contubernio entre los patriarcas de una y otra cultura. Por eso, en el momento de la conquista, las más oprimidas fueron las mujeres, porque el patriarcado original se fortaleció originando un nuevo patriarcado”.

La idea del entronque patriarcal interpela visiones que los mismos pueblos indígenas tienen sobre sí mismos.

–Este diálogo me resultó absolutamente cuestionador. Me acuerdo de unas mujeres mayas que me decían: “Este hecho, por ejemplo, de que nos compran, que nuestro padre nos da por una dote, pasa como algo muy antiguo. Pero la dote no existía entre los mayas, y hoy es un problema. Hoy nosotras somos dadas a cambio de unos kilos de maíz, de una vaca. Nuestro padre nos vende en matrimonio a cambio de unos bienes. Es la dote católica introducida por la Colonia, y transformada por el entronque de patriarcados. Eso no hubiera podido suceder si no había elementos patriarcales ya presentes en la cultura indígena”.

Una lucha contra el patriarcado, que en el caso de las feministas xinkas realizan al mismo tiempo que la lucha contra la minería, o contra el Estado de sitio impuesto a sus comunidades.

–¡Por supuesto! Dice Lorena Cabnal, feminista comunitaria xinka: “Yo no puedo concebir que estemos luchando contra la minería a cielo abierto sin luchar contra la violación de una mujer, porque las dos cosas son nuestro territorio”. No hay cuerpo de mujer que sea oprimido sólo por ser cuerpo de mujer, sin tener todas sus marcas. Por ejemplo, la marca de la racialización, la del lugar de nacimiento, de la clase, de si tuviste o no oportunidad de ir a la escuela. Las mujeres somos fruto de muchas exclusiones, y también de muchas rebeldías frente a estas exclusiones.

Conocer estos pensamientos invisibilizados fortaleció tu interpelación al saber académico...

–Desde mucho antes que esto, más o menos desde el ’93, yo empecé a cuestionar el saber académico. Me empecé a preguntar: ¿en qué momento la palabra feminista se volvió una palabra académica? ¿En qué momento en lugar de formarnos como feministas en el diálogo con otras mujeres, para confrontar por ejemplo con los jueces, que en una separación les quitan las casas en el juego de quién puso más y quién puso menos, en el que nunca se calcula el valor del trabajo de la reposición de la vida, sino la moneda puesta en la compra de algo, cuando el valor del trabajo de la reposición de la vida es exactamente un trabajo no pagado? ¿En qué momento los golpes que se incrementan con situaciones de tensión por la crisis económica, por la obligación de género de los hombres de ser proveedores, que cuando no pueden justifican su agresión contra el sistema mandándolo contra los cuerpos de las mujeres que están cerca? ¿En qué momento esto que nosotras confrontábamos, discutiendo los roles, las obligaciones, la opresión, se convirtió en discurso de la Academia?

La crítica al carácter patriarcal de la Academia está relacionada con su lugar en la reproducción del pensamiento colonial, eurocéntrico, occidental.

–No estoy diciendo que la Academia no tenga que estudiar nuestro pensamiento, nuestra historia, nuestros aportes a las diferentes disciplinas, y hasta la necesidad de cambiar el enfoque para conocer las diferentes disciplinas. Estoy diciendo ¿en qué momento la Academia sustituyó al discurso feminista que se hace en las calles, en los barrios, en los sindicatos?

De lo que estoy en contra es de que la Academia nos diga qué es importante y qué no de lo que hacemos. Que se comporte igual que la Academia patriarcal, invisibilizando lo que no les es útil, lo que no les da financiamiento internacional, sobre lo cual no pueden lucrar. Estoy en contra de que nos digan que podemos estudiar la violencia desde determinado punto de vista, pero que no analicemos la violencia estructural que tiene que ver con la conquista, que se mantiene en el racismo. Porque la Academia no quiere ver al racismo, no quiere ver este cruce entre la opresión de género, incrementado en las opresiones de clase y en las racializaciones.

Es también la invisibilización de determinados saberes, en una jerarquía codificada desde los intereses del poder.

–Te doy un ejemplo. México es una de las cunas del cultivo del maíz... A lo largo de seis mil años, los campesinos y campesinas de la región entre México y Guatemala han producido más de 52 razas de maíz, más de 2500 tipos. Tenemos maíces que nos sonríen: rojos, azules, amarillos, blancos. Y ahora nuestro maíz está siendo atacado en su cuna. ¿Quién se dio cuenta de esto? Fue la Uzachi (Unión de Comunidades Productoras Forestales Zapoteco-Chinanteca). Fueron las biólogas y los biólogos de Uzachi quienes en el 2001 dijeron que el maíz mexicano, en un 30 por ciento, está contaminado por el maíz transgénico. Este descubrimiento fue negado. Después lo retomó una universidad californiana y entonces sí fue reconocido. Esta negación de la importancia de los descubrimientos indígenas es parte del racismo que vivimos. Y sin embargo son conocimientos fundamentales. El maíz no se puede abandonar. Hoy nos necesita contra Monsanto, contra Syngenta, contra la gente que mata a las mujeres y a los hombres de maíz, como la dirigente del pueblo triqui Bety Cariño, asesinada por paramilitares mientras llevaba maíz para la supervivencia de un pueblo triqui autónomo, o como se mata a las mujeres de Guatemala.

En tu caminar, andás siempre los senderos de la rebeldía y la memoria...

–Todo el tiempo me enfrento al ocultamiento de historias, que sin embargo se han mantenido presentes. Sin memoria estaríamos obligadas a vivir la historia de los opresores. Pero nunca pudieron imponernos su verdad, porque tuvimos memoria y la compartimos. La memoria se reconstruye en diálogo con otras y otros. A mí me parece rico afirmar también la rebeldía feminista. No somos víctimas. Somos mujeres que nos rebelamos frente a los intentos del patriarcado racista y colonialista de hacernos víctimas. Nos rebelamos en nuestra vida cotidiana, y desde todas las condiciones concretas en las que podemos estar envueltas.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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