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Viernes, 27 de febrero de 2015

Divide y reinarás

INTOXICADA Una chica aparece ahorcada en un corralón con signos de haber sido apuñalada con un alambre. La principal sospechosa es una conocida, quien también mantenía una relación con el novio de la asesinada. La pelea de chicas, ese tópico tan visitado en el esquema calenturiento que manda el patriarcado, hace su rentrée a una escena harto conocida: la de las mujeres despechadas que son “capaces de cualquier cosa”, incluso de tener fuerza física. El cliché de las mujeres débiles y la banalización de una muerte cuando parece una trenza entre amigas.

 Por Flor Monfort

Cuando Soledad Grabenheimer apareció muerta en su cama, en un PH del barrio de Florida, el 10 de enero de 2007, todos los dardos apuntaron a su mejor amiga y compañera de convivencia, Lucila Frend. Se dijo que Lucila estaba enamorada de la víctima (lo que derivó inmediatamente en el rótulo de “lesbiana” con la violencia que se le imprime a un insulto), que había tenido conductas raras que preanunciaban el crimen (como subir a su Fotolog imágenes de pinturas clásicas, una de ellas El amor sagrado y el amor profano, de Tiziano), y que ese día (el que encontraron muerta a Sol) desapareció con una conducta sospechosa y evasiva, cuando luego se comprobó que su recorrido incluyó una jornada de trabajo como cualquier otra. Se insistió además en las actitudes frías y calculadoras de Lucila, en su poco peso, en su cara de loca, en su manera de entrar a la sala de audiencias el día que la absolvieron (“demasiado contenta”, dijo la familia Grabenheimer y fue registrada saliendo de tribunales al grito de “asesina”) y finalmente, se esfumaron las líneas de investigación paralelas que se abrieron para intentar llegar a la verdad. Grabenheimer tenía marcas de estrangulamiento y murió de cuatro puñaladas precisas, de las que dicen sólo puede hacer un experto, o alguien con mucha fuerza. Su asesino era zurdo, igual que la acusada, y el crimen tenía un mensaje: “así vas a aprender, así vas a entender”, que el fiscal Alejandro Guevara atribuyó exclusivamente a una relación personal marcada por un trauma de envidia o celos posesivos. Frend tuvo que defenderse sistemáticamente de los ataques, incluso cuando fue entrevistada por Santo Biasatti en Otro tema (una exposición fuerte para una chica que apenas pasaba los 20 años y que estaba siendo señalada por todo un país como culpable) y soportar el acoso cibernético desde páginas y perfiles de Facebook que aún subsisten como “Lucila Frend asesina”. Hoy vive en España, fue absuelta y su absolución fue ratificada por Casación en 2013, e insiste con que el crimen está impune, pero es poca la fuerza que le queda para volver a un país que la marcó desde el principio, aun conociéndose un video donde se intenta reconstruir un crimen instigando a la acusada a que diga cómo y dónde puso el arma para matar.

El cliché de todo este repertorio, que incluye magazines televisivos, medios gráficos (el diario Crónica tituló “La amiga asesina”), el programa AM formando una mesa de “especialistas” que redujeron la “autopsia psicológica” a un chiste de mal gusto, se vuelve a materializar esta semana con la muerte de María Fernanda Chicco, una chica de 18 años que fue citada desde el celular de su novio a un corralón al costado de la Ruta 34, en Santa Fe, y apareció muerta dos días después con puntadas de alambre y un estrangulamiento que le rompió la tráquea. La señalada es K. Ñ., una chica de 16, quien publicó fotos en redes sociales mostrando el lugar del hecho con leyendas como “así vas a terminar” y quien se negó a declarar ante la fiscal que investiga la causa. El pueblo de Ceres se reunió en la comisaría donde está alojada la sospechosa para lincharla, novedad que gozó de amplia cobertura y trascendencia. Es esa la problematización de una muerte adolescente, la que ocurre en un marco que se insiste en llamar “pasional”, donde el despecho es la primera palabra de un menú que siempre termina con la misma sentencia: “Una mujer despechada es capaz de hacer cualquier cosa”. ¿Quién no escuchó esa frase decenas de veces y otras tantas en televisión? Los protagonistas de “relatos salvajes” como los que muestra la película ídem son justicieros por mano propia, pero las mujeres sospechadas de matar siempre bordean la locura, el espanto, lo indecible, lo imperdonable. No bastaría con que K. Ñ. purgue su condena, de ser encontrada culpable, debería exiliarse como Lucila Frend para seguir con su vida, si osa hacer uso de ese derecho, alguna vez, transcurrida una condena.

Las mujeres tenemos una lista de signos que debemos agendar en nuestro comportamiento. El amor maternal, la ternura, la intuición (que en su reverso tiene el mote de bruja) son predicados femeninos, así como la coquetería (oh Frend, insurrecta, que no lo cumplía) o la imposibilidad absoluta de cualquier tipo de impulso agresivo que no sea demarcado como romántico. Los efluvios del amor nos marcan a cualquier precio y, probablemente, esa atmósfera impregne la vida de una adolescente enamorada. Ese no sería el único problema si el tratamiento del caso no fuera el de una novela de la tarde, con los mensajes familiares como capítulos de una trama enredada: el mensaje de la madre de la chica, el mensaje del novio, los mensajes atacando a la “asesina” son compartimentos que ocupan el espacio de una nota entera, siempre enmarcados por la brutalidad del alambre, por la sorpresa de una mujer matando a otra, sin hacer “justicia” por nada, simplemente matando, como quien mata a un animal. El contexto social, provincial, escolar y familiar de lxs protagonistas es una carne más dura que la pelea de chicas, ese género que se parodia desde el barro y que cosecha público cada vez que se titula “la mataron por linda” cuando un grupo se pelea a golpes de puño a la salida de un boliche y el conductor de un noticiero pierde la mandíbula viendo las imágenes de las adolescentes repartiendo piñas.

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