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Viernes, 24 de octubre de 2014

CINE

Sobreviviente

Se estrena Refugiado, de Diego Lerman, una película que narra los rastros de la violencia machista en los ojos de un niño.

 Por Flor Monfort

La película empieza con Matías trasnochando un cumpleaños. Tiene 8 años y está esperando que lo vengan a buscar, pero sus amigos se van y él se queda con el bonete puesto. Al salir de esa burbuja de diversión, la ciudad atardece y su mamá no responde los llamados. La familia del cumpleañero lo acompaña a casa; la cámara lo sigue por sus lugares habituales, sus vecinos conocidos. Y Matías se encuentra con la respuesta a por qué nadie lo buscó. Hay angustia, pero no es nada comparada con la que vendrá. Enseguida se adivinan las razones: papá le pegó a mamá. Se entiende que Matías algo sabe de este síntoma que de repente arrasa con la rutina: ambulancia, cuello ortopédico, sala de espera, sueño incómodo en una silla de madera. Su mamá, Laura, interpretada por Julieta Díaz, se entera de que está embarazada y por alguna razón esa noticia es un quiebre. Juntos empiezan la huida.

Refugiado está narrada desde los ojos de Matías, su mirada de las cosas por primera vez y al mismo tiempo, sabiendo mucho más del mundo adulto de lo que debería. Diego Lerman, su director y guionista (junto a María Meira), empezó a cranearla hace cuatro años, cuando en la puerta de su productora una mujer fue acribillada a tiros por su ex pareja, quien se disfrazó para llegar a estar lo suficientemente cerca de ella sin que lo reconociese, violando la orden de restricción que lo comprometía a alejarse. Los hijos fueron testigos de las tres balas entrando en el cuerpo de su mamá. Ese baño de sangre en las propias narices provocó a Lerman, que se sentía tan cerca de la violencia intramuros como aquel que la mira de lejos, con el extrañamiento de las cosas que les pasan a los otros. “Yo no fui a buscar la historia, digamos que esta película me encontró a mí”, dice. A partir de entonces el guión tuvo varias etapas, pero la mirada estaba clara. Matías se lo pregunta al padre en un momento de la peregrinación con su madre en que atiende su celular: “Si la querés, ¿por qué la lastimás?”. Y la pregunta, como tantas otras que dispara la película, no tiene respuesta y se formula con ingenuidad pero también con firmeza, con el convencimiento de la infancia y su sentido común más puro.

El agresor nunca se ve y las escenas se llenan de espacios de desesperación y tiempos muertos, entre una mujer que quiere proteger a su hijo y él que sigue mirando el mundo como un chico de ocho años. El refugio es la primera parada, las comidas compartidas, la amiguita ocasional que aparece y ayuda a desdramatizar la propia tragedia. Todas las que están allí, en ese lugar de paso, son sobrevivientes de la violencia en la vida real. Lerman las conoció yendo a refugios, escuchando sus historias. “Algo de la atmósfera de la violencia está ahí, reproducido por ellas”, dice y rescata esa visión despojada, austera de la realidad de un nene. “Fue muy difícil para mí entender el círculo de la violencia. Uno piensa, te pega una vez, te vas y se termina. Pero no, es más complejo, más sofisticado, hay mecanismos, idas y vueltas, reconciliaciones y arrepentimientos. Parte de la soledad de una mujer golpeada es ese círculo del que ella quiere salir pero no puede, y todo parece atentar para que salga.” Cuando Lerman dice todo se refiere a la Justicia, las denuncias desoídas del propio caso que lo inspiró y de las que se reproducen en los medios todos los días porque terminan en muerte. Lo que siempre se teje es esa ayuda entre mujeres, esa red que en la trama de Refugiado salva una y otra vez a la dupla madre e hijo. Son las amigas, compañeras de Laura de trabajo las que juntan plata para que pueda fugarse sin dejar huella. Es su mamá la que finalmente la acoge cuando ya no hay dónde ir, pero el camino es largo, y en ese andar se construye la historia. “Me interesa eso de dar un paso adelante y dos atrás, parece que va a denunciar pero al final no lo hace, parece que no lo atiende más pero finalmente habla con él.” Y casi al final, cuando parece que ya no hay retorno, Laura habla con su agresor y se justifica. “No puedo dejar de hablarle de la noche a la mañana”, dice ante los ojos absortos de su madre. Así se teje la trama de estos refugiados, en un recorte que no tiene golpes bajos y, como dice Lerman, “narra los rastros de la violencia y lo que esa violencia genera: persecución, acoso, que muchas mujeres dicen que es peor que la violencia física. Siempre me acuerdo de un testimonio en particular, una mujer que me decía que prefería que el tipo llegue y le pegue rápido y no que dé millones de vueltas, entre la agresión verbal y la sensación de inminencia del golpe”.

Un pedazo de universo

El recorte que eligió Lerman logra su cometido, porque todo el tiempo parece que algo terrible va a pasar (Laura pierde el embarazo, el agresor los encuentra, un auto los pisa en el mareo de la huida) pero no pasa nada de esto, ellos zafan mientras el mundo sigue girando. Matías es un varón que algún día va a ser un adulto, apuntando otra pregunta que queda picando: ¿cómo va a ser este niño que hoy es un acérrimo defensor de su mamá? ¿Dónde van a alojarse las astillas de la violencia en su cabeza? Para Lerman, elegir un varón era importante, que el hijo testigo se vea tentado a reproducirse como el patriarcado manda. “Quería que la película no fuera tranquilizadora y que generara un fuera de campo con más signos de pregunta que sentencias”, dice. Cuáles serán los efectos de esta intervención en la vida real es difícil decirlo, pero Lerman dice que en la recorrida por festivales de todo el mundo (el lunes recibió el premio especial del jurado en el Festival de Chicago, entre otros premios) mucha gente se le acercó para compartir su historia o valorar la atmósfera desolada de la película.

Al final, Laura y Matías están en una casa del Tigre. Lerman tuvo el déjà vu de yirar por ese paisaje con lo puesto por su propia infancia: una huida con su familia en época de dictadura, cuando tuvo que elegir uno de sus chiches para llevarse, como Matías. Hasta que estuvo ahí, con la cámara plantada y sin un final concreto para su película (final que se fue tejiendo solo, en las noches del rodaje) no se había dado cuenta de la elección del lugar. Algo del calor extremo, la humedad, ese aire pesado e incómodo que se respira en el Delta logra traspasar la pantalla y ponerse en los hombros de quien mira. “Me costó mucho escribir el final de hecho, y en esa bruma es que me di cuenta de que el Tigre fue uno de los lugares donde estuvimos cuando huíamos con mis viejos. Creo que si bien son situaciones diferentes, el clima de la violencia está ahí.”

¿Cómo te resuena como varón la violencia hacia las mujeres?

–Hay algo de lo social que no está resuelto para nada con este tema. Para mí el final tenía que ser abierto, de hecho no lo tuve hasta el último día. No sabía cómo terminaba: tenía hipótesis, pero creía que el devenir de la experiencia de la película tenía que iluminar el final, pero nunca ser algo cerrado. No quería ponerme por arriba del devenir del personaje, de hecho el equilibrio del final es muy frágil. Nada se sabe sobre el futuro de esos dos. El niño ve que la madre no puede, entonces él toma posición y ejerce un corte, a pesar de que a él no le corresponde ese lugar. Creo que ver crecer a mis hijos me pone en otro lugar que hace diez años, cuando todavía no era padre. El bombardeo de casos de violencia también influye, supongo, y la naturalización que hay de lo violento dentro de las paredes de una casa, como si el Estado no pudiera entrar ahí. Creo que estamos en un sistema que engendra violencia. Aquello de generar deseos insatisfechos. Y esa gran maquinaria de insatisfacción reproducida en impotencia, y la violencia como lugar más elemental. Pero no sé mucho más, no estoy para dar respuestas.

Refugiado se estrena el 30 de octubre en cines comerciales.

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