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Viernes, 4 de julio de 2014

RESCATES

Una seda

Anna Hill Johnstone 1913-1992

 Por Marisa Avigliano

Anna eligió la ropa para vivir una tarde de perros, esa tarde en la que Sonny Wortzik (Al Pacino) asalta un banco para poder pagar la operación de cambio de sexo de su pareja, Leon (Chris Sarandon). Anna estuvo pendiente de la blusa estampada de Judith Malina –la madre de Sonny– y también de la camisa semiabierta que dibujaba el ángulo húmedo en el pecho transpirado de su hijo. Cuando la vestuarista elegida por Sidney Lumet combinaba tonos y texturas la escena ganaba en razones. Oficio de costurera y sabiduría de sedas. Anna vistió a los Corleone (y a todos los que los acompañaron y no sólo en el casamiento de Connie, claro) en El Padrino, a Kirk Douglas y Henry Fonda en There Was a Crooked Man... (El final de un canalla) y a Marlon Brando en Nido de ratas. La lista de preferencias es larga y laureada porque Anna fue la diseñadora de trajes, tocados simbólicos y festones en más de setenta películas. Vivió toda su vida adulta entre moldes y centímetros colgados de su cuello como collares en los talleres donde se cosía la ropa de las películas y estuvo casada más de cincuenta años con el mismo hombre, Curville Jones Robinson, un ingeniero mecánico que murió tres años antes que ella. La muerte de Anna fue en octubre de 1992 en un asilo de ancianos en Lenox, Massachusetts. Pero ni el tiempo ni las bodas de oro cambiaron su apellido: Anna fue siempre Johnstone y muchas veces también era Johnnie, pero nunca Robinson. Nació en Greenville, Carolina del Sur, y vivió muchos años en Richmond, Virginia. La joven Anita bailaba sobre los pedales de la máquina de coser y su mochila universitaria no era más que una mercería ambulante. Los dones verdaderos nunca se esconden del todo, así que mientras Anna iba a clase y escuchaba teorías de dibujo hilvanaba el vestuario de las producciones escolares saturadas de nostalgia del Barnard College. Las puestas teatrales de verano no tardaron en graduarla con honores como primera costurera. Broadway, Un tranvía llamado deseo y las nominaciones al Oscar (por El Padrino y por Ragtime), la estaban esperando. En 1975, Anna diseña el vestuario de Las mujeres perfectas, la película basada en la novela de Ira Levin Las poseídas de Stepford. Broche de oro –aguja de oro en este caso– para los bocetos de Anna. Conspiración de capelinas, maxi faldas, soleros en colores pastel, cinturas marcadas y volados cubrieron el cuerpo –casi nunca los hombros– de las aplicadas y sumisas amas de casa dirigidas por Bryan Forbes. Su guardarropa era todo lo contrario, Anna se vestía casi sin adornos, como si una hilera de batones iguales la esperara con paciencia monótona en el placard, y apenas combinaba los colores; con natural vocación guardaba los destellos de gamas complementarias sólo para sus producciones, nunca para su propio maniquí. Toda ella era –como si la dibujara Tim Burton– una almohadilla de alfileres y su cuerpo, un costurero propio. Con los dedos pinchados –la yema de los dedos son parientes cercanas de los Cabiros, las yemas de los dedos son deidades protectoras– y restos de sedalinas de colores pegados en la pollera gris, todavía hoy cose o imagina coser el canesú del primer vestido floreado que estrenó Leon Shermer cuando fue a la cárcel a visitar a Sonny. Vicios de modista.

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